lunes, 2 de enero de 2017

La "iudocracia" telemática, o la posmodernidad del juicio.





Sin coherencia en la opinión, pero satisfechos juzgando.



Decia Henry Longfellow que un crítico novato es como un niño con fusil. Que dispara sin tino a todo lo que se mueve, tan sólo para presumir de puntería, sin pensar en el dolor que causa.

 Lo malo de tan acertada frase, es que ahora los críticos novatos abundan. Sobre todo con las redes sociales. De hecho, se ha fomentado que todo el mundo se convierta en crítico, hoy en día. Y que el masivo graznido inmaduro de los patos tenga suficiente eco con su ruido (y los patos sí que causan eco, pese a la leyenda urbana en contra), para estorbar la sensata puntería de cualquier versado cazador con escopeta.

  Es curioso (y preocupante) cómo se ha asumido con naturalidad (y no sólo en occidente) el hecho de que toda la sociedad esté sometida a un juicio público en doble dirección. La vieja metáfora del poderoso manipulando como marionetas a los que están bajo su dominio, ha cambiado. Ahora la marioneta también posee una cruceta con la que mover a quien le mueve. Aunque ésta es falsa, y está también sujeta a un hilo...

 Los patos disparan a las escopetas, pero con balas de fogueo. Y así se desahogan y subliman su frustración para doble beneficio de quien es dueño del agua y de la pólvora a la vez. Sin mezclarlas nunca, para que el negocio de la guerra (en un sentido múltiple) no se eche a perder.

 En la antigua Grecia, los arcontes eran los magistrados encargados del gobierno de las ciudades, una vez que desapareció la monarquía. Eran elegidos por sorteo público, como ahora se elige (o rechaza) a un candidato a futura estrella en el show de los concursos televisivos, a base de mensajes de móvil y con el juicio paralelo (like/dislike) de las redes sociales. Y como en aquella época remota, el juzgado se convierte luego en juez también. Y los candidatos elegidos, devienen igualmente en magistrados, con el pasar del tiempo.

 Sócrates ironizaba en su época sobre la conveniencia de elegir a un juez por sorteo multitudinario, cuando eso no se hacía nunca “con un arquitecto, un timonel o un tañedor de flauta”.




 Ahora sí ocurre eso último. El artista “tañedor” (normalmente el cantante) ha pasado de ser un creador de arte vendible (promocionado por algún mecenas), a un creador de productos artísticos contratado directamente por la industria, eso en una primera etapa moderna. Y en la segunda (la actual, la posmoderna), se ha convertido él mismo en el producto. Tratándose de autopromoción en Youtube por ejemplo, o en las redes sociales (o de autoedición, si es literatura), eso no es malo. Pero si la promoción viene de fuera, es otra cosa diferente. Y se llega a la aberración del arte posmoderno, en el que el “artista” firma como obra un simple vaso de cristal con agua, o (sundole al minimalismo fácil el mal gusto) una cama deshecha tal cual (no una escultura) adherida a una alfombra llena de basura (sic). O un tiburón en formol (como Damien Hirst), con la complicidad de los marchantes y las galerías. El tiburón se pudre luego, y hay que sustituirlo por otro idéntico. Justo ese es el negocio. Por eso al comprador no le importa lo que adquiere, pues sólo busca invertir (o blanquear), y revender al alza luego. Y al autor le preocupa menos aún lo que ofrece, pues sabe que el arte se ha reducido a la firma del artista únicamente, y no le faltará quien le financie sus engendros. Cuando no puja él de tapadillo por sus propias obras, para engordar la cotización de éstas (no es un decir, es un método frecuente). A veces con la connivencia de marchantes y galeristas también, cerrando un deshonroso círculo.  




  Se trata de la obsolescencia programada extendida al tiburón del arte, que se pudre igual que un primitivo tiburón extinto ahora, de repente. Ahogado hoy en una marejada de nihilismo, después de haber sobrevivido durante millones de años más o menos indemne. El rey se nos muestra hoy en día desnudo y, para colmo, defecando frente al público también (y ello de forma literal, en algunas "performances" de arte moderno), más allá de enlatar sus heces como lo hizo antaño Piero Manzoni. 

Es el "más fácil todavía" bajo la invertida carpa del mal gusto. Y, a la vez, contra el gusto políticamente correcto de hoy, es decir: con (demasiados) animales vivos en el circo.


Los músicos, de momento, tienen que saber hacer algo de música (o por lo menos mezclarla bien, como los DJ’s). Pero la música se ha convertido en otro circo (uno romano) hoy por hoy, en los reality shows para cantantes, que tratan (y no en vano) de estandarizar la industria. Un espectáculo de aniquilación del contrincante/gladiador, mediante un exhaustivo concurso/juicio a los aspirantes. A lo cuales se somete a una especie de tercer grado, que incluye incluso sojuzgar la propia convivencia con los otros contrincantes hasta que llega el veredicto. Aunque dicha convivencia no tenga hoy ni haya tenido nunca relación alguna con el desempeño artístico de cada quien, inspiración biográfica aparte.

El show incluye música, pero tangencialemente, y no se busca disfrutarla. Se trata de ver quien gana o pierde, de valorar todo al extremo. De medir con una escala cuantitativa meramente. De tomar partido radical por un artista u otro. De que el ruido haga olvidar las nueces, y nadie piense en si están maduras, verdes o vacías... De ver cómo los jueces pulsan botones con bonita luz azul o cruenta roja (los carteles con calificación numérica ya pasaron de moda). O de que, directamente, se abra una trampilla a los pies del rechazado. Sin soga al cuello, claro (de momento).

Lo de la soga se lo hicieron a Adolf Eichmann, el célebre lider nazi juzgado en Israel en 1961 por crímenes de guerra. Con ese juicio empezó el circo mediático como tal, de hecho (veredicto aparte, no llamo circo a eso...). Se fabricaron falsas paredes para ocultar las (por entonces) aparatosas cámaras de televisión en ellas, y se televisó todo en detalle. Ya no hace falta ocultar cámaras, ahora. Ni se podría hacerlo, hoy día: casi todo el mundo lleva una en el bolsillo. 

 Nos enseñaron que es de mala educación señalar. Ahora se puede juzgar sin señalar a nadie, de manera anónima en las redes. Captarle incluso (impunemente también) con un teléfono. Y publicarlo luego en cualquier cloaca virtual, sin que lo sepa...



 Tras el de Eichmann vinieron más juicios públicos, en los tribunales y en los platós televisivos. En cuanto a los primeros, siempre ha habido polémica, como en Italia o en España recientemente. En un artículo del diario de Córdoba que enlazo más abajo, se comparan las salas de juicio con cámaras de televisión con los reality shows. Que también son eso mismo, en realidad: salas de juicio con cámaras de televisión, sólo que nadie corre el riesgo de ir a la cárcel en los shows televisados. Bueno, salvo el día en el que el tongo de muchos concursos (televisivos o no) deje de considerarse un asunto de jurisdicción privada y se penalice de verdad. O cuando se desate del todo la violencia entre los inmaduros concurrentes a esas guarderías con cristalera para adultos infantilizados (en ambas direcciones) que vienen a ser dichos realities tipo "Gran hermano" (ya están empezando a aflorar los malos tratos en ellos, de hecho): 

“…la falta de regulación al respecto (en la teledifusión de juicios en los tribunales) está produciendo efectos perniciosos. La divulgación de la imagen del acusado, que goza de la presunción de inocencia, es un adelanto de condena social. La presencia de medios de comunicación audiovisuales impide el sosiego de la actividad judicial y favorece el proceso-teatro. Prolifera el desarrollo de los juicios paralelos en programas del estilo de los reality shows, interfiriendo de forma grave en el curso del proceso. Por otro lado, puede influir en los miembros del jurado y en el propio magistrado, que pudieran verse condicionados a resolver en un determinado sentido, presionados por una audiencia contaminada”.



 Esa preocupante descripción podría ampliarse a la impuesta inercia del “juicio al arte” (encarnado en el artista) en el medio televisivo e Internet, que es la que nos ocupa. Donde se fomenta que todos juzguen (y no sólo deliberen): público y jurado. Y que también se juzguen los aspirantes entre sí, en un totum revolutum. Si falta quien se preste a la carnaza, se busca a gente que esté dispuesta a perder la dignidad, después de haber perdido la vergüenza incluso antes de recibir la oferta para hacerlo (o justamente por eso...) Con los músicos, se espera que acepten la limosna, simplemente. Y si el síndrome de Estocolmo de la necesidad les impide protestar y les hace lamer la mano del donante (aunque algunos sí se quejan, pero cuando ya han pasado por el aro), tanto mejor. A quienes no acepten el filtro arbitrario, se les fuerza a hacerlo incluso para cantar en el metro (donde, irónicamente, sí suele haber buenos artistas). Todo debe pasar por un estricto arbitrio público. Menos los políticos, que esconden el silbato en cuanto ya les han votado...

Para que los más sensibles digieran todo esto bien (el resto, incluso lo disfrutan), se suaviza la lapidación pública con paternales palmaditas en la espalda al aspirante. Almibarados elogios y frágiles promesas. Y aleccionados “groupies” (y familias) que fabrican, con entusiasmado estrépito, una escena de supuesto "gran acontecimiento" cuando el show (normalmente grabado) sale al aire al fin entre estruendosos fuegos de artificio. Disimulando con el orquestado alboroto el oculto veredicto que,  ahora más que nunca, con los jueces convertidos en una parte más del espectáculo, sólo se da entre las bambalinas de un despacho. Como siempre ha sido, en realidad (salvo excepciones).

Triste para el aspirante que, en medio de ese ruido, se ve forzado a emitir las notas más altas (para evitar las bajas calificaciones), con la esperanza de que un buen graznido le salve del escopetazo del (supuesto) dictamen libre de la audiencia y/o el jurado. Con el foco del coliseo puesto, no sobre la calidad de su actuación (o su incentivada sobreactuación, más bien), sino sobre su propia cabeza. Con su buen nombre (si lo tiene) sometido a escarnio público, aunque él/ella no haga nada extremo o indebido (el arte es lo de menos).  

 Como en el viejo cine de destape, se obliga al actor/actriz a desnudarse (emocionalmente, en este caso), y se fuerza el guión para que la obscenidad (en el sentido etimológico del término también, el de "algo fuera de su espacio propio") encaje bien.
 
  Hace más de treinta años, Guy Durandin explicaba muy bien esa citada táctica de crear "falsos acontecimientos" en los medios, como hábil técnica de alienante distracción e introducción de propaganda subrepticia al mismo tiempo. Lo hacía en un imprescindible libro titulado "La mentira en la propaganda política y en la publicidad". Que sigue siendo, a día de hoy, una pequeña biblia dentro del gremio de la publicidad y el periodismo. Ya sea para usarla con intención recta o aviesa, tal como pasa también con El príncipe de Maquiavelo o con los cuchillos de cocina...  

https://www.amazon.es/propaganda-pol%C3%ADtica-publicidad-Comunicacion-Communication/dp/8475092497

  Hablando de estos últimos, lo mismo que se ha dicho de la música se usa también en otras actividades y otras artes, que se han convertido en pasto (que no pato, y en todo caso: parto) de los “mass media”, como la cocina. No hace tanto, un chef/juez de un show televisivo en el que aspirantes a cocinero compiten entre sí, presumía de inflexibilidad, hablando así de su destierro a un aspirante: "Tengo la conciencia tranquila: hice lo que debía. El concursante hizo una 'frikada', un plato que merecía una expulsión, sin más".

La vida es dura. Gracias por recordárnoslo, señor chef. Pero resulta que eso ya lo sabíamos todos. Y si esa rudeza se puede hacer más áspera convirtiéndola en un rentable espectáculo “friki” (aunque sólo se juzgue como tal, farisaicamente, al aspirante), tanto  mejor.  

Se fomenta la crítica inmisericorde pero nunca la autocrítica, ni el análisis sobre la idoneidad de los propios medios (en un doble sentido), fines aparte. El (ya obsoleto) "pásalo" se ha convertido en "júzgalo" (aunque algunas veces sea para juzgar en positivo). Se apela a los bajos instintos del espectador, que pide sangre en la arena. El juez (que no es tal, pues no decide gran cosa) se vuelve doble estrella, y sale reforzado del coliseo (o más bien de la gallera, coliseo suena demasiado insigne para eso). Y el aspirante, sale doblemente estrellado, como los huevos en el suelo de la cocina. Y como mucho, con un pan duro bajo el brazo. O unas migajas.

 Son los "juegos del hambre" pero descafeinados, para una audiencia mayoritariamente abúlica y cobarde.

Claro, que la crudeza (mucha o poca) no es la misma para todo el mundo. Y resulta muy fructífera hoy día, como acabamos de decir. Uno de esos implacables jueces de un reality ultra-competitivo de los mencionados, es ahora presidente del país más poderoso de este planeta en el que escribo (en otros, no sé si le conocen). Después de haber promocionado él, en dicho show, su propia imagen hábilmente, requisito sine qua non éste para su personal trasvase del poder financiero/empresarial a la política (democracia moderna y televisión van consustancialmente unidas, como subrayaba bien el filósofo Gustavo Bueno).




 Y esto viene de atrás, ya. Una vez que se condicionó una competitividad extrema en el entorno laboral (incluido el artístico), el siguiente paso fue desplazarla al arte mismo. Primero en múltiples certámenes (miles en el mundo literario, por ejemplo) en los que la deliberación (que muchas veces era/es mera pantomima, cuando el concurso era/es un encargo disfrazado) se fraguaba siempre entre bambalinas. Y luego haciendo que dicha deliberación fuese pública también, igual que el fallo, como parte de la mascarada. 

El triunfo (manipulado casi siempre) es ensalzado como objetivo a perseguir: "Operación triunfo", se bautizó precisamente uno de los reality musicales pioneros, sin disfrazar mucho la intención...

 Y dicho triunfo se prioriza, justamente, para que la derrota suene a fracaso más que a necesario aprendizaje. No sea que a la gente se le ocurra renovar sus propias fuerzas explotando sus limitaciones y estudiando sus errores, como hacen las personas de auténtico talento... Y decida cuestionar, en el interín, (vade retro) el amañado método de acceso y sus frágiles trofeos. 

 El siguiente y penúltimo paso, fue reciclar a los que antaño superaron el filtro (si es que lo hubo) como aspirantes, convirtiéndolos en jueces cuando su carrera empezaba a declinar o necesitaba un empujón. Como canto de cisne para ellos, y no de pato en este caso… Y el paso final, fue fomentar/guionizar la agresividad en dichos jueces, en pro del espectáculo (Simon Cowel en Gran Bretaña o Risto Mejide en España, por ejemplo). 

El juez inmisericorde se convierte así en espejo y cinta de transmisión (y a la vez, válvula de escape) de la furia juzgadora del propio espectador del show, que consuela su cotidiana frustración pulsando también él un botón inapelable en su ordenador o su teléfono. Como si de un Zeus que lanza justicieros rayos digitales se tratase, pero olvidándose de obligar a Cronos a regurgitar a las inocéntes víctimas primero. 

 Eso que se ha venido en llamar "la posverdad" (dar por bueno cualquier juicio basándose en las propias o ajenas emociones, sea éste verdadero o no), se viste de una rancia toga para ejercer su prevaricador dominio. 

 Se habla (y opina, y juzga) con el sentimiento y se escucha con la razón, con un racionalismo rígido más bien. En vez de lo contrario, que sería lo deseable: escuchar primero con las emociones (para valorarlas bien y mesurarlas, dado el caso). Y expresarse con la razón después, de una manera más sensata y congruente, aunque no siempre se acierte.  
  

El "Saturno", de Rubens.



El radical triunfo paralelo del racionalismo a ultranza y el capitalismo más extremo, ha reducido la valoración del arte (y en realidad, de todo lo demás) a una triste atracción de feria, como esa tan conocida de golpear fuerte con un mazo para que suene una campana. Hay que trabajar muy duro hoy en día, para poder fracasar con elegancia. Porque el triunfo sólo es una inercia en este mundo posmoderno, una vez que ya has dado en la diana (o le has arreado un buen golpe con el mazo a alguien, para que falle él al disparar).


"Da la campanada y échate a dormir"



Y en la "feria" hay una tómbola también, donde el único valor es una muerta calavera con diamantes (Hirst), y sólo lo (supuestamente) óptimo es valioso. Si no eres el mejor, simplemente "no eres". Aunque tampoco seas el mejor, de hecho, si es que eso existe siquiera.

 Tampoco falta el arcaico juego de las sillas, en el que la "música" (la creatividad, el vuelo espiritual) desaparece casi por completo. Y ya no sólo hay menos sillas que aspirantes, como siempre fue. Ahora se le quita la silla de debajo a quien está a punto de sentarse en ella, a fin de dictarle cómo debe hacerlo exactamente para que sea productivo (para que lo sea él mismo, digo, no su esfuerzo).

 Y si se cae de bruces por una impuesta pose rebuscada, es su culpa siempre. Aunque a veces sí lo es, en honor a la verdad. Por ejemplo, cuando el aspirante comete el error propio de confundir la silla con una escalera (o viceversa, según...)

La fama y sus tropiezos.


 
Al final, se obtienen buenos dividendos de ese afán tan inhumano (y tan humano a la vez) de juzgarlo todo de forma inmisericorde y rebuscar las fallas. Si la gente no puede lograr sus aspiraciones en un contexto de materialismo radical, que se las permuta por vulgares sucedáneos (o ni eso), el propio sistema fabrica el desahogo. Que consiste en sojuzgar a los demás de forma pública como consuelo. Creando de paso, en la masa, la ilusión pseudo-democrática de que está eligiendo algo. U opinando libremente.

 Vivimos en un triunfante “gobierno del juicio”. Doblemente exitoso, porque sus propias víctimas lo han naturalizado bastante bien, sin necesidad de demasiadas manipulaciones. Resulta que todos lo juzgan (lo juzgamos) todo y a todos. En muchas ocasiones, lo hacemos sin la suficiente información. Y ello cuando más información hay disponible (es irónico)

 Ese es el triste estado de cosas, a día de hoy. La feria de las vanidades se suma al circo romano. Y el apuntador muere devorado por un león anoréxico que empieza siempre a comerle por los pies, para que no pueda huir en pos de ayuda o de escenarios más creativos.

 Un peculiar “reino del juicio”, que no es un juicio final, sino más bien el penúltimo paso en nuestro propio extrañamiento. En la dilución definitiva de nuestra malbaratada conciencia humana, deshecha ésta en el subproducto de la imagen deformada que tenemos de nosotros mismos. Por la inercia errónea de mirarnos solo en nuestros peores defectos. Con la correspondiente tentación de fomentarlos, en la que cada individuo cae morbosamente alguna vez. Y la masa (el agregado de individuos), cae siempre, sin excepción, a poco que se le ponga una carnaza (Internet es la mayor posible, y la más tentadora también). 

  Se podría llamar iudocracia (por “iudicium”, que en latín significa "juicio" y "opinión", al mismo tiempo) a ese sojuzgamiento generalizado de todos sobre todos. Que confunde justo eso: la opinión y el juicio, enturbiando (cuando no perdiendo) el segundo sin reflexionar bien la primera.


"El régimen procesal de la época clásica se caracteriza por la institución de un iudicium, de una función juzgadora ajena a un imperium magistratual, esto es, basada en el officium de particulares o árbitros. Reminiscencia, sin duda, de los tiempos precívicos, donde falta la fundamental acción estatal, el arbitraje constituye en época histórica el modo de resolver los litigios entre los individuos".

http://www.derechoromano.es/2016/02/procedimiento-civil-derecho-romano-iudicium.html


 La cosa pública juzgada se identifica (en estos virtuales tiempos "post-cívicos") radicalmente con el reo, cargando todo el peso de la culpa común en cada individuo. Como cínica expiación colectiva al margen de sus personales faltas. Aunque explote éstas también como propaganda y espectáculo en la global catarsis en la que todos participan voluntariamente (el reo también, generalmente)

Así se me ocurrió llamarlo a mí: iudocracia. Pero da igual cómo se lo llame. Siempre existió eso, pero ahora se ha quitado por completo la máscara.  



 Estamos rodeados de cámaras. De likes, de dislikes, de información mal digerida. De críticos y críticos de críticos. No es malo en sí todo eso. Peor es la censura como dique. O la asfixiante sequía del silencio, impuesto o no... Pero estamos respondiendo al tsumani de un sojuzgamiento apoteósico como generalizado deporte extremo colectivo (pero virtual, sin levantarse de un sillón). Armados sólo con un patito inflable de esos con un silbato al presionarlos, como único e inocente (e inútil) flotador en la tormenta. Con el torpe timón, también, de una superficial manita arriba y abajo en Internet, que ni siquiera "suena fuerte". Pero que no por eso deja de nutrir (e incluso realimentar) ahora la política: con el auge de las falsas noticias de calado en la Red, que se dan por buenas y se vocean luego influyendo en los votantes. Y con los propios parlamentarios dirimiendo ahora sus guerras también en Twitter y Facebook.

 Para los nativos digitales, la tecnología no es sólo “un arma de doble filo”. Sino también (y sobre todo) una enorme espada que deben sostener cuando aún no han aprendido a caminar bien. 

 Para los no nativos sin prejuicios (entre los que me encuentro), es un cuchillo grande al fin, cuando se han tenido que apañar toda la vida con una triste navaja de llavero.

 Pero son los nativos los que mandan en las redes, a fin de cuentas. Por juventud y dominio de la (todavía) prometedora arcadia digital. Hay que confiar en que reaccionen y tomen bien las riendas algún día.

Lo único que están tomando, de momento, es una superficial captura de la realidad: visceral e independiente ésta, pero meramente reactiva y acomodaticia en lo importante (como se podría decir de los "youtubers"). Una instantánea volátil, tan estrecha como estéril, al fin. Con la cámara puesta (erróneamente) en vertical, sin panorámica. Aunque, en teoría, la manejen bien...

Y lo peor, sin disfrutar de verdad el espectáculo como lo deberían hacer ellos. A quienes el cansancio de forzar la vista ante la escasa luz reinante, no les ha generado aún presbicia: de manera directa y con la mirada limpia, sin un deformador cristal delante.





Bonifacio Álvarez.




P.D irónica:

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2 comentarios:

  1. Me he acordado de Cormac McCarthy, uno de esos "esquivos" personajes que no quiere saber de los medios televisivos. Ha escrito muchos libros y apenas ha concedido un par de entrevistas televisivas, y la mayoría lo recuerda por lo que dijo en ellas y no por sus libros.
    Saludos.
    (Se hace un poco largo el artículo pero merece la pena)

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  2. Es la otra cara de la moneda, que te recuerden por la televisión... Escuché decir a un conocido crítico (en persona) que la televisión sólo sirve para que te vean, como promoción digamos, y estoy de acuerdo. Lo de McCarthy debe ser una excepción.

    Muchas gracias por leer el artículo entero, sí es cierto que me extendí más de la cuenta. Tiendo a matizarlo tanto todo, que lo desarrollo demasiado. Quizá lo edite un poco...

    En todo caso, en adelante intentaré ser más conciso. Gracias por recordarme ese detalle.

    Saludos.

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