sábado, 16 de septiembre de 2017

El parto en la cocina (sobre el reto catalán)





 En su reciente deriva antiespañola (que no pro catalana)  y anti progresista (que no abierta), la izquierda española antaño lúcida (la de Carrillo tragando con la bandera española “franquista” como reconciliación) pero hoy absorbida por el codicioso bisonte (que no caballo) de Troya bolivariano, le ha hecho el caldo gordo a Rajoy sin darse cuenta (o quizá adrede, quien sabe…).

 Al apoyar el legalismo catalán hipócrita (“la constitución española es una losa leguleya, pero la triquiñuela de desconexión en Cataluña sí que es válida, dado que es técnicamente legal”). Despreciando la soberanía de todos los españoles al hacerlo, sobre todo. Pero también la catalana que (dice) inspira su empatía.

Pues democracia es voluntad popular ante todo, pero también ley. Y sí la ley pasa a primer plano (cuando su lugar en democracia es subsidiario) convertida en un ariete idealizado tras sacar la (prioritaria) voluntad popular de la ecuación con brusquedad, entonces, en un choque frontal de legalismos leguleyos (que no de trenes), gana siempre la ley mayor: la Carta Magna española, en este caso. Volviendo al punto de partida en un círculo vicioso que eterniza el inmovilismo del gobierno, enquistando así el conflicto.

  Si una embarazada piensa en abortar, terminará haciéndolo si no encuentra alternativa (ni empatía) y lo hará en las peores condiciones. Así que hay que legislarlo bien en formas y plazos, sin triquiñuelas de ambas partes. Lo que no se puede permitir (tampoco legalmente) es un parto en la cocina, sin higiene y con fórceps. Pues entonces sí que acabará en aborto, aunque lo supervise un enfermero debidamente titulado aunque con ínfulas de médico (Puigdemont).  

 Las cosas hay que hacerlas bien. Sin violencia, pero con pulcritud democrática. La constitución no debe ser losa de voluntades, es verdad. Pero tampoco es un vulgar pisapapeles (o pisa-votos) como creen los que la ningunean.

  Una posible solución es que el pueblo español en su conjunto (único depositario de la soberanía en España, y a quien nadie ha preguntado) hable de una vez en referéndum y no sólo sobre Cataluña. Reforma constitucional mediante, acelerando o atajando eternos vericuetos. Si se va a torcer la ley para salir del atasco, que lo rubrique alguien con galones. Literalmente.  

 Para determinar si dicho pueblo (soberano único) autoriza o no a que las autonomías que lo soliciten formalmente decidan sobre su futuro en casa. Y aceptar (y encarrilar) luego el resultado. 

 No sería temerario arriesgar que España se defina sobre su propia integridad territorial (para enquistarla o liberarla) ya que es obvio que se hace un lío con ella. Lo que no es admisible es que decidan por ella otras voluntades, dentro o fuera de sus presentes límites geográficos.

 España entera debería acudir en una larga cola (simbólica) voto en mano, al “Valle de los Caídos” de su historia reciente, para cerrar heridas de una vez. Y “tocar” allí el cadáver del dictador (que sí ha muerto) para ver si aún está caliente, como muchos dicen. Si lo está (si España vota “No”) entonces se confirmaría que la esencia de España sí es totalitaria. Pero seguiría siendo un Estado de derecho igualmente (como lo es ahora). Y habría que defenderlo (sin complejos) dentro de la ley, tal como ahora se está haciendo.

 Si está frío ese “cadáver” del pasado, entonces España (prisión de embriones o “nacionalidades”, pero no de naciones ya constituidas), votará sin duda: “Sí” en conciencia para abrir la jaula. Para que vuelen los pájaros que de verdad estén maduros, si es que así lo desean. Y quizá España sí la abra, porque su espíritu (aunque cerril) es libre. Y no todos los pájaros huyen cuando ven la puerta abierta, además.

 Si algún pájaro decide volar solo finalmente, se podría aplicar aquel refrán: “Nunca fue tuyo". Que vuelva de visita si quiere. El verdadero amor (también el de la patria) a nadie obliga. Y la (fungible) extensión del territorio (o su riqueza) no es lo que hace grande a un viejo imperio como el español, que ha ido cediendo su terreno poco a poco a través de la historia, pero no su orgullo y su nobleza. Y que sigue en pie hoy en día en forma de nación moderna: presente, sintiente y existente. Aunque en ultramar empiecen justo ahora (¿casualidad?) a derribar sus símbolos.


Que hablen todos, para que todos hablen de una vez.   




Bonifacio Álvarez Gutiérrez



Derribo de una estatua de Colón en Venezuela, previo a su "ahorcamiento" simbólico.

viernes, 15 de septiembre de 2017

La losa y el pisapapeles (sobre el desafío catalán).








                                                            LA LOSA Y EL PISAPAPELES



«Si lo amas, déjalo volar (votar). Si vuelve, era tuyo. Si no, nunca lo fue».


 Bello y cierto, pero con matices. Porque aquí se han hecho algunas trampas, y ya no caben idealismos. Ya es tarde. Y además, los españoles no somos tan “buenos” como para fiarnos de nosotros mismos. Somos muchos “pájaros” dentro de la jaula, armando bulla. España sólo se roba a sí misma ya hace tiempo (también en Cataluña). Y a mano armada últimamente. 

Cataluña es como un adolescente que se apoya en el odio hacia su padre para emanciparse. Quizá no lo odia tanto. Quizá sólo es una pataleta. Pero tampoco hay que ignorarle hasta que suene un portazo y ya no vuelva más. Del mismo modo, hay que evitar llegar a una situación de aborto, mediante la empatía. Pero si el trauma ya ha crecido demasiado, es mejor legalizarlo y aplicarle plazos. Pues la mujer que lo desee de verdad, terminará por abortar de todos modos y en peores condiciones. Se trata de que nadie sufra una prisión emocional perpetua pero tampoco se desangre. Ahora bien: lo que nunca es tolerable es que quien demanda chantajee, y quien concede (o facilita) permita una chapuza. 

España no es “prisión de naciones”. Es prisión de embriones (las "nacionalidades" que la constitución menciona). A los cuales (creo) se debería dejar probar la luz de una rendija. Para ver cuáles tienen de verdad la fuerza interna para eclosionar como individuos plenamente autónomos, y cuales no la tienen todavía o no la van a tener nunca. 

 La hipócrita paradoja independentista consiste en exacerbar el victimismo por un lado, acusando a los constitucionalistas de legalistas inflexibles que sólo dejan la opción de rebelarse. Y luego defender cínicamente ese mismo legalismo para sacralizar las leyes catalanas (solo esas). Retorcidas en forma de constitución encubierta para promover con calzador un referéndum que sólo considera válido una parte (pequeña) de la ciudadanía. 

La base de todo este conflicto está en que se confunden soberanía y territorio, y son cosas distintas. Y cada parte en litigio sacraliza erróneamente una de ellas en su propio interés, despreciando la otra.

  El “café para todos” del 78 quedó frío, es cierto. Pero la (frágil) taza sigue siendo válida. No olvidemos eso si queremos sobrevivir como nación, con independencias o sin ellas. 

La Carta Magna española es reformable, y no se debe usar como una losa contra la voluntad de nadie. Pero tampoco es tolerable reducirla a un vulgar pisapapeles como les gustaría a algunos. Eso haría que España dejase de ser un Estado de derecho serio, quedando a merced de sus enemigos internos (que no son sólo los independentistas, por desgracia) y de los externos también. Y ello aunque nadie se independizase finalmente. Aparte del riesgo de generar una escalada que pondría en peligro la estabilidad de otros estados. 

 Quizá llegó el momento de levantar una rendija de esa “losa” constitucional para que entre un haz de luz salvífica y no se pudra todo dentro. De forma que puedan volar algunos votos libremente, en Cataluña o fuera de ella. Pues España sí debe estar unida. Pero no es “indivisible” por decreto, tal como postulan los derechistas más cerriles. Ningún país es indivisible, en realidad. Como tampoco lo sería una futurible república catalana. Simplemente la historia va por donde quiere, y no por donde pretenden llevarla. Pero lo que sí es grave es forzar esa deriva, como está ocurriendo ahora en Cataluña de forma intolerable. Aunque los sediciosos se escuden para ello en el (matizable) inmovilismo de Mariano Rajoy.   

  Si nos atenemos a la estricta letra de la ley (tan defendida), la Constitución española se fundamenta en la «Indisoluble unidad de la nación española», etc. Y la extensión geográfica (o territorial) se sobrentiende en esa “unidad”. Pero tampoco se concreta en esa frase, aunque luego se hable de nacionalidades y regiones. Y de patria indivisible, claro... Pero intuyo (desde mi humilde perspectiva) que lo de “unidad indisoluble” en concreto, deja un resquicio para poder interpretarse desde una perspectiva de hermandad histórica. De un (a día de hoy polémico) anhelo de estar juntos. Pues “unidad de la nación” puede entenderse en un sentido espiritual y patriótico sin duda. Y si algo sí está claro en todo este conflicto (digresiones aparte) es que España no está unida en absoluto. Y sí debería estarlo, aunque su territorio se transforme.     

 Al final aquí hay dos bandos: el de los que quieren imponer “su” democracia (los rupturistas). Y el de los que quieren imponer “su” ley (los unionistas) para defender con seriedad la democracia que es de todos, y no solo de los que se arrogan su domino en uno y otro bando. Y dicha defensa de la democracia es justa y hay que hacerla bien. Pero para eso la ley también tiene que ser la ley de todos, y eso el gobierno español no parece entenderlo.

 La soberanía española reside en el pueblo español en su conjunto y no en una parte de él. Eso sí es inobjetable y no admite matices. Y debe defenderse con toda la fuerza de la ley, justamente para no recurrir a la otra fuerza (la de las armas) que en realidad nadie desea, aunque la constitución sí la contemple. Triste que la otrora sensata izquierda española haya terminado relativizando la soberanía nacional, al embarcarse en una deriva peligrosa contribuyendo a la inestabilidad presente. 

 Pero cabe una propuesta salomónica para reconducir la situación. Reforma constitucional mediante (y valiente) sin perderse en vericuetos leguleyos. Si hay que retorcer la ley de un golpe de timón, que lo haga el capitán del barco y no un contramaestre advenedizo.

  De forzar un referéndum (o los que sean) lo razonable sería que, primero, el pueblo soberano español (al que nadie con verdadero poder político y/o mediático ha preguntado ni sugerido preguntar siquiera) hablase al fin en todo esto. Para dejar claro en una consulta en toda España si él (y sólo él) autoriza o no a que las autonomías que lo soliciten formalmente decidan sobre su futuro en sus respectivos territorios. Si el pueblo español no autorizase, al menos habría hablado. Y se podría usar toda la fuerza necesaria para hacer respetar dicho dictamen. Tal como debería hacerse ahora, con la constitución española en la mano y sin complejos.

 Si dijese “sí” a la propuesta (lo que es probable, pues el pueblo español es más flexible que sus gobernantes, con los que sí comparte la inquina) tendrían todos que asumir lo que viniese luego, unos y otros. Ayudando a que las placas tectónicas ajustasen bien tras el seísmo. Y ajustar el nuevo panorama lo mejor posible pactando entre las partes (deuda, doble nacionalidad, etc.). Una vez que se hubiesen hecho bien las cosas finalmente. De manera realmente consensuada y limpia y no como hasta ahora.

 La autonomía que solicitase formalmente su independencia (es una idea) podría tener derecho a una segunda (y última) vuelta en unos años, en caso de que su mayoría rechazase la emancipación la vez primera. De esa forma, quedaría legal y moralmente desacreditado cualquier intento de dilatar el conflicto con reclamos secesionistas ad infinitum, en caso de negativa final en la segunda y definitiva consulta local.

 Quizá habría sorpresas, como que Cataluña y País Vasco decidieran permanecer en España a fin de cuentas. Y no Galicia, por ejemplo (u otra autonomía).

¿Por qué es malo desconfiar de la madurez volitiva de los catalanes, como el independentismo pregona lastimeramente, y sí es bueno, en cambio, impedir que sí hablen ellos (por supuesto) pero junto al resto de españoles, esperando que la decisión común sea la más recta y justa para todos?

 No hay “choque de trenes” alguno, en realidad. Porque el único tren aquí es España (de momento). El riesgo es que descarrile y los vagones acaben (todos) en el suelo, no solo  los de cola. Por eso hay que encajar el convoy bien en la vía constitucional, aunque se desenganche algún vagón en el camino. Mientras todo quede encarrilado (consensuado) estará bien.

 España debe creer en sí misma de una vez, para poder mirarse en el vasto mar de su historia sin complejos y cerrar por fin sus heridas más recientes. La soberanía (que la izquierda atomiza a conveniencia) no sólo es voluntad grupal, también es ley común. Y la unidad (que la derecha sacraliza ciegamente) no significa extensión geográfica sin más, ni riqueza económica tampoco. Unidad es estar unidos, simplemente. Y en España (por desgracia) eso no ocurre. Y sin unión, da igual habitar un continente entero o una fanega. Un palacio o la choza más humilde.

 Amo España y la deseo unida. Más grande o más pequeña. Más rica o más pobre, me da igual. Pues para mí España es grande lo mismo, aunque hace mucho que sí se pone el sol en ella. Pero ante todo, soy demócrata.

 Así que no me importaría votar “sí” en el referéndum que planteo. Aunque terminasen por echarme por completo del galeón histórico para acabar bogando en una simple (que no vulgar) lancha de remos. Lo aceptaría, lo que quedase a flote seguiría siendo España para mí. Pero siempre que la tripulación del barco en su conjunto (y no sólo una parte) lo determine de algún modo. Con el referéndum que propongo o con una solución federalista. O con cualquier reforma (consensuada y seria) del modelo de Estado. Lo que jamás toleraré es que los que me expulsen del barco sean los piratas, aunque su arma sea una calculadora y no un trabuco.  

  Hasta ahí, la ley, que son las patas del pájaro, lo único que sostiene su equilibrio en tierra. Ahora vamos con las alas: con el sentimiento, que también es importante y es lo que permite alzar el vuelo. 

 No hay que temer que el pájaro eche a volar tan sólo por abrir la jaula (de embriones): no todos hacen eso. Y en todo caso el amor siempre confía, incluido el que se tiene por la patria. Y nunca obliga a nadie, si es amor de veras. Pero eso sí: el amor también es sacrificio, y no sólo un reclamo permanente. Y eso siempre implica que ambas partes cedan algo (su respectiva intransigencia en este caso) sin renunciar jamás a lo vital: su libertad. Y en política la libertad también hay que pactarla, como en cualquier matrimonio.  

 Lo que sí es cierto es que no es justo dejar al pájaro encerrado eternamente en la bodega del barco, con la esperanza de que deje de cantar alguna vez, como el presidente Rajoy parece desear cómodamente. Y el peor riesgo no es que se rebele el pájaro. El peor es que su canto termine por morir con él, pues cada canto es único y merece ser oído por todos.

 Quizá (si nadie abre la puerta) decida no romper nunca la jaula por las bravas para huir y ser más libre (siempre se puede ser más libre). Pero un pájaro sin voz resulta algo muy triste, eso es verdad. 
  
Que hablen todos, para que todos hablen de una vez.


 

Bonifacio Álvarez Gutiérrez.


domingo, 4 de junio de 2017

Nombres y más nombres








 No firmaré este artículo: pueden usarlo sin decir mi nombre.

Nombres y más nombres. Toda la literatura está hecha de nombres. Hoy en día los críticos (y no siempre fue así) son todos escritores, que tienen nombre y hablan de otros nombres todo el tiempo,  comparando unos con otros. Los escritores son críticos también, que imitan a los críticos en difundir ese listado... La prensa también habla de lo que hacen los nombres, citando otros mil nombres como referencia. En Internet las “etiquetas” que hay en todo lo que se publica, privilegian el acceso a la información basándose en la calidad y repetición de los nombres. La falacia de autoridad se convierte en norma: la calidad de algo la determina un nombre. Ha muerto hoy un célebre poeta (de iniciales J.G) y todos los medios repiten su nombre en relación con otros nombres, sin aludir apenas a su trabajo ni incluir fragmento alguno de su obra en la noticia. Los grandes hombres y mujeres con un gran nombre, hacen discursos donde repiten nombres y más nombres como referencia o agradecimiento. A veces repiten un nombre para hablar falsamente en su nombre. Se dice que quien triunfa “se hace un nombre”. Todos nombran nombres y se alimentan de ellos. El arte se convierte, más que en obra, en una firma, es decir: en un nombre. Si alguien llama la atención común con algo, ya sea noble o indigno (fuera o dentro del arte) todos quieren saber rápido y, ante todo, su nombre.

 La literatura que se fomenta y publicita hoy día, ya no es una narración que muestra áreas ignotas de la realidad o de la historia, enriqueciendo la experiencia humana.  Sólo es una solipsista (y nihilista) biografía personal, recuento de vivencias de un nombre conocido. Es lo que se llama auto-ficción: verdad e intencionada mentira mezcladas con calculada ambigüedad en torno al propio autor, es decir: a su nombre, que es lo único que importa, no la verdad sobre su vida (suponiendo que esta sea interesante siquiera). Su nombre es todo y justifica todo: hay que leer al autor porque es su obra y está su nombre en ella, implícito o explícito... junto a una retahíla de otros nombres. No importa la obra misma, sino el nombre, aunque hoy la obra también miente. Es decir: no busca la verdad aunque cuente una ficción. Pues lo que se cuenta tampoco es verdadero, ni siquiera como cuento: la narración no nutre ya, ni abre caminos. Sólo es el reflejo turbio de narciso en un agua estancada... Ya sólo se escucha a quien tiene un nombre, y se entrecomillan supuestas citas suyas junto a su foto para difundirlo en Internet. Para difundir su nombre, sobre todo, no la cita. Sólo a quien tiene "renombre" (que es como tener un nombre espeso cual engrudo, y que se repite como el ajo) se le apoya y se le publican libros (u otras obras). Aunque los libros se los escriba otro (sin nombre). Y cuando se le cita luego, se miente en su nombre, manipulando sus palabras. O inventándolas sin más, al decir que son de él. Y cuando sí son suyas, y gracias al salvoconducto de su nombre (una vez que él o ella tiene un nombre ya célebre) se le publica casi cualquier cosa. Hasta la más zafia ocurrencia.

 En todo caso ¿quién soy yo para hablar de los demás nombres? ¿En qué nombre propio he de apoyarme? Sólo tengo el mío, y ya me sobra. Porque para tener tener razón, da igual el nombre. Lo mismo que para equivocarse. Que quien me lea decida si estoy errado o no. Eso sí puede elegirlo: no su nombre. 
   
 Tanto puede el nombre, que amenaza con matar a la palabra, y no en literatura solamente. Porque la palabra ya no es un nombre ella tampoco: es una mera imagen. Incluso aunque tenga forma escrita. Porque se sostiene en imágenes sintéticas hoy por hoy, más que alegóricas.

 Sólo citaré un nombre aquí, un poco más abajo. El de un autor africano en lengua inglesa cuyo nombre es poco conocido para el gran público, pese a tener prestigio y reconocimiento (y algún premio importante). Esa lengua inglesa que usó también ese otro antiguo escritor celebérrimo, el que dijo aquello de que “una rosa huele igual de bien pese a cómo la llamemos”. Su nombre es archisabido y no hace falta mencionarlo, pero a esa frase de la rosa nadie le hace mucho caso ya...

El autor africano contemporáneo y vivo al que aludo, es heredero de una cultura donde no es el individuo (el nombre) sino sus actos y, sobre todo, su comunidad y tradición las que tienen el protagonismo. Como debería de ser en el “primer mundo”, donde las víctimas y los humildes (como en el “tercero”) tampoco tienen nombre. En eso sí que son iguales ambos mundos. Salvo cuando los anónimos mueren en un atentado en el "primero". Y por supuesto, se acompaña su anónimo nombre de una foto, entonces. Gracias a esa foto… ¿sabemos cómo eran? Gracias a su nombre… ¿sabemos quiénes eran? Porque el nombre público es el rostro, la persona (o sea: la “máscara” del actor, según la etimología de "persona") Pero el rostro también es un nombre indiferente, cuando el nombre escrito es uno anónimo y no célebre. La gente poderosa tiene un nombre y una imagen fuertes, que se apoyan uno en otro. Los que buscan la fama, se afanan en convertir su imagen en un nombre a toda costa. La gente anónima y humilde (las víctimas) sólo tienen un cuerpo, nada más. Su alma, para los demás, es invisible. Cuando se vuelven víctimas, su macabra foto en el periódico es como la de un (joven) cadáver con los ojos abiertos, grotescamente vivo en el pasado (un fantasma). Y en el tercer mundo es peor: la foto es el cadáver sin más, sin rostro. Ciego para siempre y apiñado con otros tantos en una macabra cuneta.

 La llamada “posverdad” fabrica las noticias. Antes la foto "hablaba". Ahora ya todo son fotos, todo el mundo las hace. Y el pie de foto (el texto) es redundante. La prensa, digamos, ya no tiene nombre…  El nuevo emperador del planeta se construyó antaño una torre (¿de Babel?) como los egipcios sus pirámides. Pero él, además, la bautizó con su nombre. ¿Qué nombre le pondría al muro ese que ansía? Quizá ignorancia. O miedo. Serían buenos nombres. Para él y para el muro.

 Este es el nombre del escritor que mencioné: Ben Okri. Anónimo para mucha gente, como he dicho. Porque no es occidental, aunque escriba en inglés y viva en Gran Bretaña: es nigeriano. Del tercer mundo, vaya. El segundo mundo es la ignorancia, la barrera mental entre los otros dos (otro muro hecho de miedo). Y a continuación, añado lo que de veras importa en un escritor y en cualquier otro ser humano: su obra. O mejor dicho, un fragmento de ella. Es decir: del alma de su autor.   

«La persona que crea no es importante, sólo lo es lo que crea, lo que hace. Los que son mejores sirvientes de los elevados poderes tienen más sirvientes que les ayudan a hacer el trabajo. Ésa es la razón por la que algunos tienen el poder de diez mientras que otros sólo tienen su poder, que es, a largo plazo, el poder de la nada, del polvo, del olvido. Por medio de nuestras obras debe refulgir no el poder de la persona, sino el poder del poder. La verdadera fama debería pertenecer al poder que nos guía en la oscuridad»


Ben Okri, El mago de las estrellas.

jueves, 25 de mayo de 2017

Cerebro de mosquito












 Finaliza Mayo y pronto llegará el calor. Con nosotros, tenemos a un polémico protagonista de esa época del año, de quien sin duda se hablará mucho este verano. Esta entrevista será incisiva, sin paños calientes. Tal como corresponde a mi estilo periodístico agresivo. Iremos al grano, por tanto. Poniendo al entrevistado entre la espada y la pared. O entre la alpargata y la pared, en este caso…

— Señora Mosquita Gutiérrez: ¿cuáles son sus reivindicaciones y por qué actúa de ese modo tan dañino para la comunidad?

—No tengo adscripción política alguna. Simplemente busco alimento, y tengo una prole que sacar adelante. No es nada personal

—¿Qué significa adscripción? Recuerde que esta entrevista es para Internet, no use usted palabras que no sean coloquiales. Mucha gente es algo bruta y se satura. Y prefieren abrir la nevera a un diccionario. Siempre que la nevera no esté lejos, claro está…

—Adscripción quiere decir que no participo en política. Insisto, se trata de una cuestión de supervivencia alimenticia, nada más. Ya que habla de neveras...

—Pero usted transmite enfermedades. Y perturba la paz y el descanso de la gente. ¿No podría buscar una forma alternativa de nutrirse que no implicase todo eso? ¿O hacerlo sin causar ese molesto zumbido, al menos?

—El zumbido es involuntario, lo provocan mis élitros

—Traduzca, por favor. Le recuerdo que…

—Mis alas. Son delgadas, y al batirlas causan ese ruido. Vuelo buscando el calor y la humedad de un huésped. Y también sus emisiones de CO2. Normalmente floto alrededor de la cabeza del sujeto, hasta que mis receptores anatómicos localizan el lugar perfecto para extraer la sangre, insertando mi probóscide en el punto exacto de la piel de la víctima elegida. Para ello introduzco una saliva que facilita el drenaje. Y que provoca irritación en la piel del huésped luego. Aunque eso me trae sin cuidado, si le soy sincera…

—¿Podría aclarar términos, por favor?

—¿Drenaje?

—No: probóscide

—Mi probóscide es mi trompa

—Vale, pero el caso es que usted perjudica a mucha gente, no puede negarlo. Y hasta los científicos han dicho (disculpe mi franqueza) que su especie no es vital para el planeta, como ocurre con otros insectos. Y nada ocurriría si desapareciera del todo y para siempre. Vamos, que son ustedes vulgares parásitos sin utilidad alguna, perdone que se lo diga crudamente…

—¿Cómo esos jóvenes gamberros que se emborrachan y lo ensucian todo, dice usted?

—Algo así, señora…

—Pues le informo que mi zumbido “tan odioso” ha sido imitado por esos mismos científicos humanos de los que alardea usted. Para incluirlo en un dispositivo tecnológico con el que dispersar jóvenes vandálicos. Emitiendo para ello un pitido insoportable, con una baja frecuencia que sólo pueden captar ellos… ¿sabía eso? Así que no soy tan inútil como piensa usted, después de todo. Y además, molesta sí seré. Pero yo no orino como un elefante en plena acera igual que ellos, aunque tenga trompa. Perdone usted que sea tan gráfica…

—Admito que no me esperaba una defensa tan hábil. Tiene usted buenos reflejos para esquivar golpes, señora

—Estoy acostumbrada…   

—En cualquier caso, permítame que insista de nuevo. ¿De veras no hay alternativa a su maldito zumbido? Anoche mismo un pariente suyo me impidió pegar ojo, no le miento

—Verá usted: necesito las proteínas de la sangre para que mis huevos eclosio… puedan nacer bien, para que se me entienda. Y no espere que las vaya a pedir a una farmacia…

—¿Y el ruido al volar, señora Gutiérrez? ¿No habría forma de evitarlo?

—¡Y dale con eso! ¿Qué quiere, que vaya en bicicleta?

—Hum… No sé qué decirle, la verdad. Entiendo su punto de vista, lo de su prole y eso... Pero creo que no vamos a entendernos nunca. Y esta entrevista no da ya más de sí. No cambiará usted de actitud por más que la interrogue yo, eso está claro. Ni aunque termine por odiarla todo el mundo...

—Me desprecian sin excepción, sí. Pero esa es mi gran virtud: soy yo misma siempre, aunque dé por culo a todos

—Así me gusta, que se exprese llanamente al fin

—Bueno, ¿tiene más preguntas? Mi vida es muy breve, un mes como mucho. Es decir: mil veces más corta que la suya

—Así que estos cinco minutos humanos de entrevista que llevamos, equivalen a… no me sale el cálculo…

—Tres días y medio de un mosquito, esa es la cuenta

—Exacto, es usted una mosquita muy lista. Tiene un cerebro privilegiado para su especie, sin lugar a dudas… Así que, en agradecimiento, y para que no se tenga que preocupar más por el tiempo, le he preparado un regalo a la altura de su inteligencia, para que se pueda marchar ya. Y con eso concluimos de una vez, descuide

—¿Qué regalo?

—Un libro, aquí lo tiene

—Ya lo veo ¿De qué trata?

—Es para que pueda volar lejos. Ya que al parecer seguirá zumbando usted, al menos mejorará su destreza aero... ¿cómo es la palabra?

—Aerodinámica

—Eso. Definitivamente, es usted una mosquita brillante. Aquí está el libro de física, y gracias por su presencia aquí

—Pero este libro es gordo. Y yo no me canso por leer mucho, al contrario. Pero le recuerdo que mi vida es brevísima…

—No hace falta que lo lea entero, señora. Puede ir… picando, aquí y allá. Distraídamente, como los que leen en Internet. Hagamos una prueba: ábralo y escoja cualquier párrafo

—Como comprenderá, este libro es inmenso para mí. Y pesa mucho para que yo lo abra, ¿cómo se le ocurre? No podría ni darle vuelta a una página siquiera. Ni con la ayuda de veinte como yo…

—Tiene usted razón, ¡qué torpe soy! Perdone… Lo abriré yo por usted, señora. Así, por la mitad. Pósese en el libro abierto y lea, no sea tímida

—Tan amable usted… A ver, ya me posé… Las letras son muy grandes para mí, ahora que lo veo abierto. ¿Dijo que es de física? Qué raro… no parece que haya fórmulas en él… ¿Quién es el autor?

—Stephen

—¿Hawking?

—Casi…



 






   
©  Bonifacio Álvarez