miércoles, 11 de julio de 2018

Un seco chasquido.


        

 Primer relato breve de una serie de 7 "errores capitales", que iré publicando de forma salteada. En esta primera entrega, la soberbia.





                                                          



                                                               

                                                            UN SECO CHASQUIDO     




 Basilio era el rey de la carpa, y se alimentaba del júbilo enfervorizado del público, que le hacía rozar la estratosfera. Era el mejor, pero le podía la soberbia. Así que trataba de manera altiva a los otros artistas del circo y a la gente en general. Levantaba mucho su frente propia, con orgullo, pues sabía que estaba literalmente por encima de todas las cabezas de las demás personas: nadie volaba tan alto en la carpa como él, ni de forma tan resuelta y vigorosa. Fue el mejor trapecista en su momento, pero corría demasiados riesgos… 

Le advirtieron de que aquel cuádruple salto mortal era suicida, máxime cuando él lo hacía sin protección alguna durante la función abierta al público. En los ensayos, el dueño del circo lo obligaba a usar la red. La ironía fue que esta falló en uno de ellos, justo cuando Basilio midió mal la cuarta voltereta y cayó al vacío. El anclaje de la red cedió a su peso, y él se rompió la cadera de cuajo, con un seco chasquido. Le pusieron una prótesis metálica. Pero le quedó una leve cojera de por vida, y eso lo condenó a abandonar su lugar privilegiado en el trapecio. 

 El seguro del circo le recompensó bien. Pero él era un artista, y necesitaba el calor de los aplausos, aunque fuese a ras de tierra. Ya no buscaba la fama como tal, pues la había saboreado lo bastante en su carrera, y además su grave accidente lo volvió menos ambicioso…

 Conservaba el mismo engreimiento altanero, eso sí. Incluso se tornó más petulante y prepotente que nunca. Y ello para compensar su minusvalía, que le hacía sentir mermado física y emocionalmente también. El Gran Basilio ya no se sentía tan grande por dentro, aunque pretendiese que aún lo era, delante de la gente. Y esa frustración suya le hacía empeñarse en empequeñecer a los demás. Sobre todo a los más débiles…  

 Al público solo le pedía ya un poco de apoyo. Consciente de que nunca más podría volver a encandilar a la audiencia oscilando cual leve mariposa algunas veces, amarrado al trapecio, y otras cayendo en picado libremente y de cabeza como ave rapaz desde lo más alto de la bóveda del circo. Por eso ahora se maquilló la cara a ras de suelo, como un vulgar payaso anónimo. Pero su cojera inevitable le causó lástima al público, y no risa, aunque él trató de exagerarla para que fuera graciosa… Solo obtuvo murmullos de estupor adulto e infantil, entonces. Y el llanto chillón de algún bebé asustado, que le estremeció el espíritu de una manera chocante. Como si esa fuese la melodía misma del fracaso, desconocida hasta entonces para él. 

 En un último intento por seguir trabajando en la pista, se le ocurrió actuar como hombre bala. Para eso su cojera no importaba mucho, y pensó que así podría recobrar un poco de su antigua faceta de Ícaro ingrávido, también. Se ofreció para sustituir al proyectil humano oficial del circo, que se había dañado el cuello por girar unas décimas de segundo tarde en el aire, al acometer la red. Tras haber salido catapultado del cañón a más de cien kilómetros por hora, como era preceptivo.  

—Esto no es para ti, créeme. Este cañón supone demasiado riesgo en tu caso— Trató de disuadirle el operario de aquel artilugio cilíndrico, un hombrecillo que no sobrepasaba el metro y treinta centímetros de altura. Basilio soltó una carcajada sarcástica, pues le pareció ofensiva la advertencia:

— ¿Lo dices en serio, payasete canijo? ¡Soy El Gran Basilio, el rey del trapecio!— Exclamó, con indignada arrogancia—; flotaba como una pluma en el aire haciendo todo tipo de piruetas imposibles hace tan solo unos meses, desafiando la muerte sin red: día tras día y función tras función. ¿Ya no lo recuerdas, pigmeo mequetrefe?— Se vanaglorió, sacando pecho—. ¿De veras crees que me da miedo que me disparen hacia una redecilla bajo la carpa? —Recalcó— ¿Piensas que me impresiona, justo a mí, volar treinta ridículos metros en parábola con un casco en la cabeza y disfrazado de payaso?

—Repito: no conoces el verdadero riesgo implícito —El hombrecillo insistió, inflexible—. El peligro no es el que tú piensas, es distinto. Puede ocurrir algo muy serio, y se trata de hacer las cosas bien —aclaró—. No es cuestión de riesgo físico, entiende, es cuestión de protocolo— Sentenció el pequeño payaso encargado del cañón, algo enigmático.

— ¡Cállate ya, enano patético, y ensayemos el disparo! Tú a lo tuyo, y no me des lecciones. Solo eres un simple subalterno, no lo olvides. Yo soy El Gran Basilio— El trapecista cojo le ignoró con altivez, impaciente por ponerse a prueba ya.

—Sí soy un enano, pero tengo un nombre —El otro reaccionó con pundonor, estirando el espinazo lo máximo que le permitía su limitada estatura—: Me llamo Giorgio, no olvides tú eso. El Pequeño Giorgio, en mi caso —recalcó, con orgullo—. Mi nombre significa “hombre de campo”. Mis padres eran humildes labradores toscanos, que trabajaban de sol a sol a pie de tierra y sin elevarse mucho, como yo. Sí sé cuál es mi sitio, pero tengo dignidad. Es cuestión de protocolo, ya te dije…

— ¡No me cuentes tu miserable vida ahora! ¿Qué más me da tu nombre, estúpido muñeco? ¡Tú no tienes nombre, además, renacuajo imbécil! —Basilio perdió del todo la paciencia y los modales—. Escúchame bien: tú nunca serás nada —Se agachó y alzó al pequeño Giorgio en vilo por la solapa fácilmente, con su hercúleo brazo curtido en el trapecio—. Tu nombre es un vulgar chasquido seco, que se perderá en el tiempo y no le importará a nadie… El mío sí es insigne, e inmortal: «El Gran Basilio, el mejor trapecista del planeta», así decían los periódicos y los carteles. Y así me recordará siempre la historia del circo, no lo dudes —sentenció, soltando a Giorgio al fin de forma brusca y haciéndole caer casi—. ¡Lánzame ya a la red o te lanzaré yo a ti sin ella y sin el casco, y desaparecerás del mundo hoy mismo! —Lo amenazó con descarnado desprecio. Oscilando un poco ahora él mismo en su equilibrio a causa de su pierna mala, cuando se subió él solo a una larga escalera, para alcanzar la elevada entrada del cañón.

 El otro apretó la mandíbula y obedeció en silencio. Sin amedrentarse tampoco, pero sin insistir ya más en disuadirle. Tragándose el orgullo de la afrenta emocional y física, cuando se preparó para accionar el mecanismo del cilindro gigante, con un sordo chasquido... En su rostro se dibujó un asomo de sonrisa primero, cuando vio a Basilio tambalearse en la crujiente escalera de madera. Y brilló un leve destello de malicia en sus ojos almendrados cuando lo vio entrar al cañón… El ensayo salió bien, a fin de cuentas. Pero al día siguiente, con la carpa a rebosar de espectadores, sucedió algo insólito en plena función. En medio del ruidoso bullicio del público, el animador de la carpa anunciaba, tras una épica fanfarria, que el hombre bala del circo iba a ser catapultado de forma inminente. Aunque la relativa farsa de aquel número circense pretendía que el cañón era uno auténtico, con pólvora. Y no un mecanismo de aire comprimido que empleaba un sistema hidráulico para catapultar lejos al arriesgado acróbata con gran potencia y riesgo, eso sí.

—Apunta bien a la red, enano bobo. Como yo sufra el más mínimo rasguño, serás carnaza de los tigres— Basilio, vestido de arlequín pero con casco, se dirigió con el desdén de siempre a Giorgio, que ignoró su menosprecio en apariencia. Y luego entró en aquel tubo enorme pero estrecho. Subiendo esta vez a la elevada boca del cañón con la asistencia de otros dos payasos, que le ayudaron a disimular su tosco equilibrio en la escalera. Fingiendo entre los tres un enredo chistoso ensayado, que hizo reír con fuerza al público.
  
 Entretanto Giorgio, el pequeño operario del cañón, vestido de clown él también,  prendió una larga mecha, para causar una leve explosión pirotécnica de adorno mediante un simple petardo. El paso siguiente era activar con disimulo, de forma inmediata tras la detonación, el mecanismo hidráulico de catapulta para hacer volar fuera a Basilio. Por medio de un simple golpe de palanca. Y con un seco chasquido inaudible para el público, pero bien obvio para el proyectil humano, que lo podía escuchar de forma nítida en el relativamente aislado interior hueco del cilindro… Como el cañón debía inclinarse hacia arriba cuarenta y cinco grados, y él estaba embutido dentro y con sus manos lejos del alcance de su borde, Basilio no tenía otra forma de salir de allí que siendo catapultado, de hecho, o con la misma ayuda ajena que requirió para entrar. El cilindro por dentro era liso y resbaladizo, además, y no había forma de hacer pie para trepar por él y tratar de salir fuera, aunque uno tuviese sanas las dos piernas… Pero Basilio sólo pensó en hacer correctamente su trabajo. Puso el cuerpo muy recto, para proyectarse fuera bien sin sufrir lesiones. Y el maestro de pista del circo efectuó la cuenta atrás, a coro con el público: «5, 4, 3, 2, 1…»

 Sonó la explosión ornamental, y se formó una nube de humo blanco que envolvió el cañón por un instante. Pero Basilio, que tensaba ya su anatomía para la eyección violenta, no escuchó el consecutivo chasquido mecánico esperado, previo al vuelo hacia la red. Por más que aguzó el oído, no lo oyó. Nada se movió en el cañón, tampoco él mismo… Y el sonido ambiente hueco pero audible, que llegaba hasta su encierro en el cilindro a través de la boca del cañón, fue en suave descenso, lo mismo que la cuenta atrás previa a la detonación de adorno. La alegre marcha musical que acompañaba al número fue lo primero que se apagó, en un fugaz decrescendo. Luego, el público dejó de aplaudir, gritar y jalear. Su algarabía se convirtió rápido en un murmullo a media voz. A la vez que se escuchaban mil discretos pasos que abandonaban la carpa lentamente, casi de puntillas. Entre cuchicheos y risitas ahogadas que parecían mofarse de Basilio… Los focos del circo se apagaron de golpe, también. Y Basilio quedó encajado en el cañón, en un silencio y oscuridad completos. Confundido, tenso y sudoroso, intentando asimilar lo que ocurría:

— ¿Hay alguien ahí fuera? —Trató de hacerse notar— ¿Hola? ¿Me escuchas, amigo? — Intentó recordar el nombre del diestro operario del cañón, pero sin dar él en la diana—; ¿Estás ahí, Genaro? ¿Fabrizio? ¿Doménico? ¿Niccolo? ¿Cómo demonios te llamabas? ¿¡Hay alguien ahí, maldita sea!?

 Con un nudo en la garganta y atravesado por el pánico, escuchó de pronto un gemido agudo, que le recordó al llanto infantil del fracaso que le había lacerado el alma cierta vez… Miró arriba hacia la boca del cañón, completamente oscura. Y sintió un atisbo de esperanza, cuando dos grandes ojos almendrados le devolvieron la mirada, brillando en la penumbra.

— ¿Eres tú…? ¡Perdóname por favor, Enrico… Marcello… Leonardo… como sea tu nombre! ¡Deja ya la broma, por lo que más quieras! ¡No te volveré a humillar, te lo juro! ¡Ya no me tortures y sácame de aquí! ¡He aprendido la lección, créeme!

 Los ojos pestañearon por toda respuesta. El gato abandonó de un salto la negra boca del cañón, con un nuevo maullido, haciendo crujir la escalera. Y El Gran Basilio ya nunca volvió a ver ni escuchar nada… Aparte de sus propios e inútiles gritos y golpes de impotencia, que se terminaron extinguiendo en el cilindro, a la larga. Como si fueran el eco de un vulgar chasquido seco que se pierde en el tiempo y no le importa a nadie. 









© Bonifacio Álvarez








viernes, 29 de junio de 2018

¡Qué caballo tan bonito!


  






 Vivimos una vida estresante, apresurada, pero no somos como caballos de carreras. Ojalá. Somos más bien como el galgo de un canódromo. Seguimos, de manera irracional y apresurada, la gris estela de una impersonal liebre mecánica, que ni podríamos alcanzar jamás ni nos alimentaría de verdad aunque lográsemos tocarla, debido a que es sintética. Y la perseguimos sin saber bien por qué tampoco, y sin disfrutar de veras la carrera. Así son la mayoría de personas en este alienado mundo posmoderno. Y así era yo también… hasta esa imborrable tarde en el cine.


 No me crean todo lo que les voy a contar en adelante. No cada detalle, al menos. Aunque los detalles sí que importan, y eso lo he logrado aprender bien. Digamos que mi singular historia es el sueño de una tarde de verano, que se desvaneció en la noche… aunque duró luego eternamente. 


 Como hacía siempre, dejé que Marta escogiera la película aquel viernes. Me daba igual una que otra. No me fijaba en los matices por entonces, ni mucho menos me detenía a disfrutarlos. Solo quería evadirme, rápido y fácil. Con tal de que el film no fuera de terror o un romance ñoño, me bastaba. Las cintas de miedo me producen carcajadas, en eso no he cambiado. Y las románticas me aburren, aunque en eso sí que soy distinto ahora: antes, además de sueño, también me daban risa.


 Y no fui yo el único que cambié espiritualmente aquella tarde, créanme. Fueron muchas y variopintas las personas que sufrieron una similar metamorfosis interior. En realidad, todas las que llenaban aquella sala de cine… La cinta que escogió mi esposa por mí, era una de tantas de acción extrema y violenta. Se desarrollaba en un entorno estrictamente urbano, y trataba sobre el atraco al casino de una moderna metrópoli, erigido este junto a un lago natural. Apenas comenzó la proyección, la enorme pantalla se llenó de encapuchados con armas automáticas, códigos de seguridad violados, vigilantes discretamente narcotizados con cerbatanas, y otros masacrados en un intercambio de disparos cuando aparecían de improviso para intentar frenar el robo. Luego, una escapada grupal del comando atracador en helicóptero desde la azotea del casino. Y en una lancha rápida después, cruzando el lago. Tras haber hecho estallar en una bola ardiente la aeronave que aterrizó en la misma orilla. Para borrar, así, las huellas de los sofisticados delincuentes y, de paso, marcar también la escena a fuego en las absortas retinas de los espectadores.


 Y eso solo fueron los diez primeros minutos de metraje. Todo así de frenético, saturado y extremo. Nada que ver con un entorno bucólico campestre… o con caballos. Salvo el pacífico lago natural plagado de árboles, que servía de vulgar telón de fondo estético. Con el que darle a las tensas meninges de los espectadores un fugaz respiro tras el desbocado prólogo, hasta la siguiente catarata de acción vertiginosa.


 Y en realidad, eso fue todo lo que vimos con atención los allí presentes, esa primera secuencia trepidante con la que arrancaba la película. Fui yo quien, para el bien común aunque no adrede, lo interrumpí todo de golpe. Y aunque puse fin, sin pretenderlo, a la proyección en la pantalla, terminé cambiando el guion de muchas vidas. Allí mismo, sin salir de la sala de cine. Si bien lo que yo hice no fue nada espectacular tampoco, como sí que ambicionaba serlo la película que privilegiaba el efectismo. Simplemente, no pude evitar fijarme en aquel caballo tan bonito…


 La lancha rápida de los atracadores, con ellos mismos y con su jugoso botín guardado en bolsas dentro, desaparecía ya en la lejanía. Dejando una estela de espuma en la mansa superficie natural lacustre, que contrastaba con el retorcido esqueleto industrial del helicóptero envuelto en crepitantes llamas… Y en ese instante, cuando la cámara se elevó para ampliar la panorámica y captar mejor la rauda huida de la lancha, un hermoso caballo blanco invadió la escena al trote y desapareció enseguida. Fue visto y no visto, pero fue inolvidable también. Estoy seguro de que aquel bello animal salvaje se cruzó espontáneamente frente al objetivo cuando el equipo de filmación rodaba la secuencia. La estructura de la aeronave en llamas era claramente real, no un superpuesto efecto digital de quita y pon. Así que supongo que dejaron la escena como estaba, para no tener que repetirla invirtiendo más dinero y esfuerzo. Además, el espontáneo equino creó un bello contraste épico con las llamaradas gracias a su bruñida piel blanca, su tensa musculatura poderosa y su dorada crin al viento destellando con el fuego. Fue solo un mágico instante, que a mí me dejó embobado. Y en la penumbra de la sala en relativo silencio, no pude reprimirme:


— ¡Qué caballo tan bonito! —dije a Marta, en un susurro más bien alto. Y ella me miró un segundo, incrédula. Soy de los que odian molestar en el cine, y también que lo hagan otros. No sé qué me pasó. Pero como me ignoró, insistí.


— ¡Calla, me distraes de la película! —protestó.


—Es que es un caballo muy bonito, no me digas que no —Persistí, cuando no quedaba rastro del animal en la pantalla, que mostraba ya la siguiente secuencia con los atracadores repartiéndose el botín con euforia en un garaje.


— ¿Qué dices? ¿Qué caballo? —Ella no daba crédito ni recordaba ya al bello animal, aunque lo había visto bien igual que todo el cine, hacía tan solo un minuto.


— ¿Cómo? ¡Pues ese blanco tan bonito! ¿Cuál va a ser? —Me indigné yo, subiendo cada vez más el tono de voz sin darme cuenta. Marta se contagió y elevó la voz también un poco, tras meditar un segundo.


—Ah sí, el del lago —dijo—. Sí, sí que era bonito. Ya calla, veamos la película —sentenció, algo tensa. No quería que nos regañaran por el bisbiseo, que había subido al nivel de un murmullo ya.  


— ¡Qué espécimen tan impresionante! —Yo seguí en mis trece, sin ceder—. ¿Recuerdas la exhibición de potros que vimos en Cádiz? ¡Qué bello espectáculo! Y lo bien que lo pasamos...


—Sí me acuerdo —replicó ella, un tanto incómoda— Calla ya, o nos llamarán la atención— dijo. Temía más el qué dirán, que el hecho mismo de molestar nosotros al resto del aforo con el murmullo que subió de volumen.


—Luego fuimos de ruta ecuestre en grupo —Insistí yo como si nada, y casi a viva voz—. Por poco te derriba aquel percherón un par de veces, ¿te acuerdas?


—Es que el bicho ese era nervioso— replicó ella, de pronto relajada y con la voz algo fuerte también— ¡Qué miedo pasé! Aunque también fue emocionante.


 Al final sí que incordiamos a la audiencia, cuando nos desentendimos los dos de la película a la larga. En la fila de enfrente, un joven hípster se molestó con nuestra charla a media voz, aunque él tampoco se fijaba mucho en la pantalla grande…


— ¡Ya dejen de hacer ruido! —protestó cuando lo distrajimos de su Tablet, en la que husmeaba buscando ofertas de comida macrobiótica.


— ¡Pero si no estás viendo la película, hombre! —Me defendí yo— ¿Qué te importa? ¡Estamos hablando del caballo, déjanos en paz!


— ¿Qué caballo? —preguntó, desorientado, el barbudo treintañero, que ignoraba adrede aquella cinta meramente comercial, tras haber entrado en la sala por error creyendo que proyectaban una de Wes Anderson. Aclaré su duda y tuvo que darme la razón, pues había visto el prólogo de la película de reojo: “Sí que era un caballo guapo, sí” —aprobó, y volvió a concentrarse en su tableta.


— ¿Se quieren callar todos? ¡Qué falta de respeto!—protestó, rabioso, un señor maduro, al otro lado del pasillo que dividía en dos el patio de butacas. Y hubo un ostensible murmullo general de indignación en el cine, que secundó su reprimenda, al principio al menos… 


— ¡No se meta! Hablamos del caballo del lago —Le reconvino a viva voz el hípster, con un ojo en su dispositivo.


—Sí, ese blanco tan bonito. ¡No me diga que no se fijó en él! —Le secundé yo, feliz al encontrar apoyo en alguien más que en Marta. 


—Ah, ese —Meditó el señor enojado, calmándose de pronto— Pues sí, sí que era un animal hermoso. Un camargue francés, creo yo…


— ¿Un camargue? ¡No me haga reír, no tiene usted ni idea de caballos! —Le rebatió, escandalizado, otro señor de edad provecta sentado un par de filas adelante—. ¡Era un lipizzano, hombre! —aseveró—. Los camargue son gris claro, no blancos. Y no tienen tanta alzada— Le instruyó.


— ¿Está seguro? —El otro dudo aún.


— ¡Pues claro! Me crie en el campo, entre caballos. Soy de Conil de la Frontera, en Cádiz, no le digo más— sentenció el experto.   


— ¡Qué casualidad! Yo soy de Hozanejos, muy cerca de Conil. ¡Casi somos vecinos! —exclamó a viva voz entonces, con desparpajado entusiasmo, un tercer señor de edad madura, desde la altura del anfiteatro él. 


— ¡En Conil estuvimos nosotros de ruta ecuestre, y nos encantó el lugar! ¡Fue una experiencia increíble! —Dijo Marta, a voz en grito, feliz con la doble coincidencia. Levantándose ella incluso de su asiento del patio, para que el tercer señor pudiera oírla bien desde arriba. Marta, tan discreta y apocada siempre, se había motivado en exceso al final. Así que la tuve que sujetar del hombro para que volviera a sentarse y no armara tanta bulla.


— ¡Qué algarabía tan inconveniente! ¿De qué hablan?— preguntó a su esposo una señora en la primera fila de butacas, cuando en la retaguardia ya todo se había vuelto un desenfrenado parloteo. Era un tanto redicha esa mujer. Y muy estirada también, incluso para aposentarse, rígida, en su butaca. Entre ella y su esposo, se sentaba una esbelta niña de diez años, hija de ambos. 


—Hablan del caballo ese tan bonito que salió al principio, creo —respondió él—. ¿No te fijaste, cielo?


—Sí claro. La verdad es que era un caballo elegante y con buen porte —asintió la mujer—. Con mucha clase, diría yo.


— ¡Yo quiero un caballo! —gritó la niña.


— ¡No seas caprichosa, hija! —La reprendió el padre, aleccionado por su esposa que levantó una ceja con disgusto—. ¿Cuántas veces tenemos que decírtelo? Tendrás un caballo y lo que tú quieras si estudias bien, ya sabes… —La estricta madre asintió al aprendido sermón con la cabeza.


 En el resto de filas y butacas del cine a pleno aforo, se reprodujeron conversaciones parecidas. A los cinco minutos de mi primer murmullo a Marta, que desencadenó la verborrea colectiva, ya nadie hacía el menor caso a la película. Pues ya todos hablaban del caballo en la sala, admirativamente siempre aunque en diferentes términos. A viva voz, para compensar la megafonía fuerte del film. Y de manera distendida, como si estuvieran al aire libre en una concurrida feria, en vez de en una sala de proyección climatizada pero cerrada a cal y canto. 


 Fue tal el pacífico alboroto masivo, que el encargado de la sala ordenó prender todas las luces, creyendo que se estaba produciendo algún tipo de altercado serio entre los espectadores. Incluso se personó él en la sala, acompañado de un vigilante de seguridad del multicine. Y entonces le sorprendió ver que todos charlaban allí animadamente y de buen tono, sin pelea alguna. Unos de pie invadiendo el pasillo, otros sentados en la moqueta del corredor mismo o bien correctamente, en sus localidades asignadas. Y otros apoyando las manos en el respaldo de su butaca abatible, para departir amigablemente con el desconocido que se sentaba justo detrás. Sin atender ninguno a la proyección en la que los atracadores previamente alborozados con su éxito en el robo, sí que se dejaban llevar ellos por la ira en la ficción de la película. Y terminaban traicionándose y asesinándose unos a otros por codicia, pues cada uno acabó queriendo quedarse para él todo el botín…


 Pero a ninguno de los presentes le importaban ya los entresijos narrativos de la trama que mostraba la pantalla, a la que dieron la espalda de manera unánime abstraídos en el comadreo generalizado. Así que se mostraron ellos también muy sorprendidos, cuando el gerente del cine irrumpió, alarmado, junto al circunspecto vigilante, pidiendo explicaciones:


— ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Qué escándalo es este?


—No pasa nada, tranquilo. Hablamos del caballo ¿No lo vio usted?—Le puso al día el señor maduro del anfiteatro, que había bajado hasta el patio de butacas para conocer de cerca a su vecino geográfico.


— ¿Qué caballo ni qué…? —El gerente no daba crédito. Y traté de ofrecerle una explicación mejor yo mismo, aunque tampoco quedó muy convencido. Subrayó que él solo era un empresario. Y que, por tanto, su trabajo no era molestarse en ver todos los estrenos que se proyectaban en sus salas. Ni mucho menos su labor era fijarse en si salía de refilón en tal o cual película un “bonito caballo” o un vulgar y feo escarabajo volador, lo cual para él venía a ser lo mismo y además le importaba un comino.


 La arbitraria comparación con el vulgar insecto me sonó ofensiva. A mí y al resto de los concurrentes, que le dedicaron al encargado del cine un sonoro abucheo cuando él osó referirse a nuestro admirado amigo con semejante menosprecio frívolo. Para apaciguar los ánimos y darle al gerente una ocasión de rectificar y congraciarse con todos, se me ocurrió solicitarle que le pidiese él mismo al operador de la cabina que volviese atrás la película, para proyectar de nuevo la imagen del hermoso caballo albino en la pantalla también blanca. Todos aplaudieron literalmente mi ocurrencia, con júbilo « ¡Sí, que salga el caballo! ¡Queremos verlo! ¡Queremos ver a Trotador!» Reclamaron a coro, no sin cierto delirio cuando llegaron al extremo de bautizar al animal de la pantalla igual que a un tótem. Y todo ello para pasmo del boquiabierto empresario, que creyó estar siendo víctima de algún tipo de broma pesada.  


— Pero rebobinar la proyección… No sé, no hay precedentes... Va contra la política del cine interrumpir una película en marcha— objetó el gerente, visiblemente nervioso. Muy descolocado con mi particular ruego, que apoyaron todos.  


—Da lo mismo, hombre, total nadie la está viendo— Le animé yo, sin faltar a la verdad.


— Además, son todas iguales hoy en día —intervino el vigilante jurado, en favor mío—. Las tomas de circuito cerrado que veo en mi sala de control tienen más chicha, que ya es decir —sentenció con ironía—. Y eso que solo salen allí perros meando en el farol que hay en la calle, y gente dentro haciendo cola en la taquilla y sacándose los mocos o mirando el móvil —explicó—. Es muy aburrido, créanme. Una vez sorprendí a un chico tecleando en el teléfono y hurgándose a la vez, y casi le jaleo dando palmas.  


Al final el gerente cedió a la presión general. Y acudió en persona a la cabina del  proyeccionista, que tardó un poco en situarse:


— Pues eso, que quieren ver de nuevo no sé qué caballo, están chiflados —le explicó el dueño del cine a su empleado—. Ya pagaron la entrada todos, así que por mí como si les proyectas tu culo peludo en cinemascope. Pero haz algo y hazlo ya, no sea que se amotinen en serio y me destrocen el local. 


— ¡Ah, el caballo ese del lago! —El proyeccionista hizo memoria—. Pues sí, es un caballo muy chulo, la verdad… Puedo rebobinar el disco duro de la peli, pero el caballo solo sale unos segundos… ¿Y después?


— ¡Pues ponlo en bucle, joder, que para eso me dejé un riñón en el proyector digital nuevo! 


 El subordinado obedeció e hizo eso exactamente: puso en bucle la imagen del caballo, a la que quitó el sonido para que este no chirriase mucho al repetirse. En su lugar, activó una suave música ambiental, gracias a la aplicación de su Smartphone con la que podía controlarlo todo cómodamente a distancia. Y luego acompañó a su jefe a pie de sala, en donde los espectadores celebraban ya con alborozo la muda reaparición del animal hermoso y libre. Como no sufrían ya el zumbido machacón de los altavoces envolventes, pudieron escucharse mejor unos a otros, y la relajada charla mejoró mucho en adelante. Nada más ver la imagen del caballo proyectada a gran escala, el gerente del cine tuvo que admitir que el animal era sublime. Así que se adhirió, sin más, al clan de iniciados en el esotérico culto al Espécimen Que Unió Ilusiones y Nunca Olvidamos. Pues, de hecho, el hermoso equino habría de perdurar para siempre en la memoria de todos los que estábamos allí. Persistente en ella lo mismo que su estilizada silueta repetida ad aeternum igual que en una cinta de Moebius en la pantalla del cine aquella tarde.


 Para engrosar el grupo incluso más, se sumó a la repleta sala de cine gente externa, atraída por el animado ambiente nuestro. Entre otros, el personal de limpieza y de taquilla. Y también algún que otro espectador de los que habían terminado de disfrutar la sesión previa de un estreno distinto en otra sala. Se añadieron también los que vendían cubos de palomitas y refrescos fuera, que repartieron sus golosinas gratis entre los presentes con la satisfecha aquiescencia del dueño del negocio. Al final, aquello era una fiesta. Apareció también allí inesperadamente, empujando su carrito, un vendedor callejero de gofres y perritos calientes que se colocaba siempre a la salida del cine de forma estratégica. Y muchos en la sala, hartos de las palomitas, le compraron gofres. Pero casi ninguno quiso probar las salchichas, por miedo a que contuvieran carne de caballo… La excepción la hizo el barbudo hípster de la Tablet. Al que tentó el olor de los perritos con mostaza y pidió uno, pese a llevar años siguiendo una estricta dieta macrobiótica. Pero es que allí cambiaron muchas cosas, de repente. Todos los de aquel local, tan desconocidos y tan diferentes unos de otros, nos sentimos un poco menos rígidos, más confiados y más libres. Más humanos, en suma. Y algo más cerca de las demás personas, pues sufrimos una sutil metamorfosis. La cual fue imperceptible en apariencia, pero profunda en esencia a partir de aquel detonante anecdótico de gallarda estampa y sueltas crines.


 El propio hípster hizo buenas migas con el proyeccionista, al que invitó a un gofre. Pues compartían ambos la misma preferencia por el cine independiente y no adocenado y fabricado en serie, aunque solo el barbudo se encaprichó con las salchichas. Los dos maduros vecinos gaditanos se hicieron amigos, allí mismo. Y hasta descubrieron que tenían ciertos lazos familiares, gracias a su desenfadada charla mutua. Marta se animó a unirse a ellos. Y abandonó ya cualquier atisbo de timorato retraimiento, al contagiarse por completo de la natural extroversión de los dos hombres de campo. Confesando a ambos sin asomo de vergüenza y mediante una desinhibida mímica incluso, sus ridículos apuros con el inquieto percherón aquel de nuestra antigua ruta ecuestre, por una vez sin miedo a ser juzgada o sufrir burlas.


 El vigilante de seguridad convenció a los inflexibles padres de la primera fila, para que dejaran a su pequeña hija prepararse como bailarina —lo cual era su sueño— sin abandonar por ello los estudios. Cuando esta demostró allí mismo que era literalmente flexible ella sí, logrando tocar su propia nuca con la punta de un pie antes de hacer un salto de media luna sin manos. Para rematar la exhibición circense y con la ayuda de un pequeño empujón del vigilante como arranque, la chiquilla cruzó el largo pasillo enmoquetado entre butacas por medio de un agilísimo flik flak múltiple de espaldas, que arrancó un aplauso entusiasmado de los allí presentes. Luego, el proyeccionista usó su movil para hacer sonar distintos géneros de música en la sala, a petición del respetable y como si fuera él un disc jockey. La niña acróbata se esforzó tratando de enseñarle a su patoso padre algunos pasos de street dance. Y luego su encorsetada madre demostró ser mucho más dúctil de lo que cabría esperar de ella, cuando se soltó a bailar tanguillos de Cádiz con los dos oriundos de esa tierra, y con bastante estilo por cierto... Yo me abracé después a Marta en un íntimo bolero. Mientras los padres de la niña hacían lo propio, y ésta le enseñaba ahora la sencilla rutina del bolero al agarrotado hipster, que en su vida había bailado cosa alguna y la pisó varias veces... Después, el gerente del cine se defendió bien bailando un tango con una taquillera. Al unísono con el vigilante de seguridad y el proyeccionista, que improvisaron como pareja masculina, sin complejos. Finalmente, sonó un alegre pasodoble que bailamos todos. 


 Al final y entre ocurrencias, bailes, conversación y risas, la espontánea verbena se prolongó hasta bien entrada la noche, con el caballo en bucle como telón de fondo. Cuando abandonamos el cine por fin, nos sentíamos distintos. A nosotros mismos y al resto de la gente, que nos vio emerger del edificio como si hubiésemos salido vivos de un naufragio. Con el manso abatimiento dulce que sigue a la vorágine marcado en nuestros cuerpos cansados. Y también en nuestros rostros imbuidos de una especie de paz lánguida, que más bien era alivio por haber vuelto a pisar el suelo firme después de nuestro arrebatado ensueño. Todos sentimos la bendición del relente nocturno en la piel al dispersarnos en la puerta como él se dispersó en nosotros: ingrávido y fresco, igual que un aire nuevo. Y más de uno miró arriba, buscando alguna rutilante estrella en la tupida contaminación lumínica.   


 Todos cambiamos, sí, desde aquella singular jornada. Estoy seguro de ello, aunque nunca volví a ver a los que nos acompañaron en la sala. Yo mismo, como les dije, empecé a saborear mejor la vida y sus matices más pequeños. Y Marta dejó de ser tan introvertida y paranoicamente cautelosa.


  Al día siguiente de nuestra singular experiencia en el cine, leí por vez primera el periódico de cabo a rabo, hasta los anuncios. Aunque la curiosidad me picó fuerte. Así que, antes que nada, busqué la crítica de la película sobre el atraco al casino, en el espacio de la sección de cultura que firma cada sábado un célebre analista. Ya saben, ese tan amargado y gafapasta que siempre encuentra pegas…


 Pues resulta que le encantó la película al tipo. En su entusiasta y pormenorizado panegírico, tuvo encendidos elogios para todo: el director, los actores, el guion, el sonido, la escenografía, el vestuario, y hasta la efectista explosión del helicóptero. No dejó un aspecto visual, sonoro o narrativo sin reflexión ni halagos. Ni uno. Pero, aunque sé que les parecerá inaudito, no hizo mención alguna al caballo. Ni una sola palabra, se lo juro. Ni una maldita referencia a un caballo tan hermoso en toda su detalladísima reseña. ¿Pueden creerlo?


 Aunque tampoco es tan extraño, así son los críticos siempre. Está claro que el muy idiota ni siquiera vio la película.







©  Bonifacio Álvarez.


"Caballo en movimiento", de Eadweard Muybridge.