sábado, 10 de diciembre de 2016

El HUCA no es hospital para viejos





                                              
El bufón Yorik está en buenas manos. Aunque a él, eso ya le da igual.




Aunque esto es un blog literario, tampoco es que lo lea mucha gente (salvo algún hada malgeniada por ahí). No me afecta mucho eso, porque más bien escribo en él para mí mismo. Y como a fin de cuentas es un blog personal y no tengo prestigio que perder, expondré un caso sufrido en carne propia (y ajena) estos días. El cual nada tiene que ver con la literatura, en principio. Aunque no deja de ser un relato kafkiano en cierto modo. 
                     
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Mi madre tiene 80 años de edad. Es diabética, hipertensa, tiene depresión mayor y deterioro cognitivo avanzado (entre otras dolencias). Y ha sufrido varios ictus, por los que fue remitida al HUCA (hospital central de Asturias) con volante médico en todos los casos. 

El último fue ahora, en Diciembre de 2016, con pérdida casi total de autonomía y movilidad (pasó de caminar despacio a no poder hacer pie siquiera  y no saber coger ni una cuchara, en sólo unas horas), y con un coágulo de 8mm no operable detectado en un escáner.

 Previo a su segundo ictus (el de Octubre) su médico de primaria solicitó dos veces su ingreso, para estabilizarla dada su negativa a comer y su grave pérdida de peso (17 kilos en dos meses), sumada a un estado emocional alterado muy obvio. Lo que le fue denegado ambas veces por “no encontrarse descompensación actual” (sic) en ella, según el alta. Pese a todos los síntomas físicos y emocionales explicados por mí reiteradamente con detalle y pruebas. Subrayados en sendos volantes por su médico MAP, y estando al pendiente su psiquiatra para ordenar ingreso por su cuenta.  

La negativa vino de boca (más bien de grito) de una doctora de admisión que se puso a gritar  “¡A esta señora hay que inhabilitarla!” ¡Esto es un problema social, no del hospital!” y otros improperios, ya la primera vez que su MAP solicitó su ingreso. Siendo escuchado por mi madre (a la que hirió sus sentimientos) y toda la sala de espera. Y por su médica de primaria, que aguantó la bronca al teléfono pese a haber hecho (ella sí) perfectamente su trabajo.

 Poco después sufrió otro ictus transitorio, con el que no tuvieron más remedio que ingresar a “esa señora tan molesta". Que, además de recobrarse bien, se estabilizó física y emocionalmente por fin. Cosa que se podría haber hecho antes, sin poner en riesgo su salud ni humillarla a los gritos doblemente, en su calidad de anciana dependiente y enferma.

 Con el nuevo (y último) ataque isquémico ahora en Diciembre de 2016, mi madre perdió casi toda su movilidad como ya dije, por lo que su médico de familia la envió a urgencias. Se le encontró la citada lesión cerebral allí, y el cirujano de urgencias afirmó que se trataba de un "ictus típico", causante de la inmovilidad y descoordinación motriz de la paciente. Pero ello fue negado luego por la médica de planta, quien, sin presentarse como tal doctora ni preguntar por lo ocurrido (como es su obligación y mi derecho) habló de corridillo predispuesta por una (mala) lectura del historial médico, afirmando que mi madre ya había estado en el hospital “17 veces” (sic) y que eso era un abuso.

Es falso: fueron sólo 3 ingresos en planta en 4 años, incluido el de ahora mismo. Más dos rechazos injustificados. Y siempre con volante médico urgente. Pero ella negó cualquier problema médico en la sintomatología de mi madre, achacándolo todo a “falta de cuidado” (supongo que el coágulo cerebral también es un descuido), en contra de la reiterada opinión del neurocirujano que insistió en lo opuesto frente a mí. Además, le facilitó mi número de móvil a la trabajadora social del hospital (sin mi permiso). A la cual le dije la verdad: que cuido bien a mi madre, con dedicación y respeto ya desde hace años.

Pero que tampoco soy un héroe y no rechazo ayuda. Como también le señalé a la citada médica de planta, previamente. A lo que ella respondió con una sonora y humillante carcajada entonces, diciendo: “No me interesa si la cuidas bien” (aunque lo negó primero) “Lo que sé es que el lunes está fuera” (no fue así, estuvo en planta 4 días más, 7 en total), “Y no esperes ninguna rehabilitación” (ni la mencioné ni me la dieron, la hice yo mismo in situ lo mejor que pude). Todo ello haciendo gesto de rechazo con sus manos, y pisoteando su juramento de médico con los pies. Tras haberse burlado con repugnante impunidad del dolor de una anciana dependiente y su familia. Y sin que yo levantase el tono nunca, ni siquiera cuando lo hizo. Aunque el agravio fue como para que levantase el acta un juez.

El informe final, miente. Niega todo lo que dijo el neurocirujano, y elude el sentido común elemental. Entre otros despropósitos (sería largo abundar) afirma que los síntomas de mi madre “son de meses” (cuando perdió toda movilidad de un día para otro, y doy fe). Y remata insólitamente, indicando que mi madre “se recuperó en urgencias y fue alta” (sic), como si no hubiera estado en planta nunca (extraño lapsus ese, pues estuvo en planta 7 días).  Aparte, el informe de enfermería constata “ausencia de molestias y dolor”, cuando mi madre estuvo muy inquieta todo el tiempo y necesitó analgesia. Etc. etc…  

Diría que en el HUCA los informes los escribe un mono con un dado (o un bufón risueño…). Pero la verdad, me temo, es más prosaica. Y tiene más que ver con un sistema sanitario español en caída libre. El cual sufre una crisis organizativa y moral grave que se ceba (por desgracia) en los más débiles. Que parece que ahora sobran, de repente. Sobre todo para algunos médicos desaprensivos, que aún usaban pañal cuando mi madre llevaba trabajando décadas, para ganarse unos derechos que le han pisoteado ahora vilmente, al final de sus días, tratándola como si fuera un estorbo. Es indignante y patético. Y es desolador también.

Un país que menosprecia a sus ancianos, es un país roto en esencia. Y no hace falta el independentismo para eso.








17 comentarios:

  1. No leo el relato porque se me hace tarde para tomar el haloperidol, don Bonifacio. Pasaba en vuelo rasante, se me enredó un fleco de la capa en una lanza de la verja de su villa y...
    Tomo aliento y prosigo: a ver si llego antes de que cierren los cafés.

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    1. Pase cuando desee, está en su casa. El relato lo reduje ahora (era muy largo). Se podría encuadrar en el género de terror doméstico (y social). Algo así como la familia Adams pero sin ninguna puta gracia.

      Un abrazo y gracias por comentar.

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  2. Ahora sí que he leído el relato. Me imagino que es una experiencia ajena o la síntesis de anécdotas escalofriantes (kafkianas por antonomasia) que te ha deparado el curro cotidiano. En todo caso, componen un cuento verdaderamente terrorífico.
    Siempre he sido un denodado defensor del sistema público de salud y declaro odio sarraceno a aquellos que, desde dentro, minan su eficiencia y calidad, con la vista puesta en entramados de titularidad privada, a costa de la sangre, la salud y hasta la vida de quienes acuden a aquel, indefensos y maltrechos. Será por eso -entre otras infamias- por lo que me he encuadrado en una partida que trata de revertir la situación.
    Salud, Bonifacio.

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    1. Seré honesto: es mi experiencia personal, sí soy el cuidador de mi madre tal como lo describo (no hay de qué avergonzarse). No quise hacer literatura con ello (haría algo más jugoso y divertido) sino describir la realidad tal como la he vivido, sin adornos ni retórica, y sin cuidar nada el estilo. Es un simple escrito de denuncia, tal cual, a partir de una única (y triste) experiencia verídica reciente, y una situación de indefensión que continúa.

      Aunque suene a carcamal (casi lo soy, cerca de la cincuentena) antes no pasaban esas cosas. Sí la ineficacia puntual, pero no el desprecio abierto. A los ancianos sí se les respetaba en esta patria de quevedescos muros desmoronados y cansados por la edad (como mi madre) en los que empiezan a posarse ya los cuervos. Incluidos los privados que usted dice, que se lanzan como kamikazes a todo lo que brilla. Aunque no sólo es de ellos la culpa...

      Lo ideal es el equilibrio, como en todo. Pero en la sanidad se ha roto claramente. Y el Humpty Dumpty patrio se ha desmoronado con el muro y se ha roto el cuerpo (y la cabeza).

      Claro que tampoco es el primero. Hay otros extramuros, que cayeron antes. Con las guerras bélicas, se enriquecen los fabricantes de ladrillos. Con las económicas (si es que ambas pueden separarse) se llenan los bolsillos los que elaboran tortillas con los huevos rotos. Muy jugosas para ellos, eso sí...

      Saludos cordiales y gracias por asomarse a esta humilde cabaña de madera con goteras que, pese al temporal, aún sigue en pie.

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  3. Ayer al medio día servidor se pasó por la entrada de consultas externas del HUCA a reforzar a un grupo de personas que recogían firmas y se manifestaban a favor de la sanidad pública y contra el deterioro en la atención sanitaria: apenas un puñado de personas; por lo que se ve solo hay concurrencia masiva a la puerta de los estadios de fútbol. Desgraciado país este que, con la que está cayendo, ni siquiera los partidos de la oposición (?) ni los sindicatos son capaces de ir a por lo suyo.
    Oye, Bonifacio, estoy en la creencia de que eres el autor de "La mirada del lobo"... ¿Acierto?
    Saludo cordial.

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  4. En España la salud es vista como algo accesorio. Los médicos creen que los pacientes se quejan de vicio, y los pacientes piensan que ir al médico no sirve y que “ya se me pasará”. Y si decides ir, las colas se eternizan, lo que también disuade a muchos.

    Por otro lado, el antaño modélico sistema sanitario público español se ha deteriorado seriamente. Sigues sin morirte a la puerta de un hospital esperando que te atiendan porque no tienes dinero, como pasa en otros lares. Pero ahora te atienden peor que antes. Y si tienes muchos achaques (como en el caso de mi madre) cortan por lo sano (o por lo enfermo) y te ven como un estorbo.

    Hay algo peor que estar enfermo. Y es haber estado sano haciendo piruetas, y no poder dar dos pasos seguidos de repente, sin caerte: «Con lo que yo era…» es la frase habitual en esos casos. «Con lo que España era…» habría que decir también ahora.

    Una cosa que siempre fue y que no ha cambiado, es la falta de unión (y de carácter, por no decir otra palabra fuerte) de la gente patria. Esa es la auténtica fractura, y no el independentismo (que no apruebo). Desde que nos enfrentamos temerariamente a sombrerazos a los mamelucos de Murat el 2 de Mayo (donde perdimos la batalla pero no la guerra), no hemos vuelto a demostrar que tenemos suficiente sangre en las venas para no temer perder la propia en caso necesario. Aunque seguimos siendo grandes donantes (lo pusilánime no quita lo cortés).

    Y ojo: no defiendo la violencia. No hace falta. Esa se defiende (y surge) sola, cuando la necesidad aprieta de verdad. Y para entonces ya suele ser inútil. Y sólo da patadas a un cadáver, o se limita a cambiarle el collar al perro (o el escaño).

    En cuanto al lobo y el hombre, también tiene algo que ver en este tema… pero el libro no es mío (ni lo he leído) aunque parece interesante.
    Saludos.

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    1. P:D

      Creo que convertiré este párrafo en la siguiente entrada del blog, para zanjar ya el tema médico (comentarios que puedan surgir, aparte). La siguiente entrada, tratará de literatura infantil y sus adaptaciones. Te invito a que te asomes cuando quieras.

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    2. Pero sabrás que existe un Bonifacio Álvarez, medicine doctor, que ha escrito el libro que te cito... No deja de ser una coincidencia asombrosa, ¿no?

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    3. Sí, sé quién es, es reumatólogo. El nombre es poco común, sin duda.

      Mi historia con ese nombre también es cosa médica, por cierto...

      Yo estaba en la incubadora del hospital, recién nacido. Mi madre dijo: «Qué tierno...hagámosle una broma, que total es muy pequeño y enseguida olvidan». A lo que mi padre, el muy cabrón, replicó: «No, mejor hagámosle una que no olvide jamás...»

      Y me pusieron Bonifacio.

      Con los niños es mejor no hacer bromas. Que un día te olvidas el condón y te salen quintillizos.

      Saludos.

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    4. Y a ver cómo les llamas Bonifacio a todos (me faltó decir)

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  5. Se acostumbra uno al nombre propio... A lo que no me iba a acostumbrar es a que me llamasen Boni. En tu caso temo lo peor, camarada.

    PS.- Para que no decaigas en el empeño de sostener un blog, debes de ser consciente de lo difícil que es dar con él dentro de la maraña de la Red, si no se da la circunstancia (ese es mi caso) de detectarlo indirectamente a partir de otro que frecuentes. No hay nada malo de ofertarse entre gente que concurre a otros blogs con presumibles afinidades literarias o de otra índole. Pero hay que vencer la timidez y ofrecerse. Claro que no interesa "clientela" que desbarre, dé coces o deje pufos... Son riesgos de cualquier negocio abierto al público.
    Salud, B.

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  6. Temes bien. Pero prefiero Boni a Bonifacio. Sobre todo a Don Bonifacio, que en contexto retórico literario no está mal, pero me suena a nombre de maestro carpetovetónico. De esos con escuadra y cartabón de madera y un mapa del Imperio austrohúngaro detrás.

    En cuanto a “ofrecerse” a la “clientela”… pues no lo tengo claro, me tendría que poner medias de red para la red… Y en según qué foros de postín no sería elegante (pienso) publicitar mi página enseñando pierna, salvo que venga a cuento por algún contexto y me baje algo la media incluso (me pasó hace poco).

    Eso me recordó una anécdota, la de ese ministro de Franco (no recuerdo el nombre) que trataba con singular confianza al dictador (incluso llamándole “Franquito” en persona, dicen), y al que éste le reprochó una vez: «Me han dicho que usas un coche oficial para ir de putas, eso no es correcto…». A lo que el díscolo ministro, replicó: «Hombre, no querrás que vaya andando»

    Yo voy andando sobre la cuerda floja, como puta con hambre y sin clientes que trastabilla con el tacón por un bordillo. Y con mi paraguas con goteras para equilibrarme un poco en esa cuerda. La red la uso para no romperme la cabeza.

    Saludos y muchas gracias por el interés.

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    1. No se lo creerá, Bonifacio, pero yo habría dado cualquier cosa por verme convertido en un maestro carpetovetónico con escuadra y cartabón de madera y mapa del imperio austrohúngaro a mi espalda. Maneras de ser.

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    2. Pues es otra manera de verlo, sí... sobre todo porque a los maestros de antaño se les valoraba (y respetaba) como se merecen. Ahora se les ve como niñeras, casi. Y se perdió la palabra "maestro", que sugería educación integral (vital) y no sólo académica. Aunque la realidad tampoco era tan idílica, algunos eran algo brutos...

      En este mismo blog hay una entrada inspirada en uno que yo tuve. Que cuando te escudabas en la falta de algún libro para no hacer la tarea, te lo facilitaba él mismo, muy dispuesto. Pero luego de darte con el tomo en la cabeza.

      Saludos y gracias por comentar.

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  7. P.D: me publicitaré un poco contigo. Tengo un concurso navideño con un libro y un paraguas como premio, por si te interesa. Aunque como nadie participa, lo prolongaré indefinidamente. El fantasma dickensiano de las navidades futuras, se me apareció anoche y me lo devolvió, después de haberme dado con él en la cabeza.

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  8. Este cuento de navidad es como la vida misma y lo malo es que es real. Lo bueno es que el tiempo pasa para todos incluso para esos que ahora excluyen a los ancianos. La sociedad postcapitalista y neocon no quiere trastos viejos ni libros descatalogados, pensamiento único y tarjetas black.

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    1. La historia es verídica, de hecho, no es un cuento.

      Creo que han hecho un "catálogo" nuevo donde ya no cabe lo que no es rentable.

      Un país sin industria como España que sólo podía presumir de cobertura sanitaria, y se la están cargando. Es una pena.

      Pero bueno, seguimos teniendo el museo del Prado como orgullo nacional. Puedes visitarlo y, con suerte, verle un trozo del faldón a las Meninas, detrás de un muro de turistas con cámaras.

      Gracias por comentar.

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