domingo, 5 de marzo de 2017

La compasión por la criada.





Una guillotina de papel...


Decía Cervantes en su hermoso Quijote (digo el suyo, porque hay otro), que «No es un hombre más que otro si no hace más que otro». Frase que el propio rey de España usó adecuadamente en un discurso no hace tanto. A riesgo de ser lapidado por los seguidores del escitor inmortal  (o decapitado por su majestad, para dejar yo de ser inmortal en un segundo), corregiré la frase: «Ningún hombre o mujer es más que otro. Punto». Lo de “hacer más” fuera de cada obra o situación concreta, es inmedible para calificar como superior a una persona. Por legítimamente digna o capacitada que esta sea.

Hay un hábito cambiante a la hora de mirar por encima del hombro al prójimo. En épocas pretéritas, la actitud procedía del clasismo aristocrático (feudal) más descarnado. Y era totalmente desnuda y bien vista. A nadie le escandalizaba que se vejase a alguien más desfavorecido o de una escala social inferior. Que, por ejemplo, una duquesa humillase de manera pública a la criada que le rompía la sopera, mientras los demás asentían y estudiaban fríamente su “merecido” despido por ese simple hecho. Como mucho, podía defenderla alguien compasivo (“pobre, tiene muchos hijos que alimentar”). Pero jamás con empatía.

Luego, tras rodar (literalmente) algunas cabezas, nació cierta conciencia social (muy lentamente) y el abuso se fue disimulando y estratificando más. Así que, por debajo del escalafón de la aristocracia y la nobleza, se fue extendiendo (diluida) la antigua soberbia descarada metamorfoseada en sutil elitismo gregario. Cundió el falso orgullo de estar en un escalafón, no necesariamente más alto que la víctima del menosprecio, sino en uno diferente. Que se consideraba propio de “elegidos” o más digno que el resto, simplemente. Bajo el paraguas de algún grupo o gremio (religioso, laboral, intelectual) concreto, supuestamente puro y salvífico (pero con goteras...)

 Finalmente, los títulos nobiliarios que se le subían a la cabeza a alguien (siendo, irónicamente, heredados o a dedo), fueron sustituidos como generadores de abierta soberbia de nuevo, por los otros títulos universitarios de papel. Algo más lógicos estos en cuanto al orgullo propio por el mérito obtenido. Pero desde luego muy lejos de ser una justificación para ensalzar a alguien por encima de otra persona, humillándola.

Máxime cuando la posibilidad de acceso a estudios superiores era (y sigue siendo, aunque eso ha mejorado mucho) algo no al alcance de cualquier persona. Ya sea por economía (principalmente)  o por circunstancias de contexto personal (indirectamente económicas también, casi siempre).

  Y lo peor es que, el escenario referido, sucede también de forma interna, incluso. Lo que me retrotrae a una anécdota.

 Todavía hace algo más de veinte años (que no son nada como dice el tango, pero mucho menos en un proceso histórico) la cosa seguía siendo pintoresca. Recuerdo cuando empecé a estudiar filología. Y, dada mi dificultad para tener acceso a libros (yo no soy aristócrata, y en la biblioteca había pocos y desaparecían rápido), me interesé por un manual de lingüística perteneciente a alguien de un curso más avanzado que el mío. No esperaba ningún préstamo tampoco, sólo tuve curiosidad por el volumen. Pero el susodicho me espetó, sin despeinarse (lógico: en realidad iba repeinado el hombre), que aquel libro era “para iniciados” (sic). Sin permitirme ojearlo siquiera, y como si de un panfleto gnóstico o masónico se tratase. Con un aire de “tú no eres de mi burbuja, mosquito, y eso limita tu mente”. Reforzado también por el círculo intelectual relativamente elitista (aunque más bien provinciano) al que el sujeto empezaba a asomar la nariz, y en el que supo medrar bien luego.

Cuyo círculo le hacía ver el mundo desde un falso pedestal que ni siquiera era soberbia (ese no era su carácter), sino sólo una gélida seguridad distante en su barrera. Lo cual es mucho peor que la soberbia incluso, en cuanto a las dimensiones del asunto. Porque algo así implica un problema estructural, más que netamente sicológico (aunque algo de eso tiene). Y no es posible achacárselo a cada individuo, para suavizar algo la suma, educándole. Y tampoco le permite a uno defenderse bien personalmente en un contexto como el que he descrito ahora.

Siempre he admirado eso en la gente, la capacidad de adherirse a un grupo. Yo nunca supe encajar en ningún círculo. Tienden a ser pequeñas sectas que igualan por el medio en el mejor caso (incluso los mejores), y mi cerebro tiene alergia a los rodillos. Y si la cabeza visible de ellos (porque siempre hay alguna) es mediocre, con total seguridad impondrá la mediocridad a los demás, y eso sí es grave. Y no necesariamente porque el líder tema que alguien destaque por encima de su propia medianía y decida anularlo (como suele plantearse), aunque también puede ocurrir eso. Simplemente, el mundo intelectual y público de hoy es un embudo enraizado, el laboral incluido. Cuyo embudo está en manos de profesores más que de sabios (no siempre coinciden ambas cosas). De intermediarios más que de artistas. De editores más que de escritores. De publicistas más que de atletas (que también usan, y muy bien, el cerebro). Enquistadamente mediatizado, en suma.

Por eso estoy mejor como estoy ahora (subrayando el “cómo”, la forma), aunque sí me gustaría estar mejor. Hace tiempo escribí un aforismo:

«Quien busca una filosofía para todos, acaba encontrando una filosofía para él mismo. Quien busca una filosofía para él mismo, acaba encontrando una filosofía para todos. Por eso es mejor que el filósofo esté solo, en el sentido de evitar las sectas».

Lo tienen en este enlace, junto a otros:  


 Yo no soy filósofo, desde luego. Ni busco más verdad que hacerme oír de vez en cuando. Y si no tienes pedestal para eso, te vale más buscarte un buen megáfono. El problema es que esos (como el acceso a ciertas élites) también tienen forma de embudo, es curioso. Así que siempre corre uno el riesgo de callar más que lo que grita, si los usa. Es decir: de gritar mucho, simplemente.

 Y a veces sí hay que hacerlo, esa es la ironía. Para que vuelvan la cabeza al menos, cuando te han dado la espalda con indiferencia y siguen recto sin oírte. El problema es que, quien te menosprecia así primero, nunca va a escucharte de manera franca luego. Aunque se detenga contigo un minuto, por condescendencia. Para cumplir con la atávica “compasión por la criada”, una vez que se ha subido a una escalera. 

 Mucho menos "ilustre" dicha compasión que la idealizada fregona de Cervantes, por cierto, de la que se enamoraba un aristócrata en la historia. Aunque aquella sí resultaba ser de alto linaje a la postre (por supuesto) para que pudieran ser pareja ambos amantes en un final feliz, sin dañar el statu quo. 

Otra cosa habría sido imposible en la ficción de entonces. Y en la realidad de entonces y en la de hoy, más raro aún.  




© Bonifacio Álvarez




18 comentarios:

  1. Un círculo encierra,limita. También siento alergia por ellos.
    Sobre los pedestales y demás, sé esto: aquellos que se encaraman al pedestal y adoptan poses de estatua corren el riesgo, como estas, de convertirse en pasto de palomas y de niños. Además de que tiene que ser incomodísimo eso de hacer de estatua. ¿Y si les entra hipo? ¡Ah, me encantaría ver a las estatuas con ataques de hipo!
    Las personas a las que más he admirado (y admiro), las más sabias, las mejores en su campo, han sido (son)amables, próximas, de trato sencillo y cordial, generosas. No son estatuas. No son altaneras, ni vanidosas, ni despectivas. Son de carne y hueso. Sus abrazos son muy cálidos. Pienso en muchos nombres y sé que soy afortunada por poder pensar en muchos nombres.Mi gratitud, por ello, es inmensa.
    Prefiero pensar en estas personas y seguir intentando aprender de ellas que detenerme en quienes padecen el mal de piedra. ¡Excepto si tienen hipo! ;)

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  2. Gracias por comentar, Carmen. Me ha hecho gracia lo del hipo, me hiciste sonreir. Sí, tienes razón. Mejor detenerse en esos nombres. Siempre los hay, muchos o pocos.

    Más que la altanería (que, como escribí, tiende a disimularse hoy día) el problema está en la frialdad sistemática de quien teme perder su estatus. Eso que llaman "subirse la fama a la cabeza", que en realidad es más una coraza para no perder un gramo de lo que lograste ya sea limpiamente o no, por un miedo irracional a que eso ocurra.

    Y hay contextos de poder que lo fomentan también (los susodichos círculos). Aislando a sus mienbros (de forma más o menos sistemática) como en una secta.

    Lo sorprendende es que hay "sectas" sin líder claro, porque todos son el líder (o pretenden serlo) y terminan por volverse clónicos. Lo positivo es que eso, al final, las debilita.

    En todo caso, el mejor logro del mundo (como tú indicaste) es tener buenos amigos. Te felicito por ello, porque también es mérito de uno.

    Un abrazo.

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  3. Ya que citas a Cervantes, te diré que hubo un tiempo en que a servidor le daba por escribir en "cervantino". Véase con su licencia:

    Ruego a vuesa merced -si ello os pluguiera y estuviese de vuestra mano hacello- que me dijeseis cuál era el nombre de un como sudario de lienzo en el que las mujeres de Salamanca se envolvían para bañarse en las aguas del Tormes, al caer la tarde y cuando los rigores de la primavera bien cumplida y del estío movíanlas a refrescarse en las aguas del susodicho río, allá por Santiago del Arrabal, bien cerca de los primeros arcos del puente romano y del Verraco, obra dicen de nigromantes y aún de criaturas infernales.
    Pregúntolo a vuesa merced pues me consta que sois bachiller por aquella señera Universidad, y que habéis dejado un rastro en pos vuestro de deudas y de dislates de estudiante calamitoso, aunque esbozasteis un bien aderezado víctor en un muro de la Calle de las Empedradas que, como recordaréis, abundaba en figones, lupanares y garitos de jugadores de dados.

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  4. Gracias por la aportación, buen texto. Deberías escribir algo más largo con esa facilidad tuya para la retórica añeja. No digo otro Quijote, ni una continuación como la de Trapiello.

    Pero si yo tuviese tu soltura para ese palo, ahondaría en la historia de Dorotea, por ejemplo. Que es mi personaje favorito del Quijote, aparte del propio Alonso Quijano. Y para mí, uno de los mejores de la literatura.

    Nada he leído (y sentido) más sublime que el elegantísimo intercambio retórico entre Dorotea y don Quijote. Cuando ella acepta el encargo de ayudar a sacarle a él de la sierra, convertida en princesa Micomicona.

    Me quedó grabado ese profundo respeto y honda y delicada conexión entre los dos personajes, entre bromas y veras. Entre ficción y realidad. Y entre un lenguaje clásico (el cervantino) y otro más clásico aún (el novelesco) impostado entre los dos.

    Sumada la disparidad de sexos y edades de ambos, y todo ese contraste engarzado en una intemporal belleza arrebatadora. Creo que es la vez que he estado más cerca de un síndrome de Stendhal leyendo. Y casi recordándolo ahora (soy así de raro).

    Creo que lo reeleré mañana, ya es hora de dormir.

    Saludos.

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  5. Pues, Boni, la afición por nuestra lengua castellana, en buena parte neutralizada y silente en los diccionarios y poquísimamente utilizada en toda su virtualidad, incluso por escritores de relumbrón que atestan los escaparates de las librerías por Navidad, es el que me movió por entonces (los textos son de hace unos pocos años) a escribir en este estilo que me atrevo a llamar "cervantino". Seguro que habrás notado (eres perspicaz) que a veces me regodeo haciendo bolillos palabreros que algunos pragmáticos del idioma llegarán a considerar anacrónicos, los muy ignorantes, como si la poesía y la literatura en general fuesen la carrocería de un coche, que quedara anticuada en unos años. Detrás de la crítica, el propio desconocimiento y, consecuentemente, el alarde de uno de los vicios más perniciosos de la raza, como es el rechazo de lo diferente pero también inaccesible. Sugestionado por lo que vengo argumentando, noto que me voy deslizando por esas maneras de decir. Juro que lo hago en contadas ocasiones, y no me estoy disculpando precisamente.
    Aprovechando esta ventana tuya, te endilgo otro texto más largo, que procede -como el anterior- de una jocosa correspondencia bloguera que sostuve con un profesor que sabía darme cuerda:

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  6. DON ALONSO
    Como viera que Sancho daba un trato desabrido al rucio, que aparejaba con harta brusquedad, cinchándole la albarda de modo que parescía que iba a partir en dos al jumento, y que los tirones del bocado a punto estuvieron de mellarlo sin remedio, llamele al orden, afeele la conducta y reprendile diciéndole que los escuderos de caballeros tan notorios habían de comportarse al tenor de sus señores, y que la crueldad gratuita con las bestias iba en desdoro de quienes tal condescendían.
    Murnio y azorado, confesome el buen Sancho que hallábase contrariado y de mal humor porque le escocía la mala habla y el zafio criterio que últimamente había percibido en su mujer, y que maliciaba que dello se pudieran derivar perjuicios para Sanchica, que deste modo peligrara resentirse en su honra y estima, por ser hija de tal mujerona, y que los mozos que pensaran en requerirla en matrimonio se viesen tentados en echarse atrás, "aún contando con los maravedíes que vuesa merced me tiene prometidos -amén de la ínsula- para dote della, llegado el caso de matrimonio". 
    Y es que en el tiempo que permanecimos en el pueblo, antes de esta nuestra segunda salida en busca de aventuras, reparé en que efectivamente, Teresa Panza había mudado el su otrora carácter humilde y comedido por uno que bien pudiera acomodarse al de un endriago o al de una hirsuta furia, de modo que, por cualquier minucia, reñía y buscaba pleito con sus bien avenidas vecinas de antaño, y todo ello en un lenguaje procaz y escatológico, circunstancia esta que me puso en sospecha de que -en ausencia del marido- hobiese dádose secretamente al trasiego de vino, y que lo cual fuera la causa de tamaña metamorfosis.
    Prometile a mi fiel escudero terciar en el asunto en cuanto regresáramos a casa -ahítos de triunfos y laureles-; paresció que se conformaba, tornósele en afable el rostro antes ensombrecido, sacó de las alforjas un trozo de queso y algunos mendrugos, sentámonos al amor de la lumbre y -acabada la frugal cena- arrebujose Sancho so la manta y yo -encomendándome a mi señora doña Beatriz (*)- dispúseme a velar otra noche más. Pues sepan los ignorantes que según cuentan en los libros de caballerías no hay caso de caballero andante que duerma más allá de lo que tarda en hervir un puchero de coles, o que si más, lo han de hacer con un ojo abierto.

    PD.- Debo advertir de que existen en estas estepas nuestras más de un hidalgo que se llama don Alonso y que, por consiguiente, los nombres de sus damas también son diversos. 
    En la Ingalaterra conoscí a un trujimán por nombre Guillermo Desesperares, que es el mesmo que tiene el artífice de algunos conocidos entremeses y sainetes de menor valía, los cuales conoscemos porque algunos oficiales de la Armada los leen para matar el tedio en las guardias nocturnas del Golfo de Vizcaya, y que les son procurados por libreros de la Aquitania francesa.

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    1. Excelente, me ha gustado. Me recordaste una de las paradojas espacio-temporales típicas. Tú tomas un ejemplar del Quijote (mejor un facsímil) y viajas al tiempo de Cervantes, antes de que él empezase a escribirlo. A él le gusta, lo copia a mano. Y lo vuelve a entregar a la imprenta, hata hoy...

      ¿Quién escribió el Quijote, entonces? Tú no, pero él tampoco.

      Aunque si le añades ese texto de don Alonso, quizá daría el pego y podrías decir que sí es un poco tuyo.

      Saludos.

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    2. Un solipsista diría que él mismo ha escrito el Quijote porque, al no existir otra evidencia que no sea la de la existencia de su mente pensante, suya sería la invención de la novela en cuestión; un producto de su imaginación. Como todo lo demás. Porque estaría solito en el universo..., que también sería una invención suya.

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    3. Para rematar el asunto, el viejo chiste.

      Escritor (con una resma gorda de papeles): Aquí le traigo mi nueva novela, para que la publique.

      Editor (tras pasar páginas deprisa, incrédulo): Pero oiga, ¡Esto es el Quijote, tal cual!

      Escritor: Ah no sé… a mí me ha salido así.

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    4. Hay un cuento de Borges que cuenta de uno que quería escribir el Quijote...

      PS.- Boni, a este paso tu blog va a desbancar al de Martín.






















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  7. A mi tu reflexivo texto sobre la en ocasiones arrogante condición humana, me ha traído Bonifacio, viejos aromas que me es difícil abarcar, si no se desarrollan ampliamente. Una parte de Octavio Paz, que rehuía de cualquier adscripción ideológica que pervirtiese el aura creativa del intelectual. Otra porción del gran Francisco Ayala, que en un ejercicio de retórica orteguiana y remontándose a épocas pretéritas, la Edad Media, elucubra sobre la libertad relativa de las sociedades modernas. Como siempre tus escritos son un filón, para movernos por muchos ámbitos.

    A mi en cierto modo, que soy un iconoclasta en las maneras y en el fondo, me causan mucha pereza todos aquellos cenáculos con reglas, o embudos que criben a la maleza, metáforas y términos que referidos a un ser humano, me parecen estúpidos. Aquello de las sociedades gnósticas, masónicas, o elitistas que exhiben títulos académicos como blasones, me mueven a las palabras de Ibn Hazzam, el gran poeta cordobés, y por supuesto español, que decía más o menos que todo era un juego para obviar nuestro trágico final ( se debería estudiar en toda España su obra, no sólo en Andalucía). Sin ser tan dramáticos, es verdad que si se toman esa grandilocuencia como un juego, que sigan jugando.

    Por otra parte, Roberto Bolaño, cuando se enfrascaba en la estulticia de las luchas generacionales en la literatura, o el afán de trascender, evocaba la finitud del sol, que durará 4500 millones de años más, pero que desaparecerá por siempre jamás ( se había aposentado, porque su grupo poético de los inicios, fue a reventar una conferencia del para ellos caduco Octavio Paz ) Por qué ese afán de perdurar o que le adscriban a uno en uno de los reducidos grupos literarios. También es verdad que sin un ápice trascendente, la mayor de las oquedades prendería en nuestros corazones. Así que con esos grupos y ficciones grandiosas, escapan del vacío existencial, no son otros Sisifos, de modo que podría entenderles en parte, porque revela algo de humanidad en sus atrabiliarios corazones.

    Perdón por la extensión. En parte he acumulado títulos de universitarios, por mi insana curiosidad, sin embargo, a las personas que más admiro, por ejemplo Borges, nunca salieron con una calificación académica. Otros fueron monstruos de la investigación, como Sábato. Para mi eso es accesorio. No he escuchado a mente más lúcida que la de Borges. Perdón por el chorro de nuevo. ¡¡No me tientes, Bonifacio, que hundes el dedo en la llaga, con temas tan interesantes y nublas mi razón, para que aporree el teclado sin compasión!!Enhorabuena por la entrada

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    1. No te disculpes por la extensión, al contrario, más bien remataste lo que yo escribí con buenos datos concretos. Lo mío fue más bien una reflexión a vuelapluma. Buen punto lo de los sísifos.

      Te contaré dos anécdotas de primera mano, que podría haber escrito en la entrada, aunque ya la dejaré así. No puedo decir nombres.

      Cierto pez muy gordo de la economía y la política nacional, que sigue saliendo un día sí y otro no en los diarios por un proceso judicial que sufre, acudía a un club de yoga, donde le conocían por sus carísimos zapatos. Los dejaba en la entrada, en la misma hilera con las zapatillas deportivas y calzado corriente del resto de los socios. Por lo demás, evitaba cualquier contacto humano: sólo iba a relajarse a una hora fija, pero evitaba cualquier contacto verbal o visual con el resto. Obviamente para no contaminarse con la gente (que tampoco serían poligoneros, siendo un club de yoga). Y perder su alto estatus con ello, según su irracional temor.

      Hace mucho más tiempo, me asomé a un círculo literario, del que salí escaldado pronto (primer y último intento). Ya el primer día (y juro que es verdad), uno de sus miembros me echó en cara con desprecio que mis apellidos eran demasiado comunes, y que eso era "una desgracia" (sic). Y lo más irónico es que, el tal sujeto, era (y es) una persona inteligente y sensible, además de un conocido y buen poeta. Y para más inri, es militante comunista (en serio). Pese a ese ramalazo elitista propio de siglos pretéritos.

      Así que imagínate a lo que puede llegar un derechista zafio. En fin.

      Gracias por tu aportación.

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  8. A mi me pasó lo contrario, pero imagínate lo contradictorio y malvados que son con uno los prejuicios. Había una vez un gran mago de las finanzas, que vivía en su Torre de Marfil, y que en una conversación le hablaron de mi, de manera demasiado desmedida. Como si fuese un intelectual ramoniano. Así, que una vez nos topamos por casualidad, le apartaba de mi, inconscientemente, para no quebrar su aura de grande de España.

    Hasta que un día me llamó él. Le entendí que quería que le escribiese una especie de memorias convencido por su hijo, que me venera y no sé las razones. Me agasajó invitándome a su biblioteca particular, donde disfruté ojeando ejemplares de un valor incalculable. Perorábamos de lo divino y de lo humano. La conclusión que saqué, fue que era un humanista que había trabajado en un sector que en lo más recóndito de su ser, le parecía demasiado plúmbeo. No le faltaba razón, los números carecen de erótica. Como suelo ver por mi trabajo los informes de gráficos llenos de casmodia y de números - el precio del petróleo sube y baja, no entiendo la fascinación de algunos jovenzuelos, en este movimiento perpetuo -sentí empatía por aquel viejo. A medida que me cobró más afecto, me enseñó unos poemas juveniles, tirados con buen tino. Lo de continuar las sagas familias y el sentido del deber, le habían obligado a seguir la estela de su padre. Sus hermanos, más inteligentes, habían hecho de su vida lo que quisieron.

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  9. Sí, supongo que hay herencias que pesan mucho. En el reparto familiar, yo sólo heredé del molinero un gato con botas, que soy yo mismo (me encanta ese cuento). Y a veces soy como el gato de Cheshire (le dediqué un cuento aquí hace poco), que aparezco y desaparezco según las circunstancias. Pero siempre sin perder la sonrisa.

    Interesante tu experiencia, a mí me gustan mucho las matemáticas pero se me dan mal (soy un caso raro en eso). El estudio de la economía sí es importante, aunque no conozco lo suficiente para hablar mucho. Los pocos libros que leí de economía me dejaron más o menos como estaba.

    Espero que los profesionales del tema lo tengan (tengáis) un poco más claro yo, porque entonces no salimos de la crisis económica en la vida. Y con el nuevo emperador, peor aún. Aunque ese sí entiende de hacer cuentas (en lo demás, da un poco de miedo).

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  10. Suena a burgués despreocupado mi reflexión,cuando hay gente que morderia por unos malditos euros,pero me dio pena ese hombre rodeado de bienestar material y que me confesó que nunca hizo lo que quiso.Al principio viajaba en avión leyendo a Ortega y luego los negocios le consumieron tanto tiempo,que en los vuelos tenía que atender a asuntos de mayor premura que la comezon humanista.

    De la economía,he estudiado y leído mucho.Lo más atractivo es que tras cualquier teoría se asienta una visión antropológica del hombre.A partir de esta visión puedes construir todo tu aparato matemático.Keynes no sería entendible sin su tratado de probabilidad,en el que habla de cómo nos afecta la incertidumbre a las decisiones de los humanos.En cuanto a la salida de la crisis,se podrían escribir ríos de tinta.

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  11. El primer paso es saber lo que uno desea de verdad, cosa más difícil de lo que parece, como decía Michael Ende. Puedes tener excelentes condiciones para algo pero no desear eso en el fondo.

    El segundo paso es defender tu verdadero deseo contra las circunstancias que se oponen (si es que lo hacen, hay quien tiene suerte). Y ese segundo paso es el más difícil.

    interesante lo de la visión antropológica tras cada teoría. Recuerda a los sistemas filosóficos. No sé si con más acierto que ellos, porque los filosóficos se contradicen unos con otros y, aparte, se agotan todos en un punto.

    En economía no sé cómo será la cosa, como dije sé poco de eso.

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