lunes, 27 de marzo de 2017

«Sí pueden» (relato)




                                                                                 
 Les dejo una jugosa historia apocalíptica no muy alejada de la realidad. Es algo larga (casi una novela), pero quien merezca leerla tendrá la paciencia. Y perdonen mi soberbia humana al decirlo (de eso va la historia, en buena parte).

 P.D. Me dan fobia las mantis, pero no se lo digan a nadie...


  
                                                                                               *    *   *
 

 
Novela ficticia dentro de una ficción verdadera...





                                                                                              SÍ PUEDEN





«Pero, ¿para qué diré más? ¡Hoy tengo estas cadenas y estoy aquí!

¡Mañana estaré libre! Pero, ¿dónde?»

Edgar Allan Poe. El demonio de la perversidad.







 En épocas pretéritas, muchas mujeres habían tenido que usar un sobrenombre masculino para poder publicar su obra literaria. En un entorno machista asfixiante, que ni siquiera permitía que ellas trabajasen fuera de casa o administrasen sus propiedades en persona. Ahora él, Eduardo Cornejo, tenía que usar, irónicamente, un pseudónimo femenino como escritor de novelas románticas para mujeres, en plena era de la teórica igualdad entre ambos sexos (en el contexto occidental, al menos). Su amistad con el editor, le había procurado ese trabajo alimenticio, que detestaba. Pero no podía renunciar a él… 

 Lejos quedaron sus sueños de ser alguien en el mundo de las letras. Se le echó el tiempo encima, se sentía ya viejo y quemado superada la cuarentena. Y lo poco que pudo publicar (un par de novelas históricas, un libro de viajes, otro de poemas, un profuso ensayo académico sobre literatura barroca y una colección de cuentos humorísticos) apenas tuvo eco positivo: sólo alguna reseña elogiosa en la prensa local, y algún que otro premio literario menor que le permitieron, al menos, apuntalar su orgullo un tiempo. Su licenciatura en Historia Antigua (que le sirvió para darle consistencia a sus novelas de ese género) no le facilitó ganar una oposición siquiera. Así que terminó buscándose la vida en todo tipo de trabajos esporádicos ajenos a la literatura… Hasta que llegó el momento, menos solemne que humillante para él, de sobrevivir gracias a su pluma. Sin grandes alardes, pero llegando bien a fin de mes. Bajo el pseudónimo femenino anglófilo de “Laura Patterson”, que su editor le impuso y eligió por él. Aunque Eduardo Cornejo era hombre y español, y ni siquiera sabía hablar inglés con soltura.

 Sus noveluchas imitaban las estadounidenses del género, incluido el contexto y los lugares comunes. Estaban escritas sin motivación ni pulcritud alguna, y se vendían en España e Hispanoamérica sobre todo. Pero también en los EEUU que las habían inspirado, y de las cuales eran un simple pastiche. Traducidas chapuceramente al inglés por un empleado de la editorial tan desmotivado y poco escrupuloso en su trabajo como el propio autor.  

 A Eduardo, el escritor, le quedaba el desahogo de escupir metafóricamente en la bebida de su jefe tiránico, que le presionaba para producir un estereotipado melodrama pasional cada dos meses. Y a veces uno al mes, incluso. Su modo particular de vengarse del editor y su acuciante exigencia, consistía en meter “morcillas” incongruentes en su ingrato trabajo: localizaciones geográficas inventadas, anacronismos históricos flagrantes, deus ex machina inverosímiles metidos con calzador en la trama… Todo eso saturaba (volviéndolos todavía más mediocres y absurdos) los adocenados folletines sensibleros y melodramáticos que le presionaban para perpetrar en tiempo récord. 

 Pese a dicho placer morboso al enturbiar adrede su trabajo, sufría él lo indecible por tener que vomitarlo en el papel. Y cada vez que entregaba el manuscrito final, se sentía doblemente sucio. Como si se hubiese traicionado a sí mismo, y no a sus potenciales víctimas, siempre mujeres. De mediana edad todas ellas, y nula experiencia lectora fuera de los folletines y los magacines de cotilleos. De hecho, podía volcar casi cualquier cosa en sus escritos sin que ellas notasen nada raro, y sin que a nadie le importase, en realidad. Ni siquiera al editor que, en todo caso, le censuraba cada intento de mejorar la calidad, no de empeorarla. Y lo hacía cuando él trataba de añadir (sin pretender tampoco nada excelso), algún que otro párrafo sicológicamente profundo, una trama genuinamente intrigante o alguna vaga reflexión sociológica o histórica. Lo cual era rechazado siempre, invariablemente. El cliché plano era la norma, y salirse de él haría caer las ventas en picado... 

 Así que el autor terminó por no esforzarse en añadir ninguna pincelada digna a sus insulsos melodramas, si quería seguir pagando las facturas. Ajustándose de manera estricta, como si fuese una penitencia, al dudoso gusto de las anónimas lectoras femeninas que le alimentaban. Y que esperaban justo eso: vulgares dramones de final feliz  y romanticismo empalagoso. No necesariamente verosímiles o coherentemente ambientados. Escritos todos según un fijo formulario efectista, que fuesen fáciles de digerir sin esfuerzo intelectual ni implicación emocional genuina tampoco. Ellas compraban la literatura que deseaban hojear para retroalimentar su necesidad de un melodrama frío, sin complicaciones. Y sin pasión genuina, aunque lo pasional estereotipado se imponía siempre en las portadas rococó peripatéticas, y en los epatantes títulos en tipografía cursi y dorada de los adocenados folletines vendidos en los kioscos. 

 Lo que buscaban, finalmente, las lectoras de aquel engendro editorial, era calmar su ansia irracional de desahogo emocional frívolo, superficial y pasajero. De distante sufrimiento frío al leer el drama, que les era ajeno y olvidaban enseguida. Sin legítima catarsis viable alguna que dignificase aquellas páginas, lastradas por el previsible devenir de las atolondradas heroínas emperifolladas y encandiladas por sus siempre vanidosos amantes. Cuyo musculoso tórax reventaba invariablemente la pechera de los impecables uniformes con los que se pavoneaban en la cubierta de los pastiches librescos de papel barato. Llenos éstos de almibarados colorines de acuarela en los personajes de portada. Y adornados también allí, en la cubierta, con falsos sellos de calidad y récord de ventas inventados. Además de ficticios elogios entrecomillados de supuestos críticos de diarios igual de inexistentes, cuyos nombres improvisaba el editor abriendo al azar un viejo listín telefónico en desuso. 

 El último bodrio de Eduardo Cornejo (alias “Laura Patterson”) fue un folletín titulado “¡No sé cómo amarle!”. Se trataba de la rebuscada historia de la hija de un viudo terrateniente confederado en el ocaso de la guerra civil estadounidense. Enamorada ella de un apuesto desertor federal en territorio enemigo: ludópata, alcohólico y caza-fortunas éste, que malvivía del contrabando de mosquetes. Y que fingía ser un rico heredero del Sur (también ante sus padres) para conquistarla y mejorar su suerte. Pretendía ser un espía en territorio enemigo que había huido de allí al ser descubierto, en vez de un desertor. Era esa su improvisada forma de justificar ante su amada el uniforme yanqui, cuando ésta le descubría oculto en las caballerizas de la hacienda familiar donde coincidían la vez primera, al acudir ella allí a acicalar a su caballo. Y entonces, lejos de alarmarse y pedir ayuda, ella se quedaba embobada y perdidamente enamorada de él por las buenas.  

 Hasta que terminaba por descubrir el pastel. Pero, en vez de delatar al enemigo y mentiroso en plena guerra (o rechazarle amorosamente, al menos), se mantenía absurdamente prendada de su halo de virilidad magnética. Así que se enamoraba de él aún más que antes. Le protegía y ocultaba del peligro en el granero del rancho paterno, más mullido y habitable que el establo. Y llegaba a vender a hurtadillas joyas y propiedades familiares, incluso. Para financiar las correrías y apuestas de su seductor amante sinvergüenza. Que la llenaba de promesas vanas tras haberse pagado, finalmente, con su ingenua ayuda, un cómodo hotel en la ciudad que mejoró el granero bastante... En cuya ciudad él dilapidaba todo el donativo luego, entre prostíbulos, casinos y tabernas. Al final, ella le afeaba su vida licenciosa, pero sin demasiada convicción. Hecha un pueril lío de sentimientos contradictorios. Enamorada del enemigo al que odiaba como tal también. Pero con la esperanza de redimir alguna vez al hombre al mismo tiempo. Y domesticar el irreductible corazón de crápula que latía bajo el bien planchado uniforme unionista de él. Con el que, tras un breve lapso de ocultamiento en casa de ella en un principio, se paseaba él luego alegremente por ahí durante toda la novela, tan fresco pese a estar en territorio hostil en plena guerra.

 La cosa terminaba en un cliché turbulento. Con el padre y el amante batiéndose en duelo con las pistolas que había inutilizado ella previamente, de manera salvífica. Y reconciliados luego ambos rudos hombres finalmente. Cuando el tarambana vividor salvaba los valiosos caballos del terrateniente de un incendio en los establos. Causado éste por los propios amantes, en un rifirrafe vagamente erótico en el mismo establo donde se conocieron. Debido al caro puro habano —financiado por ella— que él fumaba indolentemente allí entre un montón de paja, prendiendo una chispa accidentalmente. Mientras ella jugaba a ensortijar el vello que asomaba de su abierta pechera, canónica en el género. Entre asalto y asalto mutuo pasional explícito apenas, sugerido vagamente con relamidas metáforas.  

 Con lo de los caballos, él se ganaba el favor del padre de la ñoña heroína definitivamente, como potencial yerno suyo. Pero sin que el futuro suegro cejase por ello en su triste obligación de delatarle como enemigo de la Confederación, por patriotismo… Aquel era el momento cumbre y solemne del drama: el terrateniente, a su pesar, cumplía con su deber patriótico de dar aviso a las autoridades sobre la presencia del intruso de otro bando. Pero cuando ya acudían a la casa a capturarle, el padre descubría, gracias a sus influencias, que estaba a punto de decretarse el final de la guerra. Así, de un día para otro. De modo que los tres: padre, hija y desertor se confabulaban para deshacerse de los integrantes de la guardia enviada para prender al (todavía) enemigo del Sur: emborrachándoles, golpeándoles y encerrándoles en un enorme armario, como en un vodevil barato. Y ello pese a que los sudistas de ese estado, habían sufrido en teoría ya hacía tiempo la derrota que se iba a decretar oficialmente. Y debían estar más en plan de retirada con los bártulos al hombro (por coherencia histórica), que de acudir chulescamente a detener a nadie cuando acababan de perder la guerra. 

 Como colofón melifluo a tanto disparate, suegro y yerno colaboraban codo con codo para ayudar a parir a una yegua en el establo, en la escena final de la novela. Convertidos sin más en uña y carne de un día para otro ya en pleno armisticio, aunque el yerno le había dilapidado al suegro media hacienda en tiempo récord en toda clase de vicios… 

Y tras el feliz parto de la cría, la novia enrojecía hasta las orejas. Y declaraba a ambos hombres un secreto íntimo, de una forma estrambótica:

«—Es un hermoso potro. Será un gran semental —Dijo, orgulloso, el hacendado Rhett Stilton, dueño de la yegua y de aquellos vastos dominios. 

»—Si es niño, sí que lo será… como su padre —Le sorprendió su hija Melanie Olivia, confesando su propio estado de buena esperanza con aquel doble sentido. Y acto seguido, se abrazó al gallardo cuerpo de su prometido Clark Butler, rota en lágrimas…»

  Tras concluir ese último y desopilante párrafo, Eduardo Cornejo reprimió las ganas de vomitar, en vez del llanto. Odió como nunca a Laura Patterson, harto de tener que ponerse su polvorienta peluca por necesidad alimenticia. Para colmo de humillación, entre sus obligaciones por contrato estaba la de atender en Internet la web de Laura, la escritora ficticia, y hacerse pasar por mujer allí también. Participaban en el foro de la página las lectoras de culebrón más recalcitrantes, que hablaban de todo menos de literatura en él. Cuando añadió el punto final a “No sé cómo amarle” (que, más que un punto, fue una bala certera en su propia sien), se consoló con haberle puesto, al menos, un título decente a la empalagosa novelilla, inspirado en el de una bonita canción clásica… Y abrió la web como hacía siempre: con una mezcla de desidia rutinaria e inercia morbosa. Había un chat en vivo, donde las seguidoras de Laura Patterson estaban discutiendo sobre batidos dietéticos. Saludó cordialmente y, pese a ser la estrella, tampoco le hicieron mucho caso. Al rato de estar allí, una participante se dignó a preguntarle a Laura (o sea: a él) si saldría pronto una nueva novela. Y cuando él (o sea, Laura) iba a contestarle afirmativamente con desgana, apareció un ángel…

 Hacía tiempo que no la veía asomarse. Se hacía notar bajo el pseudónimo de “Amazona19”, indicando su edad y su carácter libérrimo. Acorde con su juventud, ella no se preocupaba mucho de guardar las formas. Era irreverente y divertida. Cruel pero sincera. Inteligente pero libre, sin atarse a ningún dogma. En definitiva, un soplo de aire fresco en aquel mundo de maduras amas de casa de desahogada economía, escasas luces y demasiado tiempo libre. Que usaban el portal en Internet de Laura Patterson para compartir sus menudencias personales y sus recetas de cocina, y lamerse los rasguños de sus aburridas biografías. 

 Ella era la hija de una de ellas, en realidad. Y entraba allí para divertirse a su costa (y a la de sus amigas virtuales) sin ser reconocida. Lo hacía de vez en cuando. Y gozaba como un trol haciéndolas rabiar a todas (a su madre incluida) manipulando sus emociones fácilmente. Y confundiendo sus aletargados cerebros con su malicia y ocurrente descaro. Y con su precoz sabiduría y cultura también, que usaba para ponerlas a ellas y a su indocumentada superficialidad en un continuo brete… Aunque se aburría pronto de hacer eso. Y las dejaba hablando solas al final, tras hacer mutis por sorpresa dejando como despedida un exabrupto o una obscenidad cualquiera de regalo... 

 Eso último tan extemporáneo, era lo que a él más le divertía. Y poco a poco, inconscientemente, se acabó enamorando de ella en silencio… Solía pensar lo divertido que habría sido declararse a la muchacha como Laura Patterson en la ventana virtual del chat. Creando allí, con ella, una escena lésbica que jamás habría podido plasmar en sus mojigatas novelas, donde la idealización del patriarcado era la norma. Divertido, sí… y morboso también. Porque la avispada amazona (al contrario que las mujercillas del foro) descubrió pronto que él era hombre y no mujer. Y se lo dejó caer con sutileza a él sin delatarle, y sin que las demás notaran nada, en su inopia… Desde entonces se dedicaban guiños, pero nada más allá de una amistad sincera. Aunque él la amaba en silencio, sin que ella lo notase en apariencia. Y soñaba con romper con ella el hielo de una vez por todas, aunque siempre se contuvo. Él era un frustrado hombre maduro, separado y sin descendencia. Y ella una cría de diecinueve años que podría ser su hija y que tenía toda la vida por delante... Eso sí habría sido un escándalo de novelón, y él no tenía el valor para exponer sus sentimientos sin más, en cualquier caso. De modo que se limitó a soñar con ella. Pensaba en la Lolita de Nabokov, cuando fantaseaba con la joven amazona y él viajando en automóvil juntos y conviviendo en hoteles, como en la novela. Se preguntaba cuál sería el nombre real de ella. Y también meditaba sobre la mencionada obra y su autor… Él no era Nabokov, ni mucho menos. Sólo era un fabricante de pastiches sin dignidad ni nombre propio, grotescamente travestido en escritora romántica. E incapaz de escribir una obra de éxito como la del escritor de origen ruso… o sin tiempo ni fuerzas para hacerlo ya. 

 Cuando el bodrio titulado “No sé cómo amarle” estuvo ya en su punto de venta habitual en supermercados y kioscos a ambos lados del océano, lo vio de refilón en uno de estos últimos, cuando fue allí por el periódico como cada mañana. Se fijó primero en la caligrafía estilizada con el autor ficticio “Laura Patterson”. Luego vio el título y, para su pasmo (aunque tampoco era la primera vez) reparó en que, en la portada, el héroe y la heroína iban ataviados con vestimenta medieval, sin relación alguna con la Guerra de Secesión estadounidense en la que se ubicaba la historia. Seguramente habían decidido reciclar una cubierta antigua de otro engendro cualquiera de resonancia artúrica, para abaratar costes. Un anacronismo más, que a nadie iba a importarle… Tras la relativa sorpresa, se sonrió con sarcasmo. Aunque sintió vergüenza ajena y propia. Pagó el periódico en el kiosco, adosado éste al muro de un polideportivo en el que él solía practicar atletismo cuando era un adolescente enérgico. Y comenzó a caminar ahora por la acera, haciendo un ejercicio sano pero más pausado… Era un despejado día de primavera. Un día perfecto, luminoso. Respiró hondo y pensó en la amazona…  ¿Cuál sería su nombre? ¿Dónde viviría? En Internet uno podía estar hablando con un esquimal desde Australia, y viceversa. Sólo sabía que, allí donde estuviese, ella era un ser noble y hermoso, aunque jamás había podido ver su rostro… 

 El buen tiempo no bastó para animarle, al final. Apenas dio unos pasos con el diario bajo el brazo, sintió como nunca todo el peso de la frustración y el fracaso absolutos. Su vida había sido y era un desastre completo. Hizo balance de todo en un segundo, a la velocidad de un relámpago. Como si estuviera a punto de morir, aunque sí moría por dentro… Recordó una frase de las que solía escribir como parte de un inédito libro propio de aforismos. Demasiado sesudos estos para que su editor les endilgase una portada cursi al azar, y los pusiese a la venta en un tenderete para solaz de cincuentonas aburridas:

«El mayor miedo de un obrero, es que no le paguen. El mayor miedo de un artista, es usar el cielo como lienzo y que nadie mire arriba»
 
 La frase definía perfectamente su impotencia. Había tocado fondo, definitivamente. Ya jamás sería un hombre feliz, era muy tarde. Y ni su nombre propio ni sus escritos perdurarían ni tendrían nunca trascendencia alguna, para inmortalizarle al menos como autor ya que había fracasado como ser humano. Su mediocre labor de junta letras travestido, no dejaría ni una sola página para la posteridad, que le ignoraría tanto a él como al artificioso sobrenombre de Laura Patterson, que le pesaba como un patético lastre…
 Deseó que el mundo se acabara en ese instante, para dejar de sufrir por todo eso. Y entonces escuchó un crujiente ruido atronador, y sintió una vibración profunda que lo conmovió todo en torno suyo. Cual si la idílica cúpula azul primaveral se desgarrase de repente en dos, como una tela. Miró arriba por instinto, pensando en un avión a punto de estrellarse, o un satélite perdido. Vio un cegador destello anaranjado, entonces. Y ya jamás volvió a ver nada.  


                                                                                       *   *   *            

             
Los más fuertes y jóvenes, se movían rápido en pequeños grupos, buscando restos de comida y cualquier cosa útil entre las ruinas. Era peligroso hacerlo, y el aire resultaba tóxico tras el cataclismo. Llevaban una reserva de agua cada uno, para sobrevivir a la excursión lejos del refugio. Procedente ésta de la piscina cubierta del polideportivo semiderruido donde malvivían los doscientos únicos supervivientes de la ciudad... y del planeta en realidad, aunque ellos ignoraban ese dramático extremo. Entre los cascotes, buscaban lo que fuera para la incierta supervivencia del grupo. Encenagados en el lodo de una masa heterogénea informe, parcialmente calcinada, que dificultaba el avance allí donde no había ruinas. De vez en cuando la tierra escupía chorros de vapor violeta, como hediondos géiseres. Todo se había vuelto un desierto ceniciento en sólo un par de días después de la catástrofe. Salvo un área circular de cien kilómetros exactos de diámetro en torno al polideportivo, en la zona norte de la urbe reducida a polvo y lava. Cuya área, aunque en ruinas, se había mantenido relativamente salva y habitable por algún raro motivo, como una agrietada esfera de cemento semienterrada en el fino polvo de un desierto... Aunque el aire era difícil de respirar allí, y la atmósfera enrarecida dejaba en la boca un sabor metálico amargo. Arriba, el sol se podía mirar directamente sin dañar los ojos. Pues se intuía apenas como una mancha sepia desvaída, oculta detrás de un manto opaco caliginoso que envolvía todo en una penumbra perpetua. La noche era medianamente luminosa, igual que el día, envuelta en una leve fosforescencia color plomo. 

 La reserva única de agua acumulada en la piscina era poca y de potabilidad dudosa. Pero lo más probable era que el aire tóxico y el hambre les matasen a todos antes de que lograsen agotar ese recurso. El vaho ponzoñoso empezaba a enfermar en serio a los más débiles y malheridos. Y además, estaba la amenaza de los ladrones de agua, que buscaban el oasis del polideportivo y la piscina desesperadamente.

  Los ladrones pertenecían a uno de esos grupos paramilitares relativamente paranoicos, que se habían entrenado y avituallado para sobrevivir en un búnker en el hipotético caso de un apocalipsis. Cuando éste se produjo de verdad, el subterráneo grande en el que se atrincheraron quedó  sepultado, y sólo algunos pudieron huir vivos de él. Los que lo lograron, rescataron luego de un zulo adyacente el equipo de camuflaje, máscaras de gas, cuchillos, armas de fuego con su munición y algunas latas de comida. Pero les faltaba el agua, y empezó la cacería. Eran veinte adultos muy bien equipados, que asesinaban sin piedad a los indefensos buscadores para quitarles la reserva. O les dejaban morir en el barro tóxico después de haberles torturado para que les indicasen el camino hasta la fuente… El búnker destruido desde el que partieron, estaba a cincuenta kilómetros al sur de la piscina, casi fuera del círculo salvífico que tenía el polideportivo que la albergaba como centro aproximado. Lentamente y en zigzag, pero de forma inexorable, fueron avanzando a pie en dirección a la piscina, salvando todo tipo de ruinas y obstáculos. Cuanto más avanzaban hacia el objetivo, el aire se hacía algo menos denso. Y el entorno se mostraba sutilmente menos devastado, aunque era caótico igualmente y estaba lleno de cadáveres… Esa leve diferencia, les servía también para guiarse un poco. Pero, cuando estaban ya a solo diez kilómetros del ansiado destino, se desorientaron de repente. 

 Frente a una torre de despojos al pie del esqueleto de acero de una estación de tren, que conservaba aún el inmóvil reloj en su cúspide, varias figuras humanas de ropa desgarrada, piel sucia, y llenas de arañazos, husmeaban literalmente por comida. Las figuras huyeron por instinto, como ratas sorprendidas rapiñando. Al ver venir hacia ellas aquella expedición armada, con su ropa de camuflaje y máscaras de gas. Pero tuvieron tiempo de apresar a una de las ratas, que les rogó entre lágrimas y con aspavientos de terror que no le hicieran daño alguno. Muy sumisa, prometió indicarles el camino exacto hasta la fuente de agua, asegurándoles que estaba muy cerca de allí. Así que les sirvió de guía, conduciéndoles en dirección oeste desde el punto en el que estaban. Era una gran zona boscosa, pero no había un solo árbol en pie. Avanzaron con gran dificultad, entre murallas de ramajes secos, montañas de tierra y polvo, riachuelos de lava pestilente y yacentes troncos calcinados. Recorrieron veinticinco kilómetros en doce horas, a menos de la mitad de la velocidad normal a pie de un ser humano. Y llegaron finalmente al borde de un gran declive en el terreno, en el que terminaba la calcinada arboleda. Vieron allí los restos de una autocaravana familiar, reducida a un amasijo de hierros retorcidos en la falda del declive. Y comprobaron que, más abajo a sus pies, se abría un vasto valle cubierto de ceniza, por el que tan sólo dos días antes había discurrido un cristalino río libremente. Pero ya no había rastro alguno de agua allí, tan sólo polvo rojo y piedras en toda la extensa planicie. Y quien les había guiado intencionadamente hasta ese punto estéril, lo sabía bien… 

 Allí, en el llano yermo, había estado su casa, en un lujoso barrio residencial de chalets del que sólo se intuía la cuadrícula en el suelo. Y del que ella parecía ser la única superviviente, además. La catástrofe la pilló fuera del valle, haciendo senderismo sobre su caballo. Rodeando, al hacerlo, el arrasado bosque que acababan de cruzar. Cuyos árboles, erguidos todavía  entonces, le habían servido de barrera. El animal murió en el acto, impactado por la lluvia de polvo incandescente y escombros que atravesó la arboleda igual que una lluvia de flechas, haciendo estragos en la misma. Y la amazona se salvó por muy poco, tras caer de su montura. Y usó el propio cuerpo muerto del caballo como muro contra la nube ardiente de deshechos, que tardó un rato largo en ceder.  

  Todo el daño que sufrió de ese percance, fue torcerse un tobillo cuando la tumbó el caballo. Y ahora ella intentó huir cojeando cuando el engaño fue evidente, aprovechando la confusión de los demás al encarar el punto muerto. Pero se lo impidió un tiro certero en la espalda… Mordió el polvo, y el líder de la expedición se acercó y se agachó pistola en mano junto a la mujer joven herida gravemente:

—Eres una hija de puta con cojones —dijo en tono áspero, tras quitarse la máscara de gas un segundo, para poder hablar bien—: ¿Cómo te llamas?

—Laura. Laura Patterson —Ella optó por el anonimato y la ironía al mismo tiempo, cuando respondió eso a duras penas, rota de dolor por el disparo. Quiso morir riéndose de todo, tal como siempre había vivido.    

—Adiós, Laura —El líder la acribilló con la pistola, para desahogar su ira. Y con tanto impacto, salió disparado un colgante del cuello de la joven...

 El grupo terminó de maldecir a la burlesca amazona, que les había hecho perder adrede un día entero. Ahora tendrían que rehacer pacientemente la difícil marcha, esta vez en dirección oriental, volviendo en diagonal sobre sus propios pasos. Dieron la espalda al pulverizado valle sin perder más tiempo, esquivando el bosque en lo posible. Y el guardián del mito esperó a que se alejasen lo bastante. Para poder salir de su escondite detrás del último árbol en pie, después de haberlo espiado todo desde allí… Llevada dos días comiendo hojas secas e insectos. Y ahora cerró, con delicadeza, los párpados de la heroína muerta. Miró un segundo la caravana calcinada, con los ojos fijos... Y rescató luego del polvo el colgante de plata, que representaba una afilada hacha de guerra. Con la palabra “amazona” grabada en su base. Y coronada por una “p” mayúscula en honor a la reina Pentesilea, aunque el guardián desconocía ese detalle… Se lo colgó de su propio cuello, y siguió las huellas de la expedición discretamente. Había sido testigo de la dimensión de la crueldad que se gastaban. Pero sabía que, siguiéndoles, él también encontraría el agua.  

 La diagonal les permitió acortar un poco el camino de regreso a la estación en ruinas, con el guardián del mito a su estela… Y una vez que volvieron al punto de partida tras la burla, los veinte de la expedición emprendieron la ruta hacia el norte, esta vez en la dirección correcta. 

 Entre tanto, en el polideportivo, las cosas no iban bien. En las últimas horas, habían muerto quince de los doscientos supervivientes, entre la asfixia, las heridas y la escasez de víveres. El resto, se turnaba para pernoctar en el interior del edificio en ruinas, con buena parte de la techumbre derruida y el interior lleno de escombros. Sólo cabían dentro unos cincuenta a la vez, de los que estaban sanos. Y cuando les tocaba el turno, compartían cobijo nocturno con los heridos, enfermos y ancianos que permanecían, ellos sí, en resguardo todo el tiempo. A los niños en buen estado físico (unos cuarenta) se les dejaba dormir siempre bajo techo. Y el resto de adultos aguantaban como podían al socaire. Juntando bien sus cuerpos para calentarse, cuando la temperatura nocturna empezaba a descender bruscamente de noche. Y de día también, al final…    

 En la turbia penumbra diurna, a la que no se terminaban de acostumbrar sus ojos resecos, el profesor de arquitectura Claude Ronchamp estaba haciendo su ronda matinal del tercer día tras el cataclismo. Se aseguraba de que el dañado esqueleto del polideportivo resistiese bien por fuera y dentro. Igual que el suyo propio, lleno éste de magulladuras y con algún hueso quebrado… Cuando comprobaba la solidez de un contrafuerte externo, encontró un bulto de papel encajado y semienterrado entre baldosas rotas. Era una vulgar novela romántica de kiosco, pero para él fue un hallazgo valiosísimo. Un último resto de cultura humana en el ubicuo y calcinado apocalipsis que, intuía, había sido global y no tenía ya remedio… Le había dado tiempo de asistir al caos en vivo doblemente. En la pantalla de un televisor primero, y enseguida en carne propia. Cuando sucedió todo, él estaba sentado cómodamente a la mesa junto a su esposa embarazada de cinco meses, sintonizando por satélite un canal de Francia, su país. Se encontraban de visita en tierra extraña y con todos los gastos pagados. Para que él recibiera un doctorado de honor en una importante universidad local. Y diese, de paso, una conferencia de agradecimiento en el paraninfo, acerca de Le Corbusier. Él estaba repasando las notas del discurso, mientras desayunaban ambos relajadamente en la suite de lujo del hotel, antes de acudir al evento. Y lo que pudieron ver los dos entonces, fue una pesadilla nada idílica… 

 La emisión normal se interrumpió de pronto, y en la pantalla apareció un traumatizado reportero que temblaba y tartamudeaba desde la azotea de la misma estación televisora, mencionando atropelladamente una lejana catástrofe en Oceanía. Y tanto el profesor Ronchamp como su esposa creyeron estar viendo una película de ficción, entonces. Cuando el periodista arrojó el micrófono, derrotado, frente a la temblorosa cámara, y se sentó en el suelo a llorar como un chiquillo. Mientras se podía ver en el horizonte cómo la torre Eiffel se retorcía y derretía como un helado por su base. Antes de ser embestida y engullida por un tsunami de polvo de roca incandescente, semejante a un gigantesco océano de lava. 

 La imagen espantosa se esfumó junto a la red eléctrica. Y el hotel se llenó de gritos de pánico. Al mismo tiempo, se escuchó el fragor de un objeto desgarrando el aire. Por la ventana de la habitación se filtró una intensa luz naranja. Y todo tembló en una violenta sacudida, entonces… Ellos salieron a duras penas de los escombros del hotel, junto a algunos pocos supervivientes más. Su esposa estaba ilesa aunque magullada, pero él tenía rota la rodilla. Ella era doctora, y se la entablillo como pudo con un girón de ropa propia y astillas del derrumbe. Él improvisó un bastón de apoyo para la cojera, con un largo listón de madera obtenido también de los escombros. Y cuando se refugiaron luego con los demás supervivientes en el cercano polideportivo, terminó de pulir allí la precaria muleta con una navaja multiusos que llevaba encima siempre. 

 Al final quedó bastante ergonómica. Y ahora el profesor Ronchamp la apoyó en el muro externo dando por concluida la comprobación del edificio. Y se sentó en el suelo descansando la espalda en la pared, para hojear su hallazgo libresco a la luz de la penumbra química perenne, con una agridulce inocencia. Una lágrima rodó por su mejilla cuando fue pasando páginas, sin atender mucho a la tosca narración concreta que se plasmaba en ellas. Pensando sólo en toda la riqueza de significados que aquella insulsa y artificiosa historia adquiría ahora de repente. Razonó que, si de veras el planeta entero había sucumbido a la hecatombe como sospechaba, quizás aquella era la única referencia documental restante de toda una civilización humana milenaria que había colapsado de golpe y para siempre. 

 Entonces, levantó la vista. Y se dio cuenta de que varios niños le miraban fijamente. Haciendo de tripas corazón, se secó la lágrima sin intentar disimularla (ya nadie allí disimulaba eso). Y tuvo la ocurrencia enérgica de improvisar mesas y asientos con tablones y deshechos a su alcance, con la ayuda de los niños. En poco rato, tuvieron montada una rudimentaria escuela, a la que pronto se sumaron más chiquillos. Como pizarra, delimitaron un rectángulo de polvo en el suelo, enmarcado con listones. En el cual el espontáneo maestro trazaba signos con su propio bastón. El profesor Ronchamp usó también el melodramático novelón adocenado para enseñar a leer a los más pequeños. Les sentaba en sus rodillas, e iba pasando páginas con un cuidado escrupuloso, como haría un estudioso bibliófilo con un códice medieval miniado irremplazable. 

 Lo más probable era que los niños no llegasen a crecer jamás. Y que no tuvieran nunca tiempo de dar uso a lo aprendido en esas horas. Pero, con singular entereza, maestro y alumnos se aferraron al presente. Olvidando un poco el horror vivido y el amenazante futuro inmediato. Enfrascados en aquella aula tosca hecha de basura y envuelta en aire tóxico, en la que la ciencia y el tesón humanos se negaban a tirar la toalla…

 A la mañana del cuarto día desde la hecatombe, todos los niños supervivientes de diversas edades que se podían mantener en pie, asistían ya a la escuela de Ronchamp al aire libre. La mejoraron un poco con detalles, como un par de polvorientas colchonetas que permitieron que se acomodasen en ellas incluso algunos de los niños físicamente peor parados, también. Las encontraron entre los escombros interiores del polideportivo. Junto a una dura pelota de gimnasia rítmica color verde, que el ocurrente profesor talló pacientemente con su navaja. Para convertirla en un globo terráqueo de goma, y que aquello terminase de parecer una escuela de verdad… Grabando en ella, de memoria, el contorno convencional de los continentes que —sospechaba— habían perdido ya su silueta distinguible…  

  Su esposa embarazada asistía a los heridos, como médico que era. Y de vez en cuando le echaba a él una mirada. Para comprobar el estado de su maltrecha rodilla de un vistazo. Y de paso observar, con tierna admiración, cómo se afanaba él en educar a los críos sin rendirse en ese infierno... Esa mañana, cuando asomó la nariz ella, el profesor Ronchamp explicaba a los chiquillos cómo se podía medir la altura de un edificio como el propio polideportivo de forma meramente trigonométrica. Sin necesidad de una regla gigante vertical como creían ellos. Ni tampoco de cualquier sofisticado artilugio propio de la moderna tecnología, la cual se había convertido en chatarra inútil de un día para otro, en cualquier caso... Les contó que bastaba conocer la distancia entre el punto de observación y la base del edificio a medir. Y calcular, eso sí, el ángulo interno del hipotético triángulo que se formaba al extender una hipotenusa imaginaria hasta la cima. Luego, sólo había que aplicar una sencilla fórmula matemática a los datos... Se lo dibujó todo primero en la pizarra de polvo. Y luego usó un transportador de ángulos y una plomada, que había fabricado previamente con la variopinta basura disponible allí. Para hacerles una demostración más práctica de su lección teórica, usando el propio dintel de entrada al polideportivo (al que se asomó la doctora) como altura a medir. 

 Y cuanto estaba embebido en esa explicación en la puerta, ante la desangelada pero atenta mirada del alumnado infantil —y la orgullosa de su mujer—, una ráfaga de disparos al aire hizo trizas el momento. Los críos corrieron al interior del edificio, junto a la doctora embarazada a la que el profesor empujó dentro también. Y él y los demás adultos de ambos sexos plantaron cara a los invasores sin demasiada convicción… Pronto se descubrieron rodeados de individuos bien armados y con máscaras de gas, en actitud amenazante. Los cuales se habían apostado hábilmente en la noche, envolviendo el edificio y sorprendiéndoles ahora a todos. El líder se quitó la máscara, escoltado por dos de sus secuaces. Y se dirigió a Ronchamp, tomándole por portavoz de los supervivientes al ver cómo éste le encaraba con entereza.

 —Hemos visto la piscina. Necesitamos el agua. Somos veinte y tenemos sed—El líder invasor fue al grano.

—Ayer murieron quince aquí, y esta mañana otros tres. Casi hacen veinte. Hay agua para todos, mientras dure… —explicó el arquitecto francés, no muy seguro al decirlo.

—Si somos menos, durará más —Se sonrió el líder con malicia—; desalojen el lugar o morirán todos. Ustedes son más, pero nosotros disponemos de munición y agallas. Y les tenemos rodeados… 

—No es cuestión de fuerza, entienda. Podemos ayudarnos todos —El profesor trató de ser conciliador, pero con la voz firme.  

—No tendré más contemplaciones con civiles —El otro no quiso transigir—; ya hemos perdido un día entero por culpa de una puta de su grupo. Estamos rotos. No sólo venimos a beber. Venimos a bañarnos en agua —El líder subrayó la última frase e hizo un gesto convenido. Y sus diecinueve secuaces apuntaron con sus armas a los desprevenidos supervivientes desde múltiples ángulos, anticipando un fusilamiento.   

—¿Por qué hacen esto? ¡Podemos compartir! —Ronchamp empezó a temblar con la amenaza.     

— ¡Desalojen! ¡Dé la orden! —El líder desenfundó su pistola.

—Yo… no tengo autoridad… —El arquitecto balbució, y tragó saliva.

—Yo sí la tengo —El líder de los ladrones de agua quitó el seguro de su arma, dispuesto a asesinar al profesor como paso previo a una matanza colectiva. Pero no tuvo tiempo de apuntarle a la cabeza y apretar el gatillo. Pues, cuando iba a hacerlo, su cuerpo sufrió una sacudida desde la espina dorsal, en ambas direcciones. Su esqueleto se encorvó y su rostro se transformó radicalmente en un segundo, llenándose de vello. Sus ojos se hundieron en sus órbitas, su nariz se ensanchó y su boca creció como un hocico, adquiriendo rasgos simiescos al instante. Sus manos se volvieron muy gruesas y peludas también. Y dejaron caer la pistola sin llegar a dispararla, al contraerse… Luego, todo su volumen descendió en escala, cuando su cabeza se comprimió desarrollando un hocico aún más pronunciado que el del simio. Como el de la agresiva zarigüeya que se desembarazó, rabiosa, del bulto de ropa militar en el que quedó hundida en un instante. La cual avanzó luego, amenazante, hacia el profesor, que se echó atrás por instinto y alzó su bastón para defenderse de ella… Pero el violento roedor no tuvo tiempo de saltar sobre Ronchamp, como quería. Convertido en un segundo en una rata, más pequeña, que apenas avanzó unos pocos pasos. Pues enseguida involucionó en forma de una cucaracha enorme que, finalmente, quedó volcada boca arriba y se derritió en un charco de agua. El pasmado profesor se asomó al charco, y vio un pequeño renacuajo agitándose en él. Aunque enseguida se redujo el renacuajo también, consumiéndose en sí mismo. Y desapareció en el agua frente a sus asombrados ojos…

 Los guardaespaldas del líder sufrieron instantáneas transformaciones similares, y terminaron reducidos a líquido también. Al igual que todo el resto del grupo paramilitar que cercaba a los supervivientes. Sólo quedaron sus ropas amontonadas, y sus armas. Desperdigadas en los diversos puntos estratégicos desde los que les habían estado encañonando tan solo un minuto antes. 

 Entre la tensión y la sorpresa, el grupo que se había librado de aquella forma singular de la amenaza, se mantuvo un momento en un shock silencioso, sin saber qué hacer ni cómo interpretar ese fenómeno... Pero enseguida se escucharon gritos de pánico. Cuando, para asombro de todos los presentes, la situación se volvió más delirante y peligrosa todavía. En el momento en que una inverosímil mantis gigantesca con una longitud de diez metros, saltó desde el techo del polideportivo donde estaba agazapada sin que la hubiera visto nadie. Dispuesta a adueñarse de la escena, la situación y el control del lugar en un segundo… El profesor Ronchamp trató de conciliar deprisa aquella aparición inverosímil —y el fenómeno previo—con su racional mentalidad científica. Pensó por un instante en alguna extraordinaria mutación fruto del reciente cataclismo. Pero le pareció ilógico... Aunque tampoco tuvo tiempo de meditar mucho: del abdomen de la mantis saltaron otras seis idénticas, cuando ésta levantó un poco las alas que las resguardaban allí. Más pequeñas todas que la principal, pero muchísimo más grandes que cualquier insecto conocido de esa especie. Luego, la mantis mayor alzó su abdomen e inclinó inquisitivamente su cabeza, rodeada por las otras que la imitaron en el gesto. Observando todas ellas de esa guisa, con aséptica curiosidad, a los asombrados y atemorizados supervivientes… 

Con la impresión, uno de éstos había tomado del suelo, por instinto, el rifle de uno de los guerrilleros reducidos a un charco, para defenderse de los insectos gigantescos con él. Pero antes de que tuviese tiempo de apuntar el arma, una de las mantis pequeñas giró su cabeza hacia él y entornó los ojos. Y entonces sus manos se encogieron desde sus muñecas, convertidas en las muy estilizadas de un mapache de largas pezuñas. Similares a las humanas al fin, pero débiles e inútiles para usar una pesada arma de fuego. Así que el rifle volvió al suelo por su propio peso. Y el espontáneo dio un aterrorizado paso atrás, emitiendo un alarido de pánico. Y se quedó mirando con incredulidad y angustia el grotesco aspecto de sus nuevas manos canijas, alargadas y peludas. Seis veces más pequeñas éstas que las suyas propias, que se habían metamorfoseado así para su mal en sólo un literal pestañeo… Eso acabó de impactar a los presentes. Que se quedaron inmóviles y silenciosos todos, sin saber qué hacer.

 Finalmente, la descomunal mantis mayor —que ocupaba el centro, y tenía una alzada de casi cuatro metros—, disminuyó rápido de escala hasta alcanzar la estatura de un humano adulto, muchísimo mayor que el verdadero insecto, en cualquier caso… Y las seis que la rodeaban aumentaron su volumen, en cambio, hasta lograr ese mismo estándar humano también, equiparándose con ella. Cuando ya las siete parecieron iguales en tamaño y estatura, la del centro abrió la visera de una escafandra en la cabeza de la mantis, que resultó ser un sofisticado exoesqueleto. Y dejó ver tras la visera el rostro de un ser antropomorfo, similar a cualquiera de los humanos presentes allí… Era un hombre dotado de una flemática autoridad, que se limitó a hacerles una única advertencia ante la que no osó rechistar nadie:

—Mantengan la calma. O serán todos regresados —dijo. Ese “regresados” sonó como una palabra un tanto sui géneris. Aunque todo el mundo allí la entendió bien… 

  Así que guardaron el orden, pero muy confusos todos y nerviosos a la expectativa. Conteniendo el aliento sin saber qué iba a pasarles. Aunque el líder de las mantis bajó la visera de nuevo, sin más intervención allí ni ceremonia alguna. Y decidió desaparecer, sin más, en su coraza cibernética de insecto con seis apéndices, que manejaba con soltura. Seguido por los suyos igual de ágiles que él. El último del grupo, miró atrás un segundo antes de desaparecer de un salto tras el resto. Y desde que lo hizo, el de las zarpas de mapache fue recuperando sus manos humanas progresivamente en las siguientes horas. Aunque mantuvo el denso vello en ellas, que pareció haber quedado allí como un perenne recordatorio de su impulso irreflexivo.

 Apenas se esfumó la insólita avanzadilla de insectos mecánicos, el profesor Ronchamp, curioso por naturaleza, fue el primero en notar que había un inmenso objeto sobre todos ellos. Ninguno lo había visto ni escuchado acercarse. Lo cual sí era sorprendente, pues resultaba notable por sus ciclópeas dimensiones que quintuplicaban las del polideportivo en ruinas que era su refugio en la catástrofe. Aunque, en descargo de los supervivientes, se trataba de un disco plano transparente y vacío en apariencia, que no aparentaba más grosor que el de una rueda de bicicleta, pese a que su diámetro era gigantesco. Era visible ahora gracias a la turbia penumbra tóxica que se reflejaba en él. Pero tampoco hubiesen podido notar ellos su descomunal presencia, aunque hubiesen mirado arriba cuando absorbieron su atención las mantis. Pues no emitía ruido audible alguno al desplazarse, por un lado. Y además, aun siendo cristalino, no reflejaba ni el más mínimo rayo de luz. Salvo cuando estaba a punto de cambiar de forma. Como lo hizo ahora, en el momento en que el arquitecto creyó oír el eco de un chasquido seco, y miró arriba descubriendo la transparente presencia ciclópea de aquella mole sobre sus cabezas... 



Entonces, el hueco disco de cristal extendió hacia abajo un enorme apéndice cilíndrico, en forma perpendicular al suelo. Como un larguísimo y grueso tentáculo tubular de fino cristal, que terminó tocando tierra muy cerca del grupo. Pulverizando con su peso, pese a su apariencia exterior frágil, cualquier resto de escombro en el que descansó su amplia base plana finalmente… Lo aplastó todo en un segundo sin miramiento alguno, como la pata de un elefante pisando un simple cacahuete al posarse. Y cuando se despejó la pequeña nube de polvo que se produjo entonces, se abrió una puerta corredera en el cilindro. Dejando vislumbrar un interior con apariencia acogedora y salubre, como dispuesto para ellos… Muchísimo mejor que la ruina tóxica en la que todos vivían un calvario, desde luego. Así que los más aventurados se acercaron tímidamente a la puerta. Y enseguida animaron a hacerlo a los demás. Luego, fueron entrando todos dentro, despacio y progresivamente, con absorta cautela. Como simios saliendo de una jaula sin ventanas para asomarse poco a poco, con inesperado alivio, a un amplio terrario vallado para ellos. Uno de esos con estanque artificial, árboles pequeños a los que trepar y neumáticos sirviendo de columpios, para su controlado esparcimiento bajo la vigilancia de los cuidadores humanos del zoológico…

 En el concreto y amplio espacio interno del cilindro, los simios a vigilar eran humanos, en cambio. Y los humanos seguían siendo un poco simios, cuando accedieron a él a tientas con precavida inocencia, mirándose y palmeándose con apagada euforia unos a otros. El aire allí era limpio y respirable, al contrario que fuera de él. Lo cubría una cúpula que fingía un despejado cielo azul con algunas desperdigadas nubes. El cual parecía más un microclima real que un holograma, aunque tenía un poco de ambas cosas…  Cabían allí holgadamente todos y cada uno de los cerca de doscientos supervivientes. No había allí neumáticos ni árboles —aunque sí bastantes plantas y flores—, pero sí se podía ver un impoluto estanque rodeado de guijarros. Y numerosas fuentes de agua limpia, duchas y retretes suficientes para todos, además de cómodas prendas de vestir en roperos. Estaba bien organizado por secciones, y repleto de sillones, mesas, estantes y camillas automatizadas para los enfermos. Había profusión de bebidas y alimentos, y material médico avanzado y abundante. Por alguna razón, no se impuso el delirio ni el desorden en aquel paraíso repentino. Quizá estaban demasiado agotados y enfermos. Y además recordaban la amenaza… Así que se organizaron bien ellos mismos para hacer un uso sensato de aquel oasis caído literalmente del cielo.

 El matrimonio Ronchamp se acomodó casi al final en aquel terrario para humanos. Primero, ella se encargó de dirigir con pericia la evacuación de los heridos desde el polideportivo hasta el nuevo refugio. Usando para ello, como ayuda, el excelente material y las camillas motorizadas que encontraron dentro del cilindro. Y cuando concluyó la evacuación en la que el profesor colaboró también, él se empeñó en quedarse fuera un rato más, pese al aire turbio al que ya casi se habían acostumbrado sus ojos... Estudiando, fascinado, la hermosamente simple arquitectura del inmenso disco de cristal transparente y su cilindro, y haciendo hipotéticos cálculos mentales sobre su naturaleza y estructura. Hasta que su esposa se hartó y le forzó a pasar dentro de una vez, no fuera que cerrasen la amplia puerta por sorpresa y le dejasen a él solo en la insalubre intemperie. Al final, él cedió a regañadientes. Y tras él, accedió al oasis la última persona: una triste mujer que había perdido a su hija pequeña aquella misma noche en el polideportivo, a causa del agravamiento de sus heridas. Caminaba cabizbaja ahora, como una estatua sin vida. Se había empeñado en terminar de hacerle a su hija una tumba con escombros, por eso fue la última en cruzar el umbral cuando sumó fuerzas para separarse del precario enterramiento. Aunque, en realidad, alguien más estaba a punto de acompañarla dentro…

 Cuando la desolada mujer, ya en la puerta del oasis, miró atrás hacia el edificio semiderruido pensando en su pequeña con desgarro, el guardián del mito apareció trastabillando y lleno de magulladuras, exhausto y muerto de hambre y sed. Se había perdido por el camino durante el duro seguimiento de los ladrones de agua. Estaba al límite de sus fuerzas, y no sabía ni cómo había llegado hasta allí… La mujer que arrastraba los pies hasta ese instante como fantasma en pena, recobró el espíritu en un segundo para acudir deprisa a socorrer al guardián. El cual se desmayó, exangüe, entre sus brazos…

  La niña de diez años, poco mayor que su hija muerta, temblaba de desnutrición y fiebre. Y estando ya dentro del oasis el guardián con su rescatadora, la doctora le prestó a éste los primeros auxilios. Le hidrató, alimentó y suministró la medicación necesaria en el instante, gracias al botiquín amplio disponible. Luego dejó a la niña, agotada y febril, al cuidado de la mujer adulta. Que prometió —y se prometió a sí misma— cuidar de ella como de su propia hija perdida, en adelante.  Así que la doctora siguió atendiendo al resto de pacientes del oasis, sin descanso… Pues, tras dirigir la evacuación, la esposa del profesor Ronchamp había tomado allí dentro el mando de los cuidados médicos. De los que ya se había ocupado, de hecho, desde el principio, en el refugio del polideportivo. Y ello al límite del esfuerzo razonable dado su avanzado embarazo, que supeditó a la situación excepcional sin meditarlo demasiado… Su esposo vigilaba justamente para que ella descansase lo mínimo, al menos. Aunque —aparte del propio arquitecto, que de medicina sabía más bien poco—, la ayudaban en su duro trabajo otro doctor y un par de enfermeros que había entre los supervivientes, además de algún que otro voluntario con conocimientos básicos de socorrismo. En pocas horas, se adaptaron todos al nuevo y mucho más habitable ambiente. Y los heridos mejoraron relativamente en tiempo récord.

 Todo en el oasis del cilindro parecía hecho para el bienestar y la ergonomía humanos. Cómodo y de fácil uso pero aséptico, como si fuera una vulgar fotocopia hecha con una impresora tridimensional. De hecho, el profesor Ronchamp notó enseguida que todo allí dentro olía igual, incluso la comida. Y parecía fabricado con el mismo material sintético, denso pero flexible. De apariencia similar al aluminio. Pero más ligero aún que este, con la naturaleza de un raro mineral orgánico... Y, desde que accedió él mismo al cilindro de mala gana empujado por su esposa, caminando en su interior con su bastón de elaboración propia, al profesor le pareció estar dentro de uno de esos libros que se despliegan mostrando tridimensionales figuras de cartón al abrirlos…

 Aunque todo funcionaba bien allí, y no faltaba nada básico. Además, los alimentos eran digeribles y saciaban bien. Las medicinas y el material médico eran de una eficiencia muy superior a lo conocido en el planeta. De hecho, con ese recurso, su esposa terminó de curarle a Ronchamp la rodilla rota en condiciones. No había daño en el tendón, así que fue suficiente con una férula mecánica. Las que ella conocía, necesitaban estar puestas de cuatro a seis semanas. Pero con la que encontró en el botiquín del oasis, su esposo pudo caminar bien sin el bastón en unas horas.  

 Y cuando fuera del cilindro empezaba ya a ponerse el desvaído sol dejando lugar a la fosforescencia plúmbea ubicua, se abrió una puerta oculta dentro del cilindro, y apareció en ella el líder de las mantis. Pero lo hizo sin su espigado y enorme esqueleto robótico esta vez. Aunque llevaba la cabeza del insecto como un casco bajo el brazo… Ahora caminaba con normalidad sobre sus dos pies antropomorfos, y vestía un mono militar de color gris similar al de un piloto de caza. Le escoltaban sus seis subordinados de similar guisa, que formaron marcialmente al entrar él en el terrario humano, haciéndole un pasillo. Entonces, él se dirigió a todos los presentes con serena firmeza:  

 —No volverá a llover aquí —informó, en tono severo—. No en esta era, hasta que vuelva a condensarse en la atmósfera toda el agua evaporada. Son ustedes huéspedes temporales de una misión militar de prospección biológica —continuó—. Recibimos la señal de una baliza enterrada a gran profundidad a sólo dos kilómetros de aquí, indicando el colapso del ecosistema del planeta. La baliza fue instalada hace apenas unos cuantos eones, es decir: varios miles de millones de años, de acuerdo a su dilatado tiempo humano. Y vinimos a recuperarla ahora tras recibir la alarma. Mejor dicho: a recabar la información almacenada en ella durante el citado periodo. La cual ya está en nuestros registros y es lo que de veras nos importa... De paso, hemos rescatado para su estudio, eso sí, algunas formas de vida primitivas pero no parasitarias ni contaminantes, que ya están a salvo arriba, en el transporte —dijo, refiriéndose al disco de cristal gigante sobre ellos—. Y que han tenido la suerte de sobrevivir gracias a la burbuja de energía que protege la información de la baliza, y no otra cosa. Dentro de la que han quedado por azar ustedes igualmente, y por eso aún siguen vivos también… Repito: rescatamos formas de vida primitivas —subrayó, tajantemente— pero no parasitarias ni contaminantes. De modo que aprovechen el resto de esta jornada y la siguiente, para restablecerse en lo posible aquí debajo. Queda poco tiempo, el lugar es inestable. Aún tenemos que recoger algunas muestras y hacer ciertos estudios del terreno... Pero mañana al anochecer, cuando la estrella que rige este sistema decaiga en el horizonte, el consejo de biólogos decidirá si les dejamos morir aquí o no. Aunque vista la información recopilada, no esperen gran cosa... —Terminó así su discurso, y ninguno de los presentes supo qué decir. No hubo protesta ni resistencia alguna, pese a la gravedad del caso. Tan sólo se escuchó un profundo murmullo de incertidumbre y estupor generalizado, cuando el líder de las mantis dio por concluida su presencia allí tras informar someramente al grupo. Y enseguida le vieron encarar la salida en dirección al pasillo hecho por su muda escolta en la puerta, sin esperar respuesta alguna de la impactada concurrencia.   

 Pero, antes de que él desapareciese por el mismo hueco por el que se introdujo en el hábitat artificial humano, el profesor Ronchamp reunió fuerzas y llamó su atención con humildad pero con entereza, cuando el severo oficial pasó cerca de él en su rápida salida:

—Sé lo que han visto… Lo sé —dijo el profesor—. Pero no todo es malo, créame… Al menos, podrían sacar de aquí a los niños—El profesor tragó saliva con el atrevimiento, pero sostuvo la mirada al científico militar. Y éste se detuvo frente a él por un momento. Devolviéndole un inexpresivo rictus frío al escucharle, por toda respuesta. Y en un irracional impulso, Ronchamp extrajo entonces algo del bolsillo como refuerzo a lo dicho. Y se lo entregó irreflexivamente al militar biólogo, que le miraba como quien mira a una mariposa atravesada por un alfiler. Dándole a entender sin palabras con esa mirada, que, incluso muerta ésta, él seguiría prefiriendo a la mariposa antes que a él o a cualquiera de su corrupta especie, niños incluidos: «Lea esto. Por favor»— Dijo Ronchamp, con dócil énfasis. Y le alcanzó, sin saber él mismo muy bien por qué lo hacía, la ridícula novelilla romántica que encontró en las ruinas… 

 No le quedaba ya más posesión que su bastón y su navaja, que no expresaban gran cosa. Y sabía que con aquel hierático oficial no servirían las palabras… Por eso, razonó al vuelo que la novela, aunque mediocre, no dejaba de mostrar, muy diluido en ella, un atisbo al menos de la mejor esencia humana (como también de la peor), al igual que cualquier otra historia escrita. Y en todo caso, no tenía otro documento que aportarle a aquel impávido sujeto, bueno o malo. Así que tuvo la ocurrencia de ofrecérsela… Y quien hacía tambalear su relativa entereza y su oscilante dignidad humana con una inaccesible mirada indiferente, aceptó el librito sin comentar nada, tras echarle apenas un mecánico vistazo a la portada. Y se esfumó con ese objeto y con su escolta sin más preámbulos ni gestos, a través del hueco en el muro que se volvió a cerrar tras ellos. 

 Cuando quedaron a solas los supervivientes, cundió el desánimo en el grupo del oasis sintético. La mayoría se mostró pasivamente derrotista. Pero hubo algún asomo de rebeldía más bien retórico. E incluso alguna inconsistente insinuación de un motín hecha en un susurro, basada ésta en la posibilidad de recuperar las armas de los ladrones de agua que habían quedado fuera. Y amotinarse con ellas, aunque les convirtieran en gusanos a todos y les pisotearan luego con sus botas. Y ello con tal de no sucumbir pasivamente sin oponer resistencia, arrastrándose de veras… 

 Pero todos allí sabían bien que no tenían ni las fuerzas ni el poder para hacer nada de eso. Si aquellos seres decidían dejarles morir allí, ese sería su seguro destino. El hombre de las manos de mapache había recuperado ya su morfología humana completa a esas alturas. Y se limitó a acariciarse muy nervioso el denso vello que le quedó como remanente perpetuo. Cerca de él, un sujeto cuarentón enajenado de pupilas ciegas, fingía escribir con la yema limpia del dedo en una mesa, ajeno a todos los demás y al mundo. Pensado, quizás, en la ironía de no poder vivir el drama con sus ojos, ahora que estaba escrito fuera de su piel… 

 Muchos cuchicheaban en grupo, rememorando la tragedia. O se aislaban en un rincón, para hablar solos entre dientes. Algunos rezaban a sus respectivos dioses. Otros lloraban, más por desahogar, por fin, en el seguro oasis, el trauma vivido en esos febriles cuatro días desde el cataclismo, que por la inminencia de su oscuro futuro... Y otros, más sensatos, evitaban torturarse inútilmente con sus pensamientos. Así que se enfrascaban en tareas productivas. Como cuidar de los heridos, repartir y limpiar bandejas de comida o distraer con juegos a los niños para que no asimilasen toda la dimensión del drama que sí que intuían bien...       

 De pronto, se sentían todos como refugiados sin hogar en una guerra, sin un puerto de mar que quisiera acogerles. En un barco de lujo a la deriva sin destino conocido, que ni siquiera había zarpado todavía. Esa noche, en la cúpula sobre el oasis del cilindro, se puso el sol también. Ellos se acomodaron, desperdigados, en sacos de dormir. Entonces, el microclima les mostró un falso cielo plagado de estrellas, que no habían vuelto a ver desde hacía días, a causa de la densa neblina de color plomizo que quedaba fuera ahora. Aunque la mayoría no habían mirado casi nunca las estrellas durante su vida, cuando aún podían hacerlo... Y al ver ahora las artificiales de la cúpula del oasis, muchos pensaron también, con melancolía, en todo las demás cosas sencillas que habían dejado de hacer o disfrutar cuando estaban todavía a tiempo para eso, y ello pese a tenerlas al alcance de la vista o de la mano. 

 Pero ya era tarde… Pasaron todo el día siguiente en una tensa espera. El profesor Ronchamp aprovechó la jornada para seguir haciendo de maestro de escuela con los niños. Los cuales parecían haber encajado allí muy bien, al disfrutar de mejores medios y, sobre todo, sentirse más seguros. Había algunos críos polifracturados o intoxicados por los diversos efectos de la hecatombe sufrida, que permanecían intubados en sus camillas mecánicas y no podían atender a las lecciones. Aunque también ellos habían mejorado perceptiblemente en el nuevo entorno más salubre… El guardián del mito seguía débil y con fiebre, por su parte. La niña parecía ausente en brazos de su madre adoptiva, como evadida por todo el trauma vivido y sin decir palabra. Así que ella tampoco se unió a los demás chiquillos como alumna del arquitecto francés, aunque estaba relativamente sana en lo físico.

 Cuando la diluida mancha sepia del sol exterior empezó a descender en la turbia atmósfera, el consejo de biólogos se reunió según le había sido comunicado a los supervivientes del cilindro la víspera. Los cuales habían disfrutado de un sol interior nítido y un azulado cielo puro en la cúpula durante todo el día. Quizá por vez última también, igual que las estrellas de la pasada noche… Lo mismo que el desdibujado externo auténtico, el nítido sol falso del oasis no cegaba, y eso era lo más duro. Pues les hizo comprender que ya ni siquiera el dolor podría salvarles o hacerles sentir vivos de verdad en ningún sitio. Cuando su mundo original estaba roto. Y lo habían perdido ya todo con él, incluidos sus seres más queridos. Convertidos, así, en flotantes fantasmas sin un suelo firme sobre el que posarse, aunque estuviesen a ras de tierra ahora.

 Y en la decisiva reunión en el vehículo suspendido en el aire, fue sopesada toda la información de la baliza. En forma de un holograma táctil similar a un cubo de Rubik cilíndrico, que se fueron pasando los asistentes uno a otro, metódicamente, sentados todos en torno a una enorme mesa circular. Cuyo holograma no sólo incluía datos biológicos, por cierto. Sino toda clase de documentación histórica sobre el planeta, antes y después de ser poblado éste por el ser humano como especie dominante… Les llevó apenas media hora repasar de nuevo, entre todos, la completa información de millones de años que habían recabado el día previo. Incluidos los extractos de todas las comunicaciones verbales, esculpidas, acuñadas, impresas y telemáticas habidas en la superficie terrestre desde que el homo sapiens empezó a emitir gruñidos y modificar el clima y el paisaje, multiplicando exponencialmente con ello la entropía del planeta… Lo decodificaron y leyeron todo en un pestañeo. Con la rápida soltura con la que un funcionario cualquiera comprobaría al vuelo el texto contenido en una sencilla hoja carta antes de ponerle un rutinario sello. Aunque la rúbrica se la dejaron al impertérrito líder de las mantis, esa vez. Dado que el resto no llegaban a un acuerdo claro sobre lo que hacer con los refugiados del cilindro, aunque la opinión generalizada acerca de ellos era muy poco halagüeña… Pero él poseía el voto de calidad en esos casos, así que le pidieron que decantase el tema él.   

 Tampoco era quien tenía más autoridad allí. Pues sólo comandaba las exploraciones a pie de terreno, aunque no ostentaba el mando máximo. Pero sí que le dejaban decidir cualquier asunto acerca de las formas de vida halladas a la intemperie en las exploraciones, cuando no había consenso a ese respecto tal como sucedió ahora. Él se quedó pensativo, meditando el veredicto. Sobre la mesa, descansaba la novelilla cursi frente a él, con su melodramático título en la relamida cubierta a colorines: “¡No sé cómo amarle!”. La había guardado la víspera, cuando la recibió del arquitecto. Y no la había hojeado hasta ahora, en la reunión. Pero eso lo hizo durante sólo unos segundos, sin recibir ninguna inspiración de sus páginas... Por fin, se pronunció de forma aséptica y serena, como era propio en él. Haciendo una gélida semblanza sobre el género humano que, de haber sido escuchada por los supervivientes del cilindro, habría pisoteado su pundonor sin duda. Pero, sobre todo, habría terminado por arrancar de ellos cualquier asomo de esperanza sobre su futuro:    

    «Son egoístas y autodestructivos —dijo—. Inconstantes y frágiles. Ni el mejor de ellos está limpio, y juntando todos no se podría hacer uno bueno. Como individuos, desprecian a la comunidad. Como comunidad, marginan a los individuos. Queman un bosque entero, pero plantan sólo un árbol. Ensucian hasta el aire que respiran y que no merecen. En cuanto a su carácter —prosiguió, inmisericorde— no conocen el honor ni la fidelidad. Y de todo hacen un drama, hasta de sus propias culpas. Les ciega el orgullo, pero se compadecen de sí mismos todo el tiempo. Se inventan ídolos para no admitir que ellos mismos quieren serlo, aunque jamás podrían, pues tienen los pies hechos de barro. Hablan sin escuchar y actúan sin pensar. Y sin embargo, lo piensan demasiado todo… Les puede el pánico si deben saltar una grieta, pero se aventuran luego temerariamente en un abismo. Juzgan sin saber, pero odian ser juzgados —continuó severamente él—. Se rebelan tarde, y, cuando no, lo hacen sin motivo. La mayoría aman al individuo más que a la verdad, y desprecian ésta. Y los pocos que aman la verdad, la sacralizan, y terminan por odiar al individuo injustamente a causa de ella. Descuidan su cuerpo, y malgastan su mente saturándola con supersticiones y prejuicios —prosiguió—. Escuchan todo con su limitada razón, y por eso luego hablan y actúan con un sentimiento desbocado. En vez de escuchar con el sentimiento primero, para poder hablar y actuar con serena sensatez después... Viven en una perpetua adolescencia —sentenció—. No saben lo que quieren, y, a la vez, lo quieren todo. Se sienten solos en el universo. Pero ignoran que, abrazándose a sí mismos, nunca lo estarían. Gritan su impotencia a las estrellas. Gritan su vacío, y el vacío nunca les responde… Pero ignoran que, escuchándose a sí mismos bien, en vez de oír el ruido externo en su cabeza, lo entenderían todo en un instante y descifrarían el misterio de la vida ».

 »No existe una razón para absolverles, ni una sola —concluyó, tajante—. Aunque, en su descargo, no todo estriba en la razón, como ellos tienden a creer. Y, en realidad, ni siquiera saben cómo hacer eso siquiera, tiene gracia —dijo con sarcasmo, mirando la cubierta de la novela fugazmente—. Pero sí son capaces de amar… esa es la verdad»

—¿Y su conclusión, entonces? —Quien sí era la máxima autoridad allí, le pidió un veredicto claro, desde el otro extremo de la mesa.

—Serán de ayuda en las minas, si no se rompen la cabeza —Esa fue la irónica respuesta, seguida de un murmullo escéptico generalizado.

—Bien. Confío en usted, espero que no se equivoque —Sentenció el jefe del consejo, sin pensarlo mucho él mismo. Y se dirigió a un subordinado allí presente —: «Dé la orden de subirlos a bordo. Y larguémonos todos de aquí, no sé por qué nos desviamos... Éste es el último planeta ya en esta misión —Sentenció, con gesto de hartazgo—. Doy la exploración por concluida, no queda más que hacer. Estoy cansado y me agobia esta cloaca. Vámonos ya a casa» —Fue su dictamen. El otro transmitió la orden. Y el jefe dio por concluida la reunión sin más, y abandonó la sala seguido por el resto. 

 Suave aunque perceptiblemente, y justo al mismo tiempo que el difuso sol externo se ocultaba del todo en la penumbra nocturna, el tentáculo cilíndrico que se había posado en tierra firme con el oasis en su base, fue replegándose con éste, y ascendiendo hasta comprimirse por completo en el inmenso aunque delgado disco de cristal suspendido en el aire. El cual brilló  por unos minutos en la fosforescencia tóxica nocturna, con ese movimiento. Igual que un gigantesco medallón de plata o una luna llena horizontal, hasta volverse invisible de nuevo cuando el repliegue estuvo hecho.

 Todos en el terrario humano notaron el sutil elevamiento. Y suspiraron con emoción y alivio cuando se descorrió un muro entero del cilindro finalmente, una vez ya arriba. Dejando ver un nuevo espacio holgado aunque no tan amplio, repleto de cómodas literas ordenadas en filas. Eso terminó de confirmar a los supervivientes que habían decidido acogerles pese a todo. Y que, fuera a donde fuese, les llevarían a cualquier otro lugar lejos de aquel infierno irrespirable en ruinas, en el cual estaban abocados a perecer en poco tiempo.  

 Se asomaron al oasis dos guardianes, encargados de vigilar al grupo en el viaje. Uno les confirmó someramente que iban a ser trasladados a un lugar seguro fuera del planeta, pero sin darles más información. Y el otro entregó a Ronchamp de vuelta la novela romántica, cumpliendo órdenes. Éste la aceptó. Y se quedó luego pensativo, cuando ya los guardianes se habían ido. Haciendo cálculos sobre la imposible estructura arquitectónica de aquella especie de transatlántico aéreo. Que podía contener en sí todo aquel volumen macroscópico, incluyéndoles a ellos. Y eso pese a tener un grosor externo aparente no mucho mayor que el de la novela en su mano, tal como había observado cuando pudo verlo desde fuera. Volvió a pensar en un libro de figuras desplegables, entonces. Y también en el extensible fuelle de un bandoneón, aunque redondo… Pero enseguida abandonó esas cábalas, y se ocupó en ayudar a su esposa a preparar bien a los heridos para el inminente viaje. Y a suministrar a todos los supervivientes un somnífero de manera discreta, para que mantuvieran la calma durante el éxodo previsiblemente traumático. 

                                                                             *   *   *

 Entre tanto, en el puesto de guardia, el vigilante que le había entregado de vuelta la novela al profesor, terminaba de darle una zanahoria sintética a un sano conejo rescatado en una jaula.  Cuando sorprendió al otro con un objeto extraño: 

—Parece que nos tocará hacer de niñeras todo el trayecto —murmuraba con disgusto. Mirando en una pantalla a los humanos con desdén, tras haber alimentado con mimo al conejo—. Espero que no nos contaminen… ¿Qué tienes en la boca?

 —Cultura humana, es divertido —Le aclaró su compañero—; se aspira el humo así, mira —Le hizo una demostración—; hace que uno parezca interesante, ¿no crees? —Le enseñó la imagen de Humphrey Bogart cuya pose intentaba imitar, muy elegante y seductor éste fumando un cigarrillo en gabardina en la instantánea en blanco y negro. 

—¿De dónde lo sacaste? —le interrogó el otro, intrigado.

—La imagen, de la baliza. Y el cilindro lo fabriqué con hojas de una planta que sinteticé con la impresora, quedó idéntica. Me pareció curioso, hice muchos iguales. Y copié el paquete para guardarlos también, fue fácil —Se lo mostró—. Y los palitos para encenderlos, son graciosos. Mira, hice más hojas para probar —Le enseñó un muestrario con la de tabaco y otras cuantas, entre ellas una de cannabis.

—Sabes que la máquina no está para caprichos, hombre. Como te pillen... —Le reconvino el otro. 

—No seas amargado, ¿quién se va a enterar? Además, queda mucho viaje… ¿quieres probar uno? —Tentó al otro vigilante, ofreciéndole un cigarrillo del paquete. 

—Hum… ¿no será tóxico? —El otro estaba a punto de caer, pero dudó un momento.

—Nah, no creo —Le tranquilizó su compañero, en la inopia. Así que él aceptó el cigarro, al fin. El cual su compañero prendió en su boca usando una cerilla, cuyo chispeante fogonazo causó gracia a los dos. 

                                                                              *   *   *

Cuando brilló una ficticia luna llena en la cúpula del terrario humano, el vehículo espacial ya se había puesto en suave marcha en su partida. Todos notaron que se estaban elevando y desplazando lejos. Pero ni siquiera Ronchamp pudo intuir, estando dentro del vehículo, que el inmenso disco de cristal adelgazó todavía más su minúsculo grosor antes de ponerse en movimiento. Y luego estrechó también su diámetro aparente hasta el inverosímil tamaño de un frisbee, con todos ellos dentro… Su aspecto de cristal indetectable, pasó entonces a ser el de un pulido disco de titanio, al transformarse así para iniciar la ascensión. Y cuando se comprimió de esa manera hasta el diámetro y volumen de un vulgar plato de playa antes de elevarse, el pequeño disco quedó flotando justo sobre la pelota de gimnasia convertida en artesanal globo terráqueo por el profesor, que la había dejado allí olvidada a la intemperie. Y empezó un ascenso vertiginoso sobre aquel planeta Tierra en miniatura. Hasta que atravesó luego la exosfera del auténtico, y volvió él a ser gigantesco e invisible de nuevo.

 Aunque los del terrario humano no la podían ver, la pequeñísima burbuja remanente de atmósfera enferma del planeta en torno a la baliza, parecía desde arriba un agujero de ozono invertido. Como un único girón de cielo nublado aún respirable, que quedó definitivamente atrás.

 Los supervivientes habían ocupado sus literas para dormir en pleno viaje. Los que todavía estaban graves, permanecieron en sus camillas automatizadas. Y la doctora embarazada aceptó descansar unas horas, dejando de guardia al otro médico. Así que ocupó su litera propia junto a la del profesor de arquitectura. Y le pidió a éste el novelón de papel como ayuda para conciliar el sueño, justo cuando el vehículo espacial abandonaba la destruida atmósfera del todo.

—Parece mentira que esto sea el último resto de cultura humana —Le dijo a su esposo con melancólica ironía, refiriéndose a la vulgar novela de kiosco que hojeaba entre sus manos.

—Bueno… ellos tienen un registro, dicen —aludió a la baliza—. Y a nosotros nos quedan nuestros recuerdos. Esos siempre viajan con uno, ¿no? —Replicó él sentado en su litera propia, igual de triste. Ella sonrió con el doble sentido poético, asintiendo.

—¿Quién sería esta Laura Patterson, autora de dramones? —Se fijó ella entonces en el nombre en la cubierta, cuando cerró el libro para intentar dormir un poco.

—No lo sé —replicó Ronchamp—. Pero seguro que no se esperaba este final… 

 La ironía volvió a hacer sonreír a la doctora, cuando la vocecita nítida aunque frágil de una niña llamó la atención de ambos por sorpresa.

—Yo sé quién era Laura Patterson —dijo el guardián del mito, que había despertado a medias de su fiebre en una litera cerca de ellos, mientras su madre dormitaba—: yo la vi. Ella fue como una cerilla que se aparta para evitar que ardan todas las demás de la hilera —continuó—. Ella usó su hacha de amazona para cortar los dedos muertos de los árboles, y que los animales y los habitantes del bosque pudieran huir de aquel infierno ardiente —habló despacio, con emoción solemne—. Y después engañó con astucia a los monstruos del bosque con hocico de jabalí, para que no matasen a todos los supervivientes robándoles el agua… Gracias a su valentía —prosiguió— los saltamontes alados tuvieron tiempo suficiente para llegar desde el cielo y rescatar a todos... Yo vi cómo los monstruos del bosque la asesinaban, en venganza. Sí: yo les vi matar a Laura Patterson —concluyó. Y apretó el colgante de amazona con la “p” mayúscula en su cuello, con las pocas fuerzas que tenía en su manita…

 Su nueva madre despertó al final, al oírla hablar. Y la arropó mejor, pidiéndole con suavidad que descansara. El profesor Ronchamp y su esposa escucharon con implicación el sentido discurso de la niña, entre delirante y verídico éste. Sin entenderlo demasiado, a fin de cuentas. Aunque intuyeron, con acierto, que había mucho de verdad en él… Se quedaron los dos meditabundos un momento, pensando en el drama vivido y el incierto éxodo. Sus literas estaban al final de una larga fila. Cerca de una pared en la que él fijó los  ojos, de repente. Había un gran estante repleto de toallas pegado al muro del fondo. Y él se levantó de su colchón y se dirigió despacio allí, intrigado.

 —¿Qué haces? —Ella se extrañó.

—Se intuye algo en la pared… parece una escotilla, detrás del mueble.

—¿Es que siempre tienes que curiosearlo todo? —Ella le regañó en voz baja, para no molestar a los demás. La mayoría de los cuales ya dormían, por efecto del sedante.

—Ya me conoces… —Dijo él, también en un susurro. Y se decidió a arrastrar la estantería.

—Ten cuidado, vas a hacer ruido —Le advirtió la doctora, pensando también en los guardianes. 

—Nah… no pesa nada. Aquí es todo como de cartón —La tranquilizó él. Y, de hecho, desplazó el voluminoso mueble con suavidad, sin esfuerzo alguno. Ciertamente, había una escotilla detrás. Ronchamp se asomó a ella. Y miró al exterior de la nave a través del cristal, completamente absorto…

 Desde niño había ansiado verla así, desde fuera. Había soñado siempre con disfrutar el espectáculo vivo de su natural arquitectura esférica rugosa, con la privilegiada visión de un astronauta… Recordó de nuevo esa fantasía de su infancia tan sólo un día antes. Cuando, para instruir con ella a los pequeños, grabó los continentes en la pelota de gimnasia del polideportivo que se dejó olvidada en tierra. Y ahora vio cumplido ese viejo sueño al fin, sin pretenderlo. Aunque jamás había imaginado hacerlo de esa forma. Ni mucho menos ver aquello exactamente tal como se presentó a sus ojos… 

—¿Qué miras? ¿Se ve algo? —La doctora se contagió de la curiosidad de él por un instante, despertándole de su ensimismamiento.

—No… nada. No se ve nada, sólo oscuridad —Mintió  él—; duerme ya, será un duro viaje —Dio la espalda a la escotilla y se acercó a ella para arroparla bien. La besó en la frente, con un nudo en la garganta… Y ella cerró los ojos, confiada. Y descansó por fin después de tantos días, con una plácida sonrisa y la mano en su vientre. 

 Cuando ella quedó en paz, el profesor Ronchamp regresó discretamente a la escotilla en el muro. Y miró a través de ella de nuevo, pero con el profundo deseo de estar ciego... 

 Lo que pudieron ver sus ojos, sí era un verdadero drama.








© Bonifacio Álvarez Gutiérrez.