jueves, 5 de octubre de 2017

La hiena y el león






Es cierto que la historia se repite, pero con pequeños cambios imprevistos que impactan (y confunden) a quienes los viven en persona, y sus descendientes leen luego en los libros.

En Cataluña se ha inventado ahora (y quizá se imite luego) el golpe de estado (o cañonazo) inverso: primero la onda expansiva, que está ocurriendo ya (fractura social, toma del espacio público por las masas, estrategia de control de centros vitales -ver enlace abajo-, exilio del disidente -voluntario, por ahora- y alarma financiera). Y luego la explosión, que (cinicamente) se quiere obligar a detonar al enemigo. La democracia usada como llave de judo contra sí misma, así pinta el golpismo del siglo XXI. Cuyo golpismo se nutre de una (turbia) gobernabilidad forzada, en unos parlamentos (dentro y fuera de España) tan atomizados como sus frágiles soberanías.

David estira al máximo la goma de la ley aunque se rompa, con la esperanza de que el propio Goliat ponga la piedra en ella y se suicide.

Pero, si por desidia o por torpeza el viejo león deja que las hienas le rodeen, alguna le atrapará el rabo con los dientes. Y eso ya ha ocurrido en Cataluña, ya no basta rugir. Si el león se revuelve ahora con fiereza, quizá pierda la cola con el fuerte tirón inevitable, o quizá no. Pero si renuncia a defenderse, las demás hienas le perderán todo respeto. Le harán la zancadilla todas juntas (ya hacen amagos) y eso sí sería una sangría de verdad.

Entre tanto, los buitres esperando a pie de tronco, a una distancia prudencial. Y los macacos aplaudiendo boca abajo en las (diversas) ramas patrias, no sólo en Cataluña. Bobamente ilusionados con un mundo al revés. En el que los (amaestrados) pájaros no pueden (todavía) dispararle a las escopetas (ellos no tienen escopetas). Pero sí que han aprendido a posarse maliciosamente en el gatillo del guardés para repartirse la carnaza.




Un león y una hiena, criados juntos

martes, 3 de octubre de 2017

El judo y el clavel






 La paz es un abrazo… en un combate de judo.

 Nadie gana la bendita paz hasta que admite que todo (hasta en la paz, hasta en la civilización) es una maldita guerra. Hoy en día, en una democracia, los que tiran piedras yendo a pie, van un paso por delante de los que conducen un tanque. Porque ellos no demonizan la violencia (“partera de la historia”) y la usan sin complejos cuando toca hacerlo. A sabiendas de que se desata siempre de manera cíclica en cualquier caso (en las personas y en los grupos), como sucede con los terremotos y tsunamis. Y lo hace con más fuerza cuando se ha reprimido demasiado tiempo, por idealizar la unión y la armonía de manera romántica en vez de procurarla (y trabajarla) de veras.

 Simplemente, los que van a pie esperan el momento de la descarga telúrica. Sólo apuntan. No disparan antes, no con violencia física. Pero tampoco estiran el arco al máximo (como en las antiguas revoluciones) hasta que no quede ya otra opción que soltar la tensísima flecha demasiado bruscamente, liberando toda la energía de una vez para que la cuerda no se rompa de tanto retraerla. Ese estiramiento extremo y catastrófico se lo dejan al rival, para justificarse luego con el victimismo. Esa es la prefabricada táctica revolucionaria post moderna.

El arco lo carga la codia, pero lo estira el odio. Y aunque la inocencia no lo cargue, quien más se enfada (el que más tensa la cuerda) siempre pierde, sea quien sea. Y a quien razona tarde, acaban por robarle la razón con la cartera. Como a un incauto jubilado que regala su pensión (con temblorosa firma válida) a un melifluo y avaricioso vendedor de enciclopedias, y luego se arrepiente. 

 Solo esperan, sí. Con una piedra escondida en la espalda, mientras enseñan un clavel de plástico.

 Muchas piedras juntas pesan más que un tanque. David sólo es más grande que Goliat si el gigante le permite auparse a un montículo de rocas. Y entonces sí, desde esa falsa altura, un solo golpe certero es mortal para el coloso que agacha la cabeza.

 La única guerra perdida de antemano, es aquella en la que a uno le paraliza el miedo de perder el miedo cuando ya lo perdió todo.


La inocencia en riesgo por la inconsciencia utópica


sábado, 16 de septiembre de 2017

El parto en la cocina (sobre el reto en Cataluña)





Adenda: Miércoles 11 de Octubre, 2017

 Primero, un aforismo propio, muy al caso:

  "Una bandera deja de ondear cuando se empapa en sangre. Pero eso sólo ocurre cuando cae al suelo. De todos modos, lo que no hace el sacrificio, no lo puede hacer una bandera. Y menos cuando se sacrifica a otros. Pues amar la patria es amar al ser humano por debajo de la patria, pero por encima de uno mismo".

http://paraguascongoteras.blogspot.com.es/p/blog-page_30.html


 Dados los últimos acontecimientos, me queda claro que España no es (aún) un país maduro para convocar un referéndum para la independencia de una de sus partes. Los que pretenten la separación, son estrictamente rupturistas y persiguen (intencionadamente algunos -la extrema izquierda- e irresponsablemente otros -los afrancesados simpatizantes y colaboracionistas-) la destrucción interna del Estado de derecho, más allá de la autodeterminación de un territorio (o territorios) concretos. Por su parte, los que quieren evitar esa ruptura, o no son firmes o actúan de manera meramente reactiva, oscilando entre el pasivo derrotismo y la furia estéril.

 En cualquier caso, me reitero en que no me opongo a que, en un (más bien lejano) futuro, un nación española más sensata y auto consciente y con una madurez mayor, podría ser capaz de asumir y dar cabida a un mal llamado "derecho a decidir", que en realidad es un (triste) derecho a divorciarse, cuando las cosas no se han hecho bien primero. Lo mejor es y será siempre la unidad, pero no sólo lo mejor es bueno. A veces, puede ser necesario (como mal menor) separar algo sin romperlo, es decir: con respeto a la ley y con limpieza, cosa que ni se ha hecho ahora ni se tienen las condiciones para hacer, eso ha quedado claro.

Pretender hoy en día una independencia o siquiera un referéndum al respecto como opción, equivaldría al embarazo y posterior parto de una niña pequeña, aunque no fuese "en la cocina":

  A continuación, dejo el texto previo que aún suscribo, si bien con el matiz de la presente adenda.                                    

                                                        *               *                 *

 En su reciente deriva antiespañola (que no pro catalana)  y anti progresista (que no abierta), la izquierda española antaño lúcida (la de Carrillo tragando con la bandera española “franquista” como reconciliación) pero hoy absorbida por el codicioso bisonte (que no caballo) de Troya de la "nueva izquierda", le ha hecho el caldo gordo a Rajoy sin darse cuenta.

 Al apoyar el legalismo catalán hipócrita (“la constitución española es una losa leguleya, pero la triquiñuela de desconexión en Cataluña sí que es válida, dado que es técnicamente legal”). Despreciando la soberanía de todos los españoles al hacerlo, sobre todo. Pero también la catalana que (dice) inspira su empatía.

Pues democracia es voluntad popular ante todo, pero también ley. Y sí la ley pasa a primer plano (cuando su lugar en democracia es subsidiario) convertida en un ariete idealizado tras sacar la (prioritaria) voluntad popular de la ecuación con brusquedad, entonces, en un choque frontal de legalismos leguleyos (que no de trenes), gana siempre la ley mayor: la Carta Magna española, en este caso. Volviendo al punto de partida en un círculo vicioso que eterniza el inmovilismo del gobierno, enquistando así el conflicto.

  Si una embarazada piensa en abortar, terminará haciéndolo si no encuentra alternativa (ni empatía) y lo hará en las peores condiciones. Así que hay que legislarlo bien en formas y plazos, sin triquiñuelas de ambas partes. Lo que no se puede permitir (tampoco legalmente) es un parto en la cocina, sin higiene y con fórceps. Pues entonces sí que acabará en aborto, aunque lo supervise un enfermero debidamente titulado pero con ínfulas de médico (Puigdemont).  

 Las cosas hay que hacerlas bien. Sin violencia, pero con pulcritud democrática. La constitución no debe ser losa de voluntades, es verdad. Pero tampoco es un vulgar pisapapeles (o pisa-votos) como creen los que la ningunean.

  Una posible solución es que el pueblo español en su conjunto (único depositario de la soberanía en España, y a quien nadie ha preguntado) hable de una vez en referéndum y no sólo sobre Cataluña. Reforma constitucional mediante, acelerando o atajando eternos vericuetos. Si se va a torcer la ley para salir del atasco, que lo rubrique alguien con galones. Literalmente.  

 Para decidir si dicho pueblo (soberano único) autoriza o no a que las autonomías que lo soliciten formalmente decidan sobre su futuro en casa. Y aceptar (y encarrilar) luego el resultado. 

 No sería temerario arriesgar que España decida sobre su propia integridad territorial (en un sentido u otro) ya que es obvio que se hace un lío con ella. Lo que no es admisible es que decidan por ella otras voluntades, dentro o fuera de sus presentes límites geográficos.

 España entera debería acudir en una larga cola (simbólica) voto en mano, al “Valle de los Caídos” de su historia reciente, para cerrar heridas de una vez. Y “tocar” allí el cadáver del dictador (que sí ha muerto) para ver si aún está caliente, como muchos dicen. Si lo está (si España vota “No”) entonces se confirmaría que la esencia de España sí es totalitaria. Pero seguiría siendo un Estado de derecho igualmente (como lo es ahora). Y habría que defenderlo (sin complejos) dentro de la ley, tal como ahora se está haciendo.

 Si está frío ese “cadáver” del pasado, entonces España (prisión de embriones o “nacionalidades”, pero no de naciones ya constituidas), votará sin duda: “Sí” en conciencia para abrir la jaula. Para que vuelen los pájaros que de verdad estén maduros, si es que así lo desean. Y quizá España sí la abra, porque su espíritu (aunque cerril) es libre. Y no todos los pájaros huyen cuando ven la puerta abierta, además.

 Si algún pájaro decide volar solo finalmente, como la frase dice: “Nunca fue tuyo”. Que vuelva de visita si quiere. El verdadero amor (también el de la patria) a nadie obliga. Y la (fungible) extensión del territorio (o su riqueza) no es lo que hace grande a un viejo imperio como el español, que ha ido cediendo su terreno poco a poco a través de la historia, pero no su orgullo y su nobleza, y sigue en pie. Aunque en ultramar empiecen justo ahora (¿casualidad?) a derribar sus símbolos


Que hablen todos, para que todos hablen de una vez.   




Bonifacio Álvarez Gutiérrez



Derribo de una estatua de Colón en Venezuela, previo a su "ahorcamiento" simbólico.

domingo, 4 de junio de 2017

Nombres y más nombres








 No firmaré este artículo: pueden usarlo sin decir mi nombre.

Nombres y más nombres. Toda la literatura está hecha de nombres. Hoy en día los críticos (y no siempre fue así) son todos escritores, que tienen nombre y hablan de otros nombres todo el tiempo,  comparando unos con otros. Los escritores son críticos también, que imitan a los críticos en difundir ese listado... La prensa también habla de lo que hacen los nombres, citando otros mil nombres como referencia. En Internet las “etiquetas” que hay en todo lo que se publica, privilegian el acceso a la información basándose en la calidad y repetición de los nombres. La falacia de autoridad se convierte en norma: la calidad de algo la determina un nombre. Ha muerto hoy un célebre poeta (de iniciales J.G) y todos los medios repiten su nombre en relación con otros nombres, sin aludir apenas a su trabajo ni incluir fragmento alguno de su obra en la noticia. Los grandes hombres y mujeres con un gran nombre, hacen discursos donde repiten nombres y más nombres como referencia o agradecimiento. A veces repiten un nombre para hablar falsamente en su nombre. Se dice que quien triunfa “se hace un nombre”. Todos nombran nombres y se alimentan de ellos. El arte se convierte, más que en obra, en una firma, es decir: en un nombre. Si alguien llama la atención común con algo, ya sea noble o indigno (fuera o dentro del arte) todos quieren saber rápido y, ante todo, su nombre.

 La literatura que se fomenta y publicita hoy día, ya no es una narración que muestra áreas ignotas de la realidad o de la historia, enriqueciendo la experiencia humana.  Sólo es una solipsista (y nihilista) biografía personal, recuento de vivencias de un nombre conocido. Es lo que se llama auto-ficción: verdad e intencionada mentira mezcladas con calculada ambigüedad en torno al propio autor, es decir: a su nombre, que es lo único que importa, no la verdad sobre su vida (suponiendo que esta sea interesante siquiera). Su nombre es todo y justifica todo: hay que leer al autor porque es su obra y está su nombre en ella, implícito o explícito... junto a una retahíla de otros nombres. No importa la obra misma, sino el nombre, aunque hoy la obra también miente. Es decir: no busca la verdad aunque cuente una ficción. Pues lo que se cuenta tampoco es verdadero, ni siquiera como cuento: la narración no nutre ya, ni abre caminos. Sólo es el reflejo turbio de narciso en un agua estancada... Ya sólo se escucha a quien tiene un nombre, y se entrecomillan supuestas citas suyas junto a su foto para difundirlo en Internet. Para difundir su nombre, sobre todo, no la cita. Sólo a quien tiene "renombre" (que es como tener un nombre espeso cual engrudo, y que se repite como el ajo) se le apoya y se le publican libros (u otras obras). Aunque los libros se los escriba otro (sin nombre). Y cuando se le cita luego, se miente en su nombre, manipulando sus palabras. O inventándolas sin más, al decir que son de él. Y cuando sí son suyas, y gracias al salvoconducto de su nombre (una vez que él o ella tiene un nombre ya célebre) se le publica casi cualquier cosa. Hasta la más zafia ocurrencia.

 En todo caso ¿quién soy yo para hablar de los demás nombres? ¿En qué nombre propio he de apoyarme? Sólo tengo el mío, y ya me sobra. Porque para tener tener razón, da igual el nombre. Lo mismo que para equivocarse. Que quien me lea decida si estoy errado o no. Eso sí puede elegirlo: no su nombre. 
   
 Tanto puede el nombre, que amenaza con matar a la palabra, y no en literatura solamente. Porque la palabra ya no es un nombre ella tampoco: es una mera imagen. Incluso aunque tenga forma escrita. Porque se sostiene en imágenes sintéticas hoy por hoy, más que alegóricas.

 Sólo citaré un nombre aquí, un poco más abajo. El de un autor africano en lengua inglesa cuyo nombre es poco conocido para el gran público, pese a tener prestigio y reconocimiento (y algún premio importante). Esa lengua inglesa que usó también ese otro antiguo escritor celebérrimo, el que dijo aquello de que “una rosa huele igual de bien pese a cómo la llamemos”. Su nombre es archisabido y no hace falta mencionarlo, pero a esa frase de la rosa nadie le hace mucho caso ya...

El autor africano contemporáneo y vivo al que aludo, es heredero de una cultura donde no es el individuo (el nombre) sino sus actos y, sobre todo, su comunidad y tradición las que tienen el protagonismo. Como debería de ser en el “primer mundo”, donde las víctimas y los humildes (como en el “tercero”) tampoco tienen nombre. En eso sí que son iguales ambos mundos. Salvo cuando los anónimos mueren en un atentado en el "primero". Y por supuesto, se acompaña su anónimo nombre de una foto, entonces. Gracias a esa foto… ¿sabemos cómo eran? Gracias a su nombre… ¿sabemos quiénes eran? Porque el nombre público es el rostro, la persona (o sea: la “máscara” del actor, según la etimología de "persona") Pero el rostro también es un nombre indiferente, cuando el nombre escrito es uno anónimo y no célebre. La gente poderosa tiene un nombre y una imagen fuertes, que se apoyan uno en otro. Los que buscan la fama, se afanan en convertir su imagen en un nombre a toda costa. La gente anónima y humilde (las víctimas) sólo tienen un cuerpo, nada más. Su alma, para los demás, es invisible. Cuando se vuelven víctimas, su macabra foto en el periódico es como la de un (joven) cadáver con los ojos abiertos, grotescamente vivo en el pasado (un fantasma). Y en el tercer mundo es peor: la foto es el cadáver sin más, sin rostro. Ciego para siempre y apiñado con otros tantos en una macabra cuneta.

 La llamada “posverdad” fabrica las noticias. Antes la foto "hablaba". Ahora ya todo son fotos, todo el mundo las hace. Y el pie de foto (el texto) es redundante. La prensa, digamos, ya no tiene nombre…  El nuevo emperador del planeta se construyó antaño una torre (¿de Babel?) como los egipcios sus pirámides. Pero él, además, la bautizó con su nombre. ¿Qué nombre le pondría al muro ese que ansía? Quizá ignorancia. O miedo. Serían buenos nombres. Para él y para el muro.

 Este es el nombre del escritor que mencioné: Ben Okri. Anónimo para mucha gente, como he dicho. Porque no es occidental, aunque escriba en inglés y viva en Gran Bretaña: es nigeriano. Del tercer mundo, vaya. El segundo mundo es la ignorancia, la barrera mental entre los otros dos (otro muro hecho de miedo). Y a continuación, añado lo que de veras importa en un escritor y en cualquier otro ser humano: su obra. O mejor dicho, un fragmento de ella. Es decir: del alma de su autor.   

«La persona que crea no es importante, sólo lo es lo que crea, lo que hace. Los que son mejores sirvientes de los elevados poderes tienen más sirvientes que les ayudan a hacer el trabajo. Ésa es la razón por la que algunos tienen el poder de diez mientras que otros sólo tienen su poder, que es, a largo plazo, el poder de la nada, del polvo, del olvido. Por medio de nuestras obras debe refulgir no el poder de la persona, sino el poder del poder. La verdadera fama debería pertenecer al poder que nos guía en la oscuridad»


Ben Okri, El mago de las estrellas.