sábado, 9 de diciembre de 2017

Te olvidaste de los árboles














 Les dejo un poema propio ecologista de verdad, es decir: que no pretende serlo. Y con más de una lectura posible. Que lo disfruten (y la música, al final, si tienen tiempo).

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¿A qué le llaman distancia?: 
eso me habrán de explicar. 
Sólo están lejos las cosas
que no sabemos mirar.

Atahualpa Yupanqui.





Acodado en su pupitre de formica,
con su alameda de lapiceros de colores
en perfecta hilera en su cajita de cartón,
el niño dibujó una casa muy pequeña
bajo un árbol inmenso.
¡Qué exagerado! –Corrigió la maestra–:
no hay árboles tan grandes –dijo.

Podría ella haber imaginado
un exculpatorio hogar de gnomos
o una casita de pájaros.
Pero no, ella pensó con su prejuicio:
“No hay árboles tan grandes”.

Casi tiene excusa,
 pues ella fue a la escuela en un suburbio de cemento
cuando aún eran de madera los pupitres, sin embargo.
La escuadra, el gran compás, el cartabón, aún de madera.

Pero nunca vio un bosque de sequoias,
ni siquiera una aislada.
Olvidó cuando ella era chiquita
como su alumno ahora.
Diminuta y frágil frente a lo gigante –a los gigantes.
En su encierro urbano hostil sin el cobijo de los árboles.
Asfixiante sin la fresca sombra de los árboles.

(Ojalá cuando su alumno crezca poco o mucho,
como chato arbusto o colosal gomero   
no le diga a sus hijos:
“Los árboles ya no existen, niños”.
Aunque ellos –ignorados– sigan en pie en otro lugar.
Ellos, árboles e hijos.
Y todos ellos hijos de los árboles).

Quizás él no los olvide, pero tú los olvidaste.
Te olvidaste de los árboles, sí.
Eso es lo que faltaba en tu ecuación,
el error minúsculo que echó a perder toda la suma.
 (Te gustaba atesorar sus hojas en un álbum,
acariciarlas, distinguirlas, ¿lo recuerdas?)

Te olvidaste de los árboles aunque hay millones todavía.
Si perdieses solo un diente, lo echarías siempre en falta.

Pero tienes cierta excusa: ya van estando lejos.
No se pueden mover, pero se esconden de nosotros.
Su presencia fue envolvente antaño:
desde las cunas de madera
a los pupitres de madera
y los molinos de madera.

Y de madera (aún hoy) el ataúd bajo la tierra,
allí donde los amigos no te olvidan
según mienten las lápidas de mármol.
La madera no es tan fría y dice la verdad,
obedece al clima de manera fiel:
se dilata, se comprime, y casi nunca se congela...

Mas los árboles se vengan, no lo dudes.
Y no por derribarlos –eso lo asumen: es su muerte útil.
Se  lamentan de que ya no los busquemos
como rincón de juegos infantiles,
 de adolescentes besos escondidos.
Odian que ya no nos durmamos a su sombra.
Que ya no los llamemos por sus nombres
ni arañemos con los nuestros su piel dura.

Su muda ausencia –que hemos dejado de sentir–
nos derriba ahora a nosotros.
Y ellos nos entierran, cruelmente, en una caja.
Como antaño abrasaron brujas malas con ramajes
y clavaron a un judío bueno en un madero,
todo ello sin remordimiento alguno.

Y hoy, ­que somos mezcla turbia
–ni tan viles ni tan puros–
nos asfixia la nube de su incendio
sumada al sucio hollín del tráfico.

Pero ya no ardemos dentro como antes.
Ya no sentimos la pasión del fuego como antes.
Ya casi no contamos cuentos a la lumbre,
ni alimenta las calderas del ensueño
el humo enfurruñado de las locomotoras.

Solo manda lo eléctrico en la urbe.
En la cual aún quedan árboles pequeños,
alineados en aceras sucias.
Sin hojas casi, resecos y algo mustios
que se confunden con farolas,
disponibles como urinario de los perros.
(Los grandes requieren planes, automóviles,
excursión al extrarradio y fotos).

Pero tú te olvidaste de los árboles.
Frente al escaparate del bazar urbano
ya no puedes sentirlos
aunque todavía están ahí, en tristes réplicas.

Ahora ves también, tras un cristal,
ciervos falsos doblemente muertos.
Disecados sin haber estado vivos,
esclavos de una macabra danza cíclica
grabada en un circuito de silicio.

Perdido en la espesura de un bosque sin raíces
hecho de abetos navideños de plástico,
 el tendero sí recuerda los árboles.
Pero olvidó su olor para huir a la ciudad.
Necesitó olvidarlo para huir a la ciudad.

Olvidaste los árboles por amarlos malamente,
el peor enemigo es un amante tibio.
El que adora sin entrega, sin sentir la savia oculta,
pero exige el tacto y el abrazo obvios.

Cuando bastan el aroma,
la flor discreta, inaprensible.
La tenaz sombra, la raíz firme, el blando musgo,
y el sabor agridulce de las bayas.
(Quien abraza un árbol sin probar su fruto amargo  
se abraza a sí mismo únicamente)

Te olvidaste de los árboles,
que aún dibujan los niños en la escuela
bajo un orden estricto al evocarlos.
Sin desmadrarse mucho, sin licencias.
No sea que despierte en ellos lo salvaje
y latente en cada retoño de este mundo:
animal, vegetal o mineral.
Y decidan luego echar lejos sus raíces,
lejos de la inercia de un orden aprendido.  
  
Te olvidaste de los árboles, sí.
Pero no sólo a ti te falla la memoria.
 A veces las ardillas, ángeles del bosque,
olvidan dónde enterraron sus nueces
(¿En qué rincón, junto a qué árbol?).
El exacto lugar de su tesoro,
de su tímida avaricia.
 Y gracias al milagro de ese descuido intermitente
hacen que crezcan árboles de nuevo.







Bonifacio Álvarez.

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"El árbol que tú olvidaste", de Atahualpa Yupanqui:











miércoles, 29 de noviembre de 2017

El lugar de siempre










«Cuando era más joven, podía recordarlo todo. Hubiera sucedido o no».
Mark Twain.



                                                                                         -   I   -



Era el verano de 1980 y yo tenía doce años. Fue justo el año en que el calor comenzó a anticiparse, y el estío empezó a durar un día más en cada ciclo. Se hablaba ya mucho acerca del cambio climático, aunque en esa época nada se tomaba muy en serio. Todo era un espectáculo excesivo, histriónico: hasta el clima, hasta el arte, hasta la política. Igual que ahora, pero con mucha más pasión que ahora. El caos no sólo se observaba en una fría pantalla digital: se vivía a fondo, hasta en la sangre. Nuestra joven vida era como un cine de verano entonces. Un sueño artificial a media luz, cercado por las sombras de una incipiente madurez y proyectado en nuestra blanca piel al aire libre.  

 Los niños de entonces todavía jugaban fuera de casa, en cualquier parte. Y nosotros tres: Julio, Helga y yo, teníamos la misma edad y disfrutábamos de nuestra adolescencia en ciernes. Nuestra infancia se desvanecía insensiblemente, pero a flor de piel. A la vez que la ventisca empezaba a evaporar la sal del mar de Aral cuando éste empezó a secarse en Rusia, tan lejos de nosotros… Los dos chicos íbamos a la misma escuela, y nuestros padres eran amigos y veraneaban juntos en el pueblo. Ella era extranjera y estaba de turista allí ese año, así que la acabábamos de conocer tan sólo tres semanas antes. Tres éramos también nosotros. Y en ese breve tiempo, ya nos habíamos hecho muy amigos.

 Un día, Julio (aunque era junio aún) apareció algo tarde en el lugar de siempre. Y nos trajo a Helga y a mí la revista de divulgación científica que su padre compraba cada mes en cualquier kiosco y le regalaba a él después cuando ya la había leído. La abrió él mismo por la mitad. Pidiéndonos que no la tocásemos para no ensuciarla, pues para él todo lo procedente de su padre era sagrado. Nos mostró allí una fotografía de satélite del cuarto lago más grande del planeta. Que empezaba a desecarse seriamente, una vez que los soviéticos desviaron los dos ríos que lo nutrían, para cultivar algodón lejos de él:

—Mi padre dice que en cuarenta años no quedará nada del lago. Que será un cementerio de barcos en el desierto, y los camellos usarán las embarcaciones oxidadas para protegerse del sol.

— ¡Qué tontería! ¿Cómo va a evaporarse un mar? —dije yo, sin pensarlo mucho. Sin tomarme en serio el presagio fúnebre acerca de una amenaza natural que, en cualquier caso, me pillaba lejos en el espacio y en el tiempo.

—No es un mar, es un lago. Y ya se está secando, desviaron de él los ríos construyendo canales…

— ¿Y a quién le importa? ¡Eso está muy lejos! —protesté.

—Pero mi padre dice…

 Julio era demasiado serio y rígido, y para él su padre (con quien compartía la personalidad inflexible y arisca) lo era todo. Aunque su progenitor, exigente en extremo, le tenía a él por un chiquillo diletante en lo que hacía, sin compromiso para implicarse en nada y sin cerebro. Así que, para no sentirse mal con ese menosprecio, Julio le idealizaba siempre, y hacía todo lo posible para agradar a su padre y que se congraciara al fin con él.  De modo que la opinión de su padre (al que se empeñaba en parecerse más aún de lo que ya se parecía, con tal de ser aceptado) la hacía suya él también, y la defendía como irrefutable y sacrosanta. Julio no pensaba por sí mismo, estaba claro. Y yo, que sí tenía ideas propias (aunque aún débiles), no cedí entonces en mi indiferencia frívola hacia la catástrofe ecológica futura en relación al lago ruso. Pese a la sincera solemnidad con la que se expresó mi amigo, y pese a la fotografía satelital en blanco y negro en la revista como prueba... 

Por su parte, Helga se quedó pensativa, sin abrir la boca. Ambos la miramos, como esperando un veredicto. Era lista como un pez y no se dejaba pescar nunca. Por eso, la suya siempre era la última palabra, aunque su mente era escurridiza también y no siempre la entendíamos. Y a veces, también poseía ella el último silencio. E incluso la última risa desbocada. O la última mirada impenetrable… Pero simplemente se quedó meditabunda esa vez. Aplastando el labio inferior con su largo dedo índice, como hacía siempre que se abstraía en sus pensamientos. Y como siempre que sucedía eso, su solemne gravedad duró muy poco a fin de cuentas. Y la rompió con una sugerencia irónica, presa de una euforia repentina: «¿Quién quiere nadar? ¡Vamos! ¡Antes de que se evapore el río!»

 Dicho y hecho, nuestra amiga alemana de vacaciones en el pueblo, saltó por la inclinada borda de la barcaza fluvial varada en ruinas, que era nuestro lugar secreto de reunión todas las tardes. Se quitó la ropa en la orilla en un segundo, y se quedó con el bañador que traía debajo. Julio se desnudó también y la siguió. Era corpulento y ágil, y en un momento estaba ya nadando tras ella. Y yo, más escuchimizado y torpe que mis dos amigos, me animé el último y perdí el aliento con el súbito golpe de agua fría. Luego nadé como un perrito, mientras ellos parecían dos truchas de río en éxtasis, sorteando fácilmente la corriente y chapoteando con su húmeda y joven piel brillando al sol.

 Él nadaba mejor que ella incluso, pero no la alcanzó hasta que estuvieron ambos en la orilla opuesta. Allí, Helga le sorprendió amenazándole con la rama de un chopo de los que adornaban el cauce. Y forcejearon con fiereza con aquel objeto, medio en broma medio en serio. Cuando llegué por fin a donde estaban, ya habían dejado la pelea, con el agua en las rodillas. Y Helga ejecutaba con él una pantomima de las que improvisaba a veces:

—Yo te armo caballero —dijo, tocando los dos hombros de él con el palo retorcido.

—¿Y yo qué? —protesté, celoso.

—A ti… te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo… —improvisó ella con sorna. Provocando una fuerte carcajada en Julio, siempre circunspecto él, salvo cuando me veía en alguna situación ridícula. 

—No tiene gracia —Esquivé el burlón intento de Helga por ungirme la cabeza, que Julio me hundió entonces por sorpresa en la corriente, regodeándose. Me revolví furioso cuando tragué agua, y hubo un rifirrafe entre ambos que Helga apagó enseguida (a veces parecía un policía). Luego los tres nos sentamos en paz en aquella margen opuesta a la barcaza. Allí Helga tenía su propio lugar de lectura, con una vieja sombrilla clavada de forma precaria en la tierra quebradiza de la playa fluvial. Guardaba los libros —y otras cosas personales— en el tubo de un ventilador herrumbroso del desvencijado paquebote, que la corriente arrastró antaño hasta ese límite. Sacó un ejemplar del cilindro curvo y hueco. Lo hojeó bajo la sombrilla mientras nosotros nos secábamos al sol, indiferentes. De pronto, levanto sus grandes ojos verdes del libro. Y se nos quedó mirando con impostada seriedad:

—Y vosotros ¿quién decís que soy yo? —Nos espetó, con un asomo de irónica sonrisa. Pero no la entendimos. A veces decía cosas raras sacadas de los libros, que sabíamos sentir, pero sin lograr comprenderlas. Y a veces se le ocurrían cosas a ella misma. Y entonces sí las descifrábamos bien. Pero nos causaban un raro escalofrío íntimo, que no lográbamos dilucidar del todo hasta que lo meditábamos después cada uno a solas.

 Julio y yo éramos bien distintos, pero de alguna forma Helga lograba que saliese a relucir lo que teníamos en común. Conseguía unirnos más en lo profundo, sin que nosotros lo notásemos. Ella iba por libre, en cambio. Se entregaba por completo, pero era totalmente opaca, al mismo tiempo. Julio y yo lo queríamos todo, pero no sabíamos cómo conseguirlo. Ella daba la impresión de tenerlo todo ya, en sí misma. Y, aunque lo gozaba como nadie, parecía no darle importancia a todo ese universo. 

 Al final Julio se dejó olvidada la revista científica en el barco en ruinas ese día, cuando abandonamos la playa de tierra al caer la tarde y cada uno volvió con su familia. Y en nuestro nuevo encuentro al día siguiente en el lugar de siempre, Helga la hojeó y se le ocurrió usarla como inspiración para hacer una demostración de física recreativa allí mismo. Su idea era elaborar una improvisada bomba de humo, para lo que se requería un papel de aluminio, varias pelotas de ping-pong y unas tijeras. Como papel decidió usar el que envolvía el bocadillo de la merienda, que nos zampábamos los tres allí siempre, en la cubierta del barco varado. Tijeras no tenía, pero Julio le prestó a regañadientes una pequeña navaja, regalo de su padre… Lo más difícil eran las pelotas, pero yo hice mi aportación al recordar que en la orilla opuesta a la de la barcaza fluvial, habían montado antaño un pequeño camping para caravanas, ahora en desuso. No muy lejos de donde estaba anclada la sombrilla, y en el cual habían puesto un pequeño tobogán que ya estaba oxidado y un par de mesas de ping-pong. 

Allí nos dirigimos, a la orden de Helga que miró de reojo la sombrilla cuando cruzamos a nado los tres. Entre la playa de los chopos a ras de agua y el altozano con el antiguo aparcadero, había una pronunciada pendiente sin acceso arriba desde nuestra posición, en la que crecía una enmarañada maleza. Mi idea era encontrar allí alguna pelota perdida de las que antaño caían desde lo alto de las mesas de juego. Y de hecho Helga vio dos enseguida, que logró alcanzar en los arbustos escalando ella sola la pendiente sin problemas, agarrándose precariamente a las frágiles ramas. Con esas dos habría bastado, pero se vislumbraba una tercera y tentadora lejos de su alcance. Entonces Julio se ofreció a auparla él mismo sobre sus fuertes hombros para que llegase bien. Con esa ayuda, ella consiguió el trofeo aunque estirándose al máximo, y una rama podrida cedió y acabaron los dos rodando por el suelo, entre risas. A mí, esa escena de solidaridad y regocijo entre ambos me causó unos celos tremendos. Que se sumaron a la humillación de tener que recoger yo las tres pelotas, las cuales acabaron botando y rodando lejos por la playa. Una de ellas terminó bajo un denso matojo. Cuando me agaché a buscarla, me sorprendió el brillo de las pupilas de un raro animal oculto allí… Helga me miraba de reojo, pero enseguida se puso manos a la obra con el sencillo experimento… Agujereó una de las pelotas con la navaja, y después uso el mismo instrumento para cortar pacientemente las otras dos en pequeños trozos. Luego introdujo los pedacitos en el agujero, y envolvió la pequeña esfera en el papel de aluminio de la merienda como si fuera una cebolla. Finalmente, aplicó en la base de la cebolla plateada la llama de un mechero, el cual obtuvo previamente de su escondite personal en el ventilador combado donde guardaba sus cosas…   

 Enseguida se produjo una densa humareda, que terminó por extinguirse sola con una llovizna repentina. Nadamos los tres de vuelta al barco, y allí nos pusimos bajo techo en la cabina de mando cuando la débil lluvia se convirtió en un chaparrón tremendo. Helga se fue aparte, y se puso a hojear el almanaque científico junto al apolillado timón de la nave. Miraba fijamente un reportaje sobre enfermedades terminales y su tratamiento mediante medicina nuclear. Y cuando me acerqué a ella con curiosidad, cerró la revista de golpe. 

— ¿Lo viste, verdad? —Me preguntó, y yo pensé en el reportaje.

— ¿El qué? —Intenté disimular.

—El duende, en el arbusto —Me sorprendió con eso.

— ¿Qué dices? Era un gato silvestre… supongo… ¡Los seres mágicos no existen, no seas cría! —protesté.

—Sí existen —replicó—. Lo que pasa es que nunca se muestran del todo. Sólo se asoman un poquito: enseñan el hocico, la nariz o un pie, según... Pues si los viésemos a ellos por completo, nos volveríamos nosotros locos de repente.

—Tú sí que estás loca —Repliqué con cierta ternura, sin demasiada inquina. Ella sonrió, sin molestarse. E improvisó un relato alusivo, mientras Julio permanecía absorto en apariencia, mirando el pertinaz aguacero a través del sucio cristal de la cabina:

—Una vez vi un unicornio, ¿sabes? —Dijo Helga—. O más bien lo vislumbré en un claro. Yo estaba de excursión en Turingia, un gran bosque en mi país, con otras niñas de mi escuela. Sólo yo lo vi pasar en la lejanía, fugaz como un relámpago. Rompí el grupo y corrí tras él, pero fue más rápido. Solo tuve tiempo de ver brillar su cola al sol mientras se perdía en la arboleda… Al año siguiente volví allí, al lugar exacto, con mis padres. Y tirado junto a un hormiguero, encontré su cuerno y lo guardé. Aún lo conservo, como si fuera un tesoro. Quizá os lo enseñe algún día... La verdad, ignoro cómo lo perdió el pobre animalillo. Quizá los unicornios mudan sus cuernos lo mismo que los ciervos, no sé… Pero sé que era un cuerno de unicornio, porque no se parece al de ningún otro animal que yo conozca… Y conozco muchos, no te miento —concluyó, con un sutil sarcasmo.

Yo la escuchaba absorto sin creerle nada. A veces decía cosas absurdas con tanta seriedad que uno estaría dispuesto a darlas por buenas, sin más crítica. Si no fuera porque ella misma se reía en cierto modo de sus propias historias y ocurrencias, y las aderezaba con algún guiño irónico siempre. El cual tampoco estaba exento de un halo de reflexión cabal. Lo cual dejaba cierta duda sobre la verosimilitud de sus palabras a fin de cuentas, haciendo que todo fuera más ambiguo en un bucle indescifrable. 

— ¡La sombrilla!—Gritó Julio de repente. Le seguimos cuando corrió fuera de la cabina y, ni corto ni perezoso, se lanzó al río turbulento sin pensárselo dos veces, aunque Helga le gritó que no lo hiciera. Con el chaparrón y la crecida, el agua había arrancado la sombrilla de su precario emplazamiento. Y ya la arrastraba río abajo, aunque Julio se las arregló para alcanzarla y devolverla a su sitio. Ya no llovía tan fuerte cuando la aseguró bien en la tierra, asentándola con dos grandes guijarros. Y luego volvió a nado como si tal cosa, a la orilla de la barcaza desde la que Helga y yo observamos boquiabiertos su heroísmo… Ella le dio las gracias y le premió con un beso en la mejilla. Para colmo y tras el beso, me ordenó que le alcanzara al héroe una toalla con la que le ayudó ella misma a secarse en la cabina. Y yo, sintiéndome humillado y muerto de celos, ideé un plan de venganza que se habría de ejecutar al día siguiente…

 La nueva jornada transcurrió sin contratiempos, al menos al principio. Y, de hecho, fue uno de los mejores días que pudimos disfrutar aquel verano. Quizá el mejor. Helga estaba radiante y juguetona. No paraba de idear locuras, inventarse historias, improvisar experimentos que, más bien, eran trastadas para molestar a los vecinos y a los demás veraneantes… y bailar. Sobre todo bailar. Decidimos merendar en la playa fluvial esa vez, pues con la riada de la víspera el barco olía fuerte a fango. Y de su escondite tubular en la sombrilla, Helga extrajo una radio que, al encenderla, dejó oír un noticiero en el que se informaba de un accidente de aviación en Italia. Movió el dial con disgusto y sonó una alegre música que disipó toda tragedia… Se trataba de la canción “Celebration”, de Kool & the Gang, muy de moda y omnipresente entonces. Helga se puso a bailar sin más, de forma desatada como si estuviese en una discoteca y no en el río. Y nos obligó a Julio y a mí a hacer lo propio, aunque nos resistimos al principio dada nuestra bisoña timidez en esas lides… Yo no lo hacía tan mal, pero el grandullón de Julio (una vez que se animó, el muy sieso) parecía un hipopótamo preso de un ataque de urticaria luchando por seguir el ritmo electrizante de la música:


«Hay una fiesta en marcha aquí mismo.
Una celebración que pervivirá en el tiempo.
Así que trae tus buenos recuerdos y tu risa,
Vamos a celebrar tu fiesta contigo.
Es la hora de unirnos,
Depende de ti ¿cuál es tu deseo?
Celebremos los buenos tiempos ¡vamos!»

 Aunque los dos nos mofamos de su grotesco baile, Julio la tomó conmigo. Casi llegamos a las manos. Pero esta vez a Helga no le dio tiempo de mediar, ya que un incidente inesperado llamó la atención de los tres… Habíamos dejado la bolsa con los bocadillos para la merienda justo frente al arbusto de la víspera, el mismo ante el que yo me agaché para rescatar la pelota de ping-pong encontrando dos vivas pupilas... Y ahora se escuchó un extraño sonido entre el gruñido y el bisbiseo, seguido de un ruido de arrastre, y la merienda desapareció de su sitio en un segundo… Cuando acudimos al lugar del hurto inesperado, ya no vimos nada.  Entonces comenzó de nuevo una pelea entre Julio y yo, cada uno culpando al otro de haber dejado allí la bolsa. Helga se echó a reír: «Parece que el duende tenía hambre», se choteó a mi costa, dándome un codazo. Y a mí no me hizo ni maldita gracia aquello pues, además de haberme quedado sin merienda lo mismo que los otros, eso acababa con mi plan de venganza para Julio… Y no es que yo hubiese ideado ponerle algún laxante en su bocadillo para causarle diarrea o algo así (aunque sí se me pasó por la cabeza). Mi plan era más sutil, pero se frustró cuando tuvimos que rascarnos los bolsillos y sacrificar nuestra escasa paga para comprar algo de comer en el pueblo una vez sufrido el robo. Con eso nos quedamos sin dinero. Y sin la opción de acudir al cine esa tarde tal como habíamos previsto, lo cual era necesario para mi estrategia... 


                                                                                  -  II  -


Cada sábado al atardecer había cine de verano en el pueblo, en un descampado al aire libre rodeado de una cerca de madera. Julio se había negado a ir allí esta vez, pues proyectaban siempre cintas policiacas antiguas de serie B —que él odiaba— y se había hartado de eso. Pero logré engañarle convenciéndole de que en esa ocasión proyectarían nada menos que Star Wars, el film de moda y del cual él era un auténtico “friki”. En realidad era una mentira enorme, pues la película programada para esa tarde-noche en la explanada era una cinta experimental “de culto”, que yo había visto en casa en una cinta de VHS, a escondidas de mi padre que la alquiló en un videoclub. Era siniestra, obscena, surreal, perturbadora, vanguardista, melodramática y rodada en blanco y negro. Es decir: todo lo que Julio detestaba más, metido en un único paquete... La burla era perfecta, y yo me había relamido desde la víspera imaginando la cara que pondría Julio cuando aposentase su fofo culo en una silla plegable de madera. Y en vez de sables laser y naves espaciales en un entorno colorido y épico, apareciese en la pantalla ante sus ojos una oscurísima escenografía dramática y parsimoniosa en tonos grises. Poblada de personajes enajenados y deformes protagonizando el truculento film La cabeza borradora, de David Lynch…    

 Tanto Julio como yo refunfuñamos mientras nos zampábamos los sándwich que compramos en una tienda no lejos del cine. Yo, frustrado por no poder fastidiarle con la broma. Y él, molesto al tener que renunciar al supuesto visionado de su epopeya favorita… Hasta que fue Helga la que cambió el rumbo de las cosas, al tiempo que daba buena cuenta de un suculento emparedado de queso gratinado y tomate. Se limpió de un lametón la salsa de su dedo índice, y lo dejó resbalar desde el grueso labio inferior del pensamiento a la suave barbilla de la malicia, tramando una ocurrencia: «No hay verano sin una buena aventura», sentenció, según nos acercábamos a la valla del cine al que, en teoría, ya no teníamos opción de acudir…

Yo intuí enseguida cuales eran los planes de nuestra, por otro lado, imprevisible amiga, así que renació en mí la esperanza. Julio fue más lento en darse cuenta. Y cuando lo hizo y pese a su (estéril) ilusión de ver Star Wars en la pantalla, se plantó negándose en rotundo a tomar parte en el delito de colarnos los tres en la explanada del cine:

—Eso es un robo. Mi padre dice que colarse en el cine es robar…

— ¡Cállate! —le grité yo. Y Helga se quedó pensativa estudiando las posibilidades. En el lado de la cerca más lejano y opuesto a la entrada al espectáculo, había un pequeño desperfecto. Uno de los listones estaba medio suelto, y casi cabía por la rendija una persona. Helga intentó forzarlo para abrir más hueco, pero desde fuera era imposible hacerlo. Ni siquiera el malhumorado y robusto Julio habría podido lograrlo en esa posición, aunque tampoco lo intentó… Entonces Helga concibió un plan, con el penúltimo mordisco a su sándwich. Nos dijo que la acompañáramos a la entrada de la explanada, donde estaba la taquilla. Y que, una vez allí, le siguiésemos el juego. Le hicimos caso y rodeamos todo el cercado hacia la parte opuesta, con la ansiedad de la aventura inminente y con Julio refunfuñando todavía… Finalmente alcanzamos la mesa plegable donde el obeso dueño del negocio cobraba las entradas y los asistentes al espectáculo hacían cola. A su lado, descansaba despatarrado un pequeño bulldog, casi un cachorro y manso en apariencia. Y adosado a la taquilla, había un tenderete donde una simpática señora vendía golosinas. Helga acabó su merienda al fin allí, mezclada con la gente. Y usó con disimulo la servilleta embadurnada de tomate que la había envuelto, para untarse con ella la rodilla. De repente, pegó un alarido. Se dejó caer de forma estudiadamente aparatosa pero sin lastimarse, y montó un teatro de distracción exagerado: llorando y retorciéndose en el suelo, gritando que se había tropezado y se había hecho una brecha en la pierna… 

Simultáneamente, nos hizo el gesto de que aprovechásemos la confusión para colarnos sin ser vistos... Los presentes hicieron hueco para preocuparse por la falsa víctima, y el dueño del bulldog y del cine se levantó de la mesa con parsimonia y bastante contrariado, para ver qué demonios sucedía. Por su parte, la señora de las golosinas acudió rauda, gritando: “¡Pobre niña!” y  atendió a Helga enseguida. Momento que aproveché yo para agravar nuestro delito, robando de su tenderete a la buena mujer una de las chocolatinas favoritas de Helga (a veces hurtaba chucherías para obsequiárselas a ella) cuando Julio y yo nos habíamos colado dentro ya. Y una vez que Helga comprobó que lo habíamos logrado, se lamió la rodilla diciendo con cinismo: “Sangre dulce, estoy sana”. Se puso en pie y echó a correr todo lo rápido que pudo en dirección al desperfecto de la cerca, para pasmo de quienes se preocupaban por ella... Julio seguía algo reticente ante el delito. Pero decidió ayudar a nuestra amiga sumando fuerzas conmigo para hacer que cediese el tablón suelto desde dentro, cuando ella misma nos metió prisa al respecto al otro lado de la valla, temerosa de que la hubiesen seguido cuando rodeó velozmente la explanada... El panel flojo resulto más resistente de lo que parecía a simple vista. Pero logramos hacer el hueco justo para que Helga pasara dentro rozándose la piel… Fue como si un espectro novato atravesara una pared a duras penas, arañándose un poquito… Y una vez los tres en el interior del recinto, le entregué a Helga su chocolatina —que agradeció encantada, aunque se la guardó sin abrirla—. Y nos sentamos con disimulo pero tranquilamente en las sillas de madera, mientras el resto del público iba accediendo al cine veraniego al aire libre por la entrada principal y ocupaba también sus localidades. 

El cielo sobre nuestras cabezas se oscureció enseguida, y fue como si apagasen las luces de un monumental teatro, aunque sí que había alguna iluminación eléctrica abajo, en tierra firme. Y por fin pude yo saborear mi venganza entonces, mucho más dulce que la falsa sangre de tomate y la chocolatina sin probar de Helga. Cuando empezó la proyección de la  esperpéntica cinta vanguardista en blanco y negro, y Julio se revolvió entre frustrado y rabioso: «Pero… ¡Qué mierda es esta!» —protestó a viva voz en la penumbra silenciosa del cine. Causando mi hilaridad y la de Helga (a la que yo había puesto al tanto de la broma). Y provocando que unos cuantos de los demás espectadores le mandasen callar… Aunque enseguida otros imitaron a Julio en la queja, pues francamente la película era escatológica y bizarra en grado extremo. Y en absoluto divertida, aunque por su título: “la cabeza borradora” y su bufonesco cartel, los que acudieron con inocencia al espectáculo —casi tan ilusos como nuestro amigo Julio— habían pensado que se trataba de alguna frívola pero inocente comedia en tono de parodia como las de Leslie Nielsen o Mel Brooks.

 Nunca entendí cómo habían programado aquel desabrido dislate para el bucólico relax de un cine de verano, en el que, además, había muños niños entre el público. Deduje que al exhibidor se la habían incluido en el pack obligatoriamente junto a las demás películas, como suele hacerse en los canales de tv, por ejemplo, y él se había propuesto rentabilizar a toda costa lo adquirido... Aunque al final tuvo que devolver el dinero a los que protestaron, después de haber “devuelto” la comida ellos mismos, pues más de uno vomitó literalmente con la chocante pesadilla que salía en la pantalla… Por ejemplo, cuando el protagonista trinchaba un pollo asado, que cobraba vida en ese instante y echaba a correr chillando y desangrándose a chorros que salpicaban la pantalla. O cuando la cabeza humana del héroe adornada por un grotesco tupé electrizado, se desprendía de su tronco y acababa rodando envuelta en sangre también. Y sobre todo cuando éste asesinaba a su propio hijo, repudiado por él y espantosamente deforme. Cuya irreal cabeza recordaba a la de un cordero, y cuyo cuerpo estaba hecho de un amasijo de vísceras sin piel y envuelto en una venda para evitar que se desbordasen sus órganos expuestos... El padre le clavaba en las entrañas las mismas tijeras que había usado previamente para cortar el vendaje que las protegía y dejar, así, que se desparramasen libremente. Y de la brutal herida causada, supuraba entonces un borbotón de densa espuma repugnante. Como la lava de un volcán orgánico brotando insólitamente del propio abdomen de la teratológica criatura, que terminaba muriendo asfixiada por su propia excrecencia viscosa. Acabando con todo su padecimiento de ese modo, y también con el de los espectadores como colofón de la película…   

En esa última escena infernal que rubricaba la función, Helga incidió en su costumbre habitual cuando veía la película que fuese, que consistía en reírse de manera desatada, de la forma más inoportuna, precisamente en los momentos más tensos y dramáticos —en las escenas de humor se limitaba a sonreír—. Como previamente con la protesta de Julio, su risa fuera de contexto encontró cierto eco a fin de cuentas. Aunque los que la secundaron a ella en la carcajada lo hicieron para desahogar tensión más bien, como alternativa al vómito después de haber soportado estoicamente hasta el final todo el visionado del engendro sin salir corriendo ni echar allí las tripas… Aunque medio aforo —sobre todo las familias con niños pequeños— abandonó el cine a mitad de la función o incluso antes, entre berrinches infantiles, gritos de protesta adultos y arcadas generales. Así que al final el verdadero espectáculo estuvo más fuera de la pantalla que dentro, convirtiendo el plácido cine de verano en casi un escenario de guerra: un dantesco revoltijo de vomitonas, llantos, alaridos, risas desencajadas y nerviosas, insultos al proyeccionista y sillas plegables tumbadas en el suelo en la precipitación del abandono.



 Cuando la función acabo y se encendieron los focos, el escaso público que resistió hasta el último instante heroicamente, se dispersó aliviado asimilando el trauma entre murmullos. Y nosotros, que aguantamos también hasta el final por la mera diversión de asistir a todo aquel desastre que, a fin de cuentas, nos había salido gratis —pues hasta el sosainas de Julio, una vez asumida mi broma, le terminó encontrando gracia a todo aquello—, no tuvimos tiempo de reaccionar cuando el dueño del cine se quiso resarcir de su fracaso —y de la devolución de las entradas— castigando a los que nos habíamos colado sin pagar siquiera... Helga se había quedado traspuesta con los títulos de crédito de la cruda cinta vanguardista, tras haberse pasado medio metraje riendo y el otro medio amodorrada en su silla. Y el tipo la reconoció en la penumbra desde lejos, y se fue aproximando muy ladino a nosotros cuando la película acababa, sin ser visto. Así que nuestra amiga alemana se encontró con la sorpresa de una gruesa mano en su hombro justo cuando se hizo la luz… Y ese fuerte susto —que la despertó de golpe— no la hizo reír, pero ella sí que tuvo el rápido reflejo defensivo de morder la mano acosadora, y pisar luego con fuerza en el pie a quien la acorralaba, antes de salir corriendo hacia la salida principal… Julio y yo cubrimos su huida llamando, con burlas, la atención del orondo empresario, que nos intentó alcanzar en vano en dirección contraria, cojeando adolorido por el pisotón. Le dejamos fácilmente atrás precipitándonos en dirección a la cerca rota. Allí ayudé a mi corpulento amigo a auparse a la valla usando mis manos como estribo. Y yo luché después por deslizarme por el escaso hueco abajo… Julio tiró de mí desde fuera, firmemente. Y cuando casi estaba libre escuché un gruñido, y sentí una fuerte pinza que se aferraba a la pernera de mi pantalón… El dócil cachorro de bulldog se había despertado de su apaciguamiento y ayudaba a su dueño en la cacería humana. Pero finalmente me libré de él de un puntapié, y Julio y yo corrimos sin mirar atrás, hasta encontrarnos con Helga frente a la tienda de comestibles donde habíamos comprado la merienda. 

El local ya estaba cerrado, pero ella saboreaba plácidamente un alimento: la misma chocolatina que yo le obsequié y que no probó en el cine. Se la volvió a guardar sin terminarla al vernos, y dijo muy serena: «En media hora os espero en la barcaza. No hay aventura sin un tesoro. Os enseñaré el mío…»

 Ya era noche cerrada y, si bien teníamos permiso de ir al cine, nuestras familias nos esperaban en casa. Pero la película —aunque de difícil digestión—había durado poco al fin y al cabo. Así que nos sobraba algo de tiempo. Además, la curiosidad por aquel misterioso “tesoro” nos pudo a ambos. Así que obedecimos sin reservas, y treinta minutos después esperábamos a Helga en plena noche en el lugar de siempre…               

 Tardó un poco en aparecer. Muy callada y enigmática cuando entró, casi arrastrando los pies, en la penumbra de la cabina de la embarcación abandonada. La oblicua luz del porche de un chalet cercano iluminaba el interior apenas, potenciando el misterio. Helga depositó en la repisa del puente de mando un  bulto de trapo en forma de cono algo combado. El cual me hizo pensar de forma instantánea en el improbable cuerno de unicornio que ella afirmaba guardar como reliquia, y que prometió enseñarnos a ambos algún día… Deslió con cuidado el envoltorio, que resultó ser un arma de fuego auténtica, no una de juguete. Era una pistola Luger alemana de la II Guerra Mundial, en realidad. La cual causó que Julio diese un defensivo salto atrás, horrorizado, cuando Helga la extrajo de su funda de cuero para mostrarla bien, y su armazón cromado brilló a la escasa luz:

— ¿Estás chiflada? ¡Eso es muy peligroso! ¿De dónde lo has sacado?  

—Tranquilo, es inofensiva —aclaró ella—. Está inutilizada, le fresaron el cañón y no puede disparar, es un adorno. Era de mi abuelo, la cogí sin permiso… Si descubren que ando por ahí con ella, a la que matan es a mí…

 Yo miraba el arma fascinado. Julio dejó enseguida el drama, más tranquilo, y observó el tesoro con curiosidad también. Se hizo un ambiguo silencio. Y entonces Julio le hizo a Helga una pregunta indebida, que me obligó a soltarle un codazo fuerte en las costillas—lo cual disfruté, de paso:

— ¿Es cierto que tu abuelo era nazi? —espetó él sin más, y luego dio un chillido con mi golpe de castigo. Helga no pareció molestarse, y replicó muy serena y digna:

— En realidad era un simple policía de fronteras, ni siquiera era un soldado. Dudo que matase a nadie. Él era un buen hombre, además…

—Mi padre dice que los nazis eran unos monstruos —Julio no quiso ceder, y Helga se encogió de hombros.

—Mi abuelo decía que el monstruo lo llevamos todos dentro —replicó ella—. Y que no queremos admitir ese lado oscuro nuestro. Así que, en vez de comprenderlo, intentamos destruirlo en vano. Y como está en nuestro interior, nos dañamos a nosotros mismos —Se tocó el pecho al decir eso.   

—Dices cosas muy raras…—Julio no entendió una palabra. Nunca entendía lo importante.

—Es que soy rara —Ella hizo una mueca sardónica, y añadió con malicia—: por cierto, os engañé. Mi tesoro sí funciona. En realidad, es un arma de tiempo —dijo, y nos apuntó sin más con el cañón, para espanto de Julio sobre todo:

— ¡Aparta eso! ¿Estás loca? —gritó él, protegiéndose con el codo.

— ¡Pum! ¡Pum! —dijo Helga, dedicando un imaginario disparo a cada uno. Dio un soplido al cañón del que salía un humo igualmente ficticio, y sentenció—: estáis muertos. Bueno, todavía no, hay que esperar… Lo dicho: es cuestión de tiempo —concluyó, devolviendo el arma a su funda y envolviendo ésta de nuevo en el trapo.

—Yo me largo, esto me da mal rollo —dijo Julio—. Además es tarde… ¿vienes? —Yo estaba dispuesto a hacerle caso cuando me animó de esa manera, pero miré antes a Helga.

—Adelante, yo os sigo —dijo ella vocalizando mal, tras haber sacado el último resto de su chocolatina que se llevó entero a la boca, sin más. Cogió el tesoro envuelto en trapo y salimos los tres de la barcaza. A los pocos metros, sentí que algo me picaba en la nuca. Pensé que era un insecto, pero al volverme vi el brillante envoltorio de la golosina en el suelo, hecho una bolita…

Entschuldigen Sie, Soldat—Helga se disculpó con ironía, en su lengua materna, por el certero disparo de papel, doblemente meritorio en la confusa penumbra. Y nunca, nunca jamás me pareció tan bella como cuando miré hacia atrás en ese instante. Y vi brillar su silueta al trasluz casi, en el momento exacto en el que Helga avanzó sólo un par de pasos y la iluminó de lleno el foco del chalet… Fue sólo un segundo: su mirada honda y traviesa, el mechón dorado sobre su frente pecosa, el gesto de limpiarse con la lengua un resto de chocolate sobre el labio inferior que se aplastaba al meditar… No sé lo que sentí en ese momento, no podría describirlo. No es que yo estuviese enamorado —creo que no lo estaba, Julio quizá sí—. Tampoco fue que sintiese admiración o cariño por ella únicamente. Era un apego más profundo, como el que uno tiene por algo que sabe que le dejaría vacío por completo y para siempre en caso de perderlo alguna vez. Hueco, roto y arrugado, como una vulgar bola de papel rodando por tierra inútilmente…


                                                                                   - III -

 Sospecho que ella supo entender mejor que yo mis propios sentimientos, porque pude notar cómo se reía en su interior de mí y de mi candoroso desconcierto… Aunque en los siguientes días, su risa —tanto interna como externa— se fue apagando según le iba invadiendo una extraña melancolía… Si bien nuestra mutua amiga todavía nos dio más de una alegría a Julio y a mí, y también más de un quebradero de cabeza… Sería largo enumerar cada suceso inusual que llegamos a vivir con Helga ese verano, cada cosa insólita que hizo y dijo desde que la conocimos. Cada travesura y cada enredo en el que nos metía. Y cada enseñanza que, insensiblemente, fue filtrándose en nuestras adolescentes cabezas de chorlito a través de todo lo que Helga hacía —y a veces deshacía— con sus palabras y sus manos…  Ahora, casi cuarenta años después, no puedo evitar estremecerme al recordar aquellas fechas. Se me escapa una sonrisa, por ejemplo, cuando rememoro el día en que Helga quiso divertirse a costa del farmacéutico del pueblo. Se presentó en la farmacia muy seria con un diccionario bilingüe en la mano, pretendiendo ser una turista con dificultad para expresarse en el idioma local que, en realidad, hablaba con total fluidez. Fingía confusión y se expresaba haciendo mímica, mientras Julio y yo disimulábamos aguantando la risa sin delatarla en su teatro. Aunque ignorando qué tramaba hacer exactamente, como siempre que nos animaba a acompañarla en una de las suyas… Helga se dirigió al farmacéutico con un acento alemán muy forzado subrayando cada erre, y una impostada y pésima gramática:

—Yo necesitar urgente verhütungsmittel... ¿comprendes tú lo mi problema?

—Faju… ¿qué? No te entiendo, niña —Se excusó el boticario.

—Verhütungsmittel —repitió ella—: ¿tú queriendo dármelo? Yo urgencia necesito… ¿tú me ayudando por favor?

—En serio… no comprendo —El farmacéutico se hacía un lío, hasta que ella le alcanzó el diccionario abierto por la uve, y le señaló la palabra conflictiva con su dedo de pensar. Entonces él frunció el ceño, miró a Helga a los ojos fijamente y dijo con incredulidad: « ¿Quieres que te venda anticonceptivos, chiquilla?»

—Pero… ¿cómo se atreve a ofrecerme eso? ¡Anticonceptivos! ¡Qué descarado!—Helga simuló escandalizarse en cuanto él cayó en la trampa verbal. Dignísima y de pronto hablando un español perfecto a viva voz y sin acento alguno, para que todos la oyeran—: ¿No le da vergüenza? ¡Soy solo una niña! ¡Le denunciaré!— gritó fingiendo indignación y llamando la atención de toda la farmacia. Hubo un tenso murmullo y algunos se pusieron de su parte.

—Oiga ¿qué le ha dicho? ¡No ve que es una cría! —Le espetó al boticario, muy molesta, una señora que hacía cola tras nosotros y escuchó la charla a medias.

—Pero… si fue ella la que… —El farmacéutico balbució confuso, enrojeciendo. Y nosotros aprovechamos para hacer mutis a la carrera. Yo tuve el tiempo justo de robar del mostrador una cajita de pastillas de regaliz para Helga. Y los tres huimos de la farmacia, tan felices con el triunfo de la enésima travesura planeada por quien nos tuvo el resto del día buscando nidos de pájaros en el entorno de la barcaza en ruinas…  

 Mientras saboreaba el regaliz que compartió conmigo —Julio, tan moralista siempre, se negó a disfrutar su parte del botín—, Helga se fijó en un nido de estorninos del cual la madre acababa de volar con su bello penacho moteado en busca de alimento, dejando a los polluelos solos. Más tarde, miró el vuelo rasante de una urraca que sobrevoló nuestras cabezas mientras merendábamos en la cubierta de la embarcación varada. Se quedó un momento pensativa, con su índice en el labio. Con gesto de preocupación como asociando ideas, aunque no dijo una palabra. Al día siguiente apareció abrazada a una vieja muñeca, como si fuese una niña pequeña. Julio se despachó a gusto mofándose de ella y llamándola “bebé”. Yo intenté contener mi burla, pero me resultó difícil no ensañarme cuando, para colmo, se pasó toda aquella tarde encerrada en la cabina de la barca sin hacernos caso. Muy juiciosa y modosita atareada usando un costurero para remendar la muñeca, al parecer. Aunque en realidad y para nuestro pasmo, lo que hizo fue todo lo contrario: la dejó mucho peor que estaba, aunque adrede. Le rasgó el vestido, hasta dejarlo hecho jirones. Le tizno la cara, le arrancó los ojos y se los volvió a coser a desigual altura. Le encrespó el pelo y le remató la cabeza con dos puntiagudas orejas de elfo que fabricó con la tela sobrante del vestido. Le hizo el agujero de la boca el cuádruple de grande, poniéndole colmillos para colmo. Le añadió largas pezuñas en los dedos de las manos y los pies y le extendió los brazos fijándolos, rígidos, en alto, en posición amenazante… En definitiva, convirtió la adorable muñeca infantil en todo un monstruo diabólico de Halloween. Y cuando se dio por satisfecha con la metamorfosis, la acompañamos al pie del árbol donde estaba el nido de estorninos, con la madre presente en él esta vez. Helga trepó con bastante agilidad, sin soltar la muñeca monstruosa que aseguró bien por medio de cordeles a una rama justo en frente del nido, pero a más altura. Luego se dirigió a la hembra de pájaro respetuosamente, como si le hablase a un ser humano: «Ya no se tiene que preocupar más por esa urraca, señora. No se acercará a sus hijos» —sentenció, y descendió del árbol como si tal cosa, dejando que su esbelto cuerpo resbalase por el tronco.  





 En los últimos días del verano, la vimos cada vez más desanimada y ausente, aunque todavía nos reservó alguna sorpresa. Una buena mañana, no aparecía por ningún sitio. La buscamos por todas partes menos en el lugar más obvio: el interior de la cabina del barco. Estaba allí acurrucada y dormida, con un par de banderines de señales a sus pies. La agité suavemente por el hombro, y despertó ojerosa y explicando que había pasado allí la noche en vela ella sola:

— ¿Y tus padres? —le pregunté, sorprendido. Pero no me contestó.   

— ¿Toda la noche aquí? ¿Qué anduviste haciendo? —dijo Julio, extrañadísimo.

—Señales —explicó ella, tan pancha, y se dirigió a la cubierta con los banderines, para hacernos una demostración. Se colocó rígida en la proa extendiendo los brazos con las banderolas y doblándolos con agilidad sobre su cabeza y bajo su cintura, como si fueran las manecillas de un reloj en diversas y precisas posiciones que equivalían a una letra del alfabeto cada una: «Eso significa: tengo hambre» —Tradujo su propia demostración con las banderas, y sacó de su envoltorio medio bocadillo que le quedaba de la vela nocturna y que se dispuso a devorar con ansia.

— ¿A quién hacías señales? —pregunté yo, tan intrigado como Julio.

—Pues está claro: a los fantasmas, para guiarlos bien, pobrecitos. De noche es fácil perderse en el río —Fue la insólita contestación de ella, y la pronunció como si tal cosa mientras masticaba su alimento.

— ¡Ja! ¡Fantasmas en el río! Claro: con sábanas y arrastrando cadenas… —Se mofó Julio, siempre escéptico.

— No digo fantasmas humanos —corrigió ella—: me refiero a fantasmas de peces. También hay fantasmas de animales ¿lo sabías? —concluyó muy cabal, haciendo enmudecer a Julio.

—Pero… ¡si en este río no hay peces! —objeté yo, sin mucha convicción tampoco.

—Pero sí los hubo —aclaró ella, muy didáctica—; por eso mismo a los peces-fantasma les parece triste ver el río tan vacío y sin vida. Así que a veces vienen de noche aquí a bañarse un rato, sobre todo cuando hay luna llena, y recuerdan viejos tiempos. Aunque algo humanos sí parecen —su afilado dedo índice buscó el grueso del labio, para pensar mejor—. Pues son capaces de picar en el mismo anzuelo dos veces, así que corren mucho riesgo. Habría que hacer algo al respecto…

 Julio y yo ya no sabíamos si Helga nos tomaba el pelo o deliraba por haber dormido mal. Pero como siempre nos ocurría con ella cuando hablaba en tono serio sobre cualquier locura, terminamos por concederle el beneficio de la duda. Además —quizá también por su cansancio— no apareció en su rostro ojeroso y pálido ni un asomo de sonrisa esa vez que delatase alguna broma. De modo que nosotros dos nos enredamos en una discusión metafísica absurda, sin que ella interviniese en un principio:

— ¿Cómo van a caer en un anzuelo los peces-fantasma si ya están muertos? —Criticó Julio—. Los fantasmas no tienen cuerpo físico ¿no?... o sea, lo traspasan todo y no puedes tocarlos ni tocarte ellos a ti  ¿no es cierto? ¿O es que con los peces es distinto?

—Es verdad —Le apoyé yo—; para morder un anzuelo tienes que poder tocarlo con la boca… Además ¿quién iba a ponerse a pescar peces en un río en el que no hay peces? Salvo que fuese un pescador fantasma, claro… pero, ¿para qué iba a pescar peces un fantasma si los fantasmas no necesitan comer? Bueno, supongo que no lo necesitan… —Acabé por hacerme un lío yo solo, mientras Helga seguía masticando ella su comida y nos dejaba hablar con aparente indiferencia, aunque con los ojos muy grandes y abiertos (como los de un pez).

—Bueno, quizá sí se podrían pescar usando una red —comentó Julio, disparando su imaginación—. Porque los peces dudarían entre escaparse por los agujeros o atravesar la red como si nada… Y con la indecisión se quedarían quietos y serían presa fácil… creo…

—Ya, pero igual habría que tocarlos con la red para sacarlos del río, y la traspasarían seguro—objeté yo—; en todo caso, tampoco entiendo cómo los peces-fantasma podrían nadar en el agua siquiera, si de veras lo atraviesan todo.

—Bueno, en realidad así les resultaría más fácil —dijo Julio, con un afán crédulo y optimista extraño en él—. Ni siquiera tendrían que mover las aletas ni luchar con la corriente. Sería como si volasen a ras de suelo, ¿no crees?

—Julio, ¿recuerdas cuando te quedaste dormido bajo la sombrilla y “éste” te pintó bigotes de gato en la cara sin que te dieses cuenta? —Helga intervino en la extraña charla al fin, en cuanto devoró su desayuno. Señalándome con su dedo de pensar para acusarme en falso, con malicia, de una de sus propias travesuras.

— ¡Eh! ¡Que no fui yo! —Me defendí en vano, pues ninguno me hizo caso.

—Sí, sí me acuerdo —Julio asintió y me miro de forma aviesa.

—Cuando duermes no eres consciente de tu cuerpo ¿no? —Le interrogó ella.

—Pues…no, supongo que no.

—Pues con los fantasmas ocurre justo lo contrario —aclaró Helga—: sólo sienten su cuerpo cuando están dormidos. En esa situación son muy vulnerables, pues les pueden hacer daño. Incluso pueden dejar de existir por completo, desvaneciéndose en el aire... Por eso un pez no debe dormirse jamás si no quiere que lo pesquen. O que lo vuelvan a pescar y lo hagan desaparecer definitivamente, si es que ya está muerto —concluyó tan sesuda y trascendente, y terminó de confundirnos a los dos.

— ¿Los fantasmas duermen? ¿Y de qué tienen que descansar, si ya están muertos? —Objetó Julio volviendo a su escepticismo natural. Pero Helga le mostró la espalda igual que a mí. Y se dispuso a darse un chapuzón para terminar de desperezarse, mientras nosotros seguíamos con el debate inútil sentados en la borda. Luego nadó hasta la playa fluvial con la sombrilla, se secó y se puso a leer allí ignorándonos (juraría que me sonrió un segundo, cuando espié su silueta de sirena lánguida sentada bajo las copas de los chopos).  

 Pocos días después, llegó la despedida. Fue algo precipitada en realidad, pues aún quedaba una semana para terminar las vacaciones. Helga apareció en el río montada en bicicleta y explicando que, a causa de un imprevisto familiar, debía adelantar el regreso a su país… Julio y yo nos quedamos de piedra, sin saber que decir:

—Quiero que me prometáis algo los dos —dijo muy solemne, cuando se bajó de la bici frente a la barcaza—; necesito asegurarme de que me olvidaréis para siempre, hoy mismo. Quiero que borréis mi recuerdo de vuestras cabezas ahora —dijo, tocándonos la frente sucesivamente a ambos con su dedo de fabricar pensamientos, como si éste le sirviese también para borrarlos. Aunque lo que sentimos Julio y yo, desde el mismo instante en que ella anuncio que se marchaba, fue que la cabeza se nos desprendía de los hombros por la angustia y el dolor, como en la grotesca película que vimos los tres en la explanada… Y para colmo, ese ruego extremo e inaudito de olvidarla, terminó de helarnos totalmente. Por lo dramático y por lo impensable que sonó en boca de ella, haciendo todavía más cruel la despedida (Helga era imprevisible hasta para decir adiós).

— ¡Qué tontería! ¡Eso es absurdo!—Julio reaccionó ante la extemporánea sugerencia de Helga. Y protestó airadamente como de costumbre, aunque esa vez me pareció sensato al rebelarse.

—Si no me olvidáis ahora, de inmediato, será mucho peor —Helga trató de aclarar su punto, conciliadoramente—. Porque sois unos críos y me iréis olvidando poco a poco con el tiempo, aunque ahora creáis que no —explicó, aunque su edad era la misma que la nuestra—. Mi recuerdo se irá evaporando de vuestros cerebros sin que casi lo notéis. Como el agua del lago ruso ese… Por eso es preferible que me ignoréis cuanto antes. Solo de esa forma es posible que yo siga viviendo en vuestras mentes de algún modo. En vuestros propios sueños. En vuestro ser más profundo ¿entendéis? —Forzó una triste sonrisa, mientras nos tocaba ahora en el pecho con su índice, rompiéndonos el corazón con él—. Y allí, en vuestro interior, os seguiré haciendo perrerías —dijo—. Y, sin daros cuenta, me seguiréis teniendo muy presente, aunque ya no recordéis quién soy… Creedme: será así.

 Yo tenía un nudo en la garganta, y a Julio le temblaba su recia mandíbula cuando Helga se encaró con él:

—Prométeme que me olvidarás, Julio —dijo ella, en tono de exigencia.

— ¡De eso ni hablar! ¡Estás chiflada! —Fue la primera vez que él la llamó loca sin odio, cuando se negó alzando bien la frente.

—Prométemelo tú —Se volvió a mí, con más suavidad.

—Te… te lo prometo —Balbucí no muy seguro, bajando la cabeza yo.

 Helga me devolvió una sonrisa entre escéptica y condescendiente. Y a continuación mostró un último arrebato de ánimo:

—Tengo un regalo de despedida para cada uno. Ahí tienes el tuyo, ve por él —Le señaló a Julio el escondite tubular en la otra orilla. Él comprendió y se lanzó a nado, obediente cual perrito. El río no iba muy crecido, así que pudo hacer pie de regreso con el agua en la cintura, sin mojar el paquete que tenía una etiqueta con su nombre. Lo abrió, nervioso, en tierra firme. Era un libro: “Ivanhoe”, de Walter Scott.

—Te gustará, el protagonista se te parece un poco... —dijo Helga—. No le puse dedicatoria, para que te sea más fácil olvidarme —Aclaró, y luego se dirigió a mí:

—Para ti tengo algo muy especial. Ven —Me cogió de la mano y me arrastró sin más, corriendo, no muy lejos de la embarcación en ruinas. Julio nos siguió con la mirada y nos espió, intrigado. Helga paró en seco cuando calculó que ya había suficiente distancia, y se puso frente a mí, cara a cara. Pegando al máximo su rostro al mío, hasta que sentí su aliento fresco y levemente ácido a la vez. Y sobre todo penetrante, como la propia brisa del río que nos envolvió en ese momento con el aroma de los chopos de la orilla opuesta. Mi corazón latió muy fuerte entonces, hasta desbocarse con la incertidumbre. Sentí una rara excitación y me estremecí hasta el tuétano cuando el grueso de los labios de Helga rozó casi los míos. Aunque los desvió enseguida y los posó en mi oreja, cual susurrante mariposa:

—No hay aventura de verano sin un secreto —dijo a media voz, y enseguida añadió algo en mi oído. Algo muy profundo, trascendental e íntimo. Sólo para mí…

 Luego echó a correr, sin más, de vuelta a la barcaza. Se aupó en su bicicleta con un nudo en la garganta y pedaleó con fuerza sin mirar atrás, lejos de nosotros y del lugar de siempre… y para siempre. Cuando ya estábamos solos, Julio me repitió una y otra vez la misma cantinela, intrigado y celoso al mismo tiempo: “¿Qué te dijo? ¿A qué tanto misterio? ¡Venga, a mí puedes decírmelo, soy tu amigo!”

 Por supuesto nunca le revelé el secreto de Helga, por mucho que insistió. Ni a él ni a nadie. Y jamás lo haré. No me pregunten. Sólo puedo decir que era muy triste…


                                                                             
                                                                                          - IV -
   


Con los años y las décadas, tanto Julio como yo faltamos a lo que defendimos en su día frente a nuestra amiga en aquella última jornada. Julio no prometió olvidarla pero sí terminó haciéndolo, pese a haber jurado rotundamente lo contrario. Hoy en día (nuestra amistad mutua ha perdurado) apenas si tiene algún recuerdo de aquel verano en concreto (pasamos muchos juntos siendo críos). Cuando le pregunto a ese respecto, sólo recuerda vagamente el río, la barcaza, quizás el cine al aire libre de otros años, pero nunca a Helga…

  Aunque, como vaticinó ella misma, al parecer Helga sí que siguió viviendo en el interior de mi amigo, después de todo... De hecho, aún sorprendo de vez en cuando a Julio pensativo, rozando el labio inferior con el dedo índice para concentrarse bien en sus ideas. Y aunque acabó perdiendo el libro, llamó "Ivanhoe" (sin saber por qué) a un gato callejero que, cuando Julio quedó solo tras morir su esposa y sin haber tenido hijos, se coló en su finca cierta vez a través de un agujero de la cerca, y ya no quiso abandonarle nunca...

 Por mi parte, yo (que también adquirí ese tic gestual del dedo, extrañamente) falté de forma vergonzosa al compromiso de olvidarme de mi amiga hecho frente a la barcaza. Lo admito, no pude ser firme. No puedo ahora tampoco, y creo que jamás podré. Sueño con ella dormido y también despierto, en ocasiones. Y a veces, en el duermevela nocturno, vislumbro que es ella la que descansa junto a mí. Plácida y segura, en la penumbra de mi cuarto y con un libro en su regazo. Y sigue teniendo allí la misma edad de entonces: tan sólo doce tiernos años. No quiero tocarla, y no por miedo a que su fantasma despierte. Sino, muy al contrario, por temor a que (como advertía ella) se desvanezca para siempre como el humo entre mis dedos…

 Al final, Julio y su padre acertaron tristemente, y el inmenso mar de Aral terminó convertido en un completo desierto en pocas décadas. Creo que los experimentos caseros de Helga (inspirados por las revistas de Julio) me motivaron a mí en mis estudios de física, también. Conseguí una plaza de profesor de secundaria. Hace apenas un mes, yo estaba dando una clase de balística. Explicando la trayectoria ideal de un proyectil, que se limita a una limpia parábola cuando no entran en juego la resistencia aerodinámica u otras fuerzas... Terminaba de trazar un profuso esquema alusivo en la pizarra, cuando sonó el timbre y mis alumnos abandonaron el aula escopetados sin hacerme ya más caso, tonteando con sus teléfonos móviles. Me encogí de hombros con resignación, dándoles la espalda a los cafres imberbes que menospreciaban mi enseñanza (son gajes del oficio, y tampoco todos los alumnos son así de díscolos, por suerte…). Cuando me disponía a borrar el gráfico que acababa de trazar de forma tan paciente como inútil (y mientras la jauría adolescente abandonaba la clase), sentí una punzada en mi nuca y me volví de forma instintiva. Ya solo estaba dentro yo, el aula había quedado vacía…  A dos palmos de mis pies en la tarima, vi una oscilante bola de papel, y el corazón me dio a mí un vuelco repentino… Supongo que uno de los últimos chicos en salir se lo tiró a algún otro que logró esquivarlo, y terminó impactando en mí por accidente. Quiero creer que fue eso… Bueno, en realidad no. Preferiría creer que…

 Desplegué la bola de papel: estaba en blanco en ambas caras. Solo eso. Me senté en mi mesa de profesor y extendí el pliego para quitarle en lo posible las arrugas con la palma de mi mano (ojalá pudiera hacer eso con las mías propias fácilmente, sobre todo las del alma). A veces me siento tan viejo, tan cansado… Pero de pronto, algo imprevisto sucede (surgido de no se sabe dónde) y me da ánimos cuando menos lo espero, devolviéndome parte de mi juventud. No la más inocente, pero sí la más vital de ella. Siempre me ha ocurrido así, desde aquel lejano estío… Es extraño. Aquel papelucho apretujado en el aula activó todos mis recuerdos como nunca antes. Los nítidos, los desvaídos, los olvidados… y los que creía (por error) recordar correctamente y rememoré de pronto de manera fiel al fin.

 Tomé un lápiz y usé el papel, ya bien alisado, para dibujar en él la silueta del barco fluvial lo mejor posible, con una rara mezcla de gozosa satisfacción por lo vivido y de melancolía por lo perdido al mismo tiempo.

 Hay un lugar en el interior de cada uno en el cual la ilusión no se marchita. Y la pureza no se pierde, si de verdad la tuvo uno alguna vez. Un lugar al que se puede volver siempre. Sólo hay que encontrarlo, claro... Si algún día vislumbro de nuevo el mío propio (si lo recobro de veras), cruzaré a nado a la otra orilla en un segundo y sin dudarlo, con el éxtasis de la felicidad más plena. Y quizás alguien me esté esperando justo allí serenamente, leyendo bajo una vieja sombrilla cualquier libro…    

Y eso es todo. Todo lo que alcanza mi memoria, al menos. Espero que Helga —grabada a fuego en lo más hondo de mi ser— me perdone la traición de dejar plasmado su recuerdo también en estas páginas.    









© Bonifacio Álvarez





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"Celebration", del grupo Kool & The Gang.