sábado, 16 de junio de 2018

Nunca rompió un plato.














Laura jamás rompió un plato. Nunca. Eso era imposible. No es que no fuese imperfecta, ni tampoco que jamás fuese caótica. Ordenada sí era, y mucho. Pero también algo revoltosa alguna vez. Y a veces descuidada, igual que todo el mundo. Simplemente, la entropía huía de ella. Como de un muelle deformado con tenazas que regresa a su estado primitivo sometido al fuego de un soplete.
   
 Ella nunca rompió un plato. Fuerza en las manos sí tenía, pero no estaba en sus manos hacer eso. Ni de niña con su tímida torpeza pudo nunca, ni de adulta con su confianza desenvuelta. Y tampoco eran solo los platos en sí (que también), o cualquier vajilla o cosa frágil. Es que Laura no podía romper nada, simplemente, por más que lo intentase. Ni material ni emocional tampoco. Aunque lo aplastase al volante de una apisonadora auténtica. O aunque lo sometiese al gravoso peso de su ira, o al cortante filo de su indiferencia. Ella era así, sin parangón. Cuando nació, rompió su molde. Y ya nunca volvió a romper nada. 

 De pequeña y en la escuela, la tenían por una alumna muy discreta. Jamás hablaba sin que le preguntase antes la maestra, pues ella era incapaz de romper el silencio por sí misma. Cuando hacía cola en el comedor con su bandeja, o en clase de gimnasia para saltar el potro, se ponía siempre la última, pero no por retraimiento: temía verse obligada a romper ella la fila.

 En clase de ciencias la dejaban usar con libertad, como si fuera adulta, los frágiles tubos de ensayo y los matraces conteniendo tóxicos reactivos. Pues sabían que jamás podría causar una catástrofe si se le resbalaban y rompían al caer. Las matemáticas, en cambio, no las conseguía llevar bien, pues se le resistían siempre las divisiones y quebrados.

 Laura era feliz cuando veía un abrefácil, y había que entregarle los regalos desenvueltos. A veces se sentía rara y sola. Y entonces la dejaban desahogarse en la cocina. Jugando ella a derribar pilas de platos de cerámica, hileras de vasos de cristal fino, y pirámides de tazas de loza. Para ver cómo rebotaba todo ello en el suelo como si fuera de goma cuando ella lo empujaba, sin hacerse añicos. O cómo descendían los objetos muy despacio y oscilando a veces, como plumas al caer, sin dañarse nunca nada. Aunque terminó por aburrirse de ese juego.
  
 Cuando cumplió 10 años, su padre la llevó a un psiquiatra para pedir consejo y entender mejor la peculiar rareza de su hija:

Verá doctor, estoy muy preocupado —dijo—. Mi pequeña, ahí donde la ve, no es capaz de romper un plato. 

—Hombre —contestó el médico, sin alarmarse mucho —; hay chiquillos algo retraídos al principio. Luego con la adolescencia se vuelven todos más inquietos, ya verá. No se queje ahora, que echará de menos tanta calma…

—No me ha entendido —replicó el padre, e hizo un gesto convenido a la niña. Esta se levantó de la silla de cuero en la que estaba hundida en la consulta. Y para espanto del médico, que no esperaba un arrebato semejante, se puso a arrojar sin más al suelo y a golpear con saña todo lo que encontró a su paso en el despacho, y con la mayor fuerza que pudo: muebles, libros, instrumental clínico, adornos… En concreto, se enzarzó con un gran diploma enmarcado que, primero, descolgó de la pared. Intentó luego romper su marco a golpes contra el suelo. Se subió encima de él, saltando allí como si fuese una colchoneta. Y finalmente golpeó de forma repetida el cristal que lo cubría contra una aguda esquina de la lujosa mesa de caoba en la que estaba sentado el estupefacto médico, sin causarle el menor rasguño a aquel objeto. El doctor  permaneció paralizado por el pasmo todo el tiempo. Sin atreverse a poner freno a los desquiciados manejos de aquella turbulenta fiera enana, aunque temía seriamente que le destrozase la consulta. Pero ni el cristal, ni el marco, ni el diploma, ni el resto de objetos que la chiquilla sometió a un rabioso esfuerzo destructivo, sufrieron el más mínimo rasguño o desgaste tras la intensa prueba. La niña, muy bien educada, lo volvió a dejar todo en su lugar exacto. Inalterado y limpio, sin que su padre necesitase recordárselo. Incluido el incólume diploma que ella misma regresó a su sitio en el muro, colocándolo bien recto como colofón de su teatro. Y se volvió a sentar en la silla entonces, atusándose la melena algo revuelta con un pequeño peine como si tal cosa… 

 Todo quedó pulquérrimo e intacto, como si nada hubiera sucedido tras el fallido destrozo. Y el psiquiatra reaccionó por fin, aunque impresionado todavía. Se levantó él y se dirigió despacio y en silencio a una vitrina apartada en un rincón. La cual previamente la niña había intentado hacer astillas en vano, usando brutalmente el mazo con el que el doctor medía los reflejos de sus pacientes. Ahora, él extrajo del pequeño armario intacto una delicada porcelana que había comprado en un viaje por Asia. Y se la entregó muy serio a Laura, como si su escéptica mente racional requiriese una prueba última y sólida de la cualidad extraordinaria que impedía a aquella niña causar daños al mundo. La muy frágil figura representaba una pizpireta mujer de sonrosadas mejillas tañendo un zheng envuelta en un kimono. Laura, sin levantarse del asiento, la golpeó con energía contra el mismo extremo de la mesa a su alcance, el cual había usado ya en su vano intento de hacer pedazos el diploma. Nuevamente fracasó, y la quebradiza figurilla resistió el castigo sin sufrir la más mínima fisura. Para rematar la prueba, Laura le mordió la cabeza a la estatuilla con alevosía, como queriendo arrancársela. Pero no le causó ninguna muesca con su dentadura. Se la devolvió indemne al médico, al final. Encogiéndose de hombros y mirándole muy seria, como diciendo “lo intenté”. Entonces el doctor dijo él en voz alta: « ¡Asombroso! ». Y tuvo que admitir que aquella chiquilla peculiar totalmente incapaz de romper nada, sí que podía triturar la lógica científica ella sola. Así que no supo qué tratamiento médico aplicarle, ni qué diagnóstico hacerle, si es que precisaba alguna de ambas cosas. De modo que les dejó a ella y a su padre irse de la clínica sin aconsejarles nada. Y Laura creció después de esa manera: sin demasiada ayuda ajena, y sin que nadie pudiera comprenderla bien.    
    
 Cuando se hizo adulta consiguió trabajo reparando máquinas. Odiaba la electrónica, así que no arreglaba mucho. Pero no la despidieron, porque tampoco rompía nada. Y ella, aunque detestaba su empleo, era incapaz de romper cualquier contrato con la empresa. Pues Laura no podía destruir nada jamás: físico, mental, emotivo o simbólico. Absolutamente nada. Tampoco el corazón más frágil…   

 Por eso, cuando se hartó de su primer y único novio, fue incapaz de romper con él, por miedo a herirle. De modo que terminaron casándose. Aunque ella tardó en animarse a tener hijos, pues temía no ser capaz de romper aguas. Y cuando tuvo al fin su único y frágil bebé en brazos, le consoló saber que no lo podría dañar nunca. Aunque decidió cuidarlo bien, mejor que nadie. Vigilando siempre para que nadie lo rompiera. 

 Cuando libraba en el trabajo, tenía muchas aficiones. Pero al final se aburría siempre, sin lograr romper con la monotonía. Le gustaba cocinar pasteles de nuez. Pero ella era igualmente incapaz de cascar sólidas nueces o endebles cáscaras de huevo, de modo que pedía ayuda para eso a su familia. Aunque lo que más disfrutaba eran sus pinceles. Pintar era su pasión, y lo hacía siempre con un estilo clásico. Hasta que un día se cansó y quiso innovar algo, pero nunca consiguió romper las reglas académicas.

 Como a todo el mundo, a Laura le costó alcanzar la madurez. A veces se engañaba a sí misma y se hacía daño. Pues creía erróneamente que, al no poder hacerle mella al mundo, el mundo no podría herirla a ella. Incluso se odiaba alguna vez por sus errores propios, y le tentaba la idea de romper con todo. Empeñada en hacer borrón y cuenta nueva en sus fracasos, hasta que comprendió que no podía romper lo que ya estaba roto. 

 Un día, el caos más doloroso destrozó de súbito su ordenada vida. Su pequeño hijo y su esposo murieron cuando iban en un coche, que fue arrastrado por la ruptura de una presa, y Laura quedó rota por dentro. Buscó rápido un plato, con la esperanza irracional de conseguir romperlo. Quería usar el filo de un trozo cualquiera para cortarse las venas, y decirle adiós, así, a su existencia destruida. Pero el plato resistió, aunque lo machacó con furia. Así que rompió a llorar, hecha pedazos.   

 Decidió romper con el pasado tras el drama familiar, e hizo ella sola (y muy sola) las maletas. De camino al tren, rompió a llover, y terminó empapada. Y luego, ya segura en su destino en la costa, el sol salió por fin. Pero ella contempló, triste, el rompeolas. No sabía si la espuma del mar era algo roto o algo entero. Y sospechó que, debido al gran dolor que la había quebrado, su propio espíritu se había vuelto así también: informe y fútil, como espuma.  

Pero se consoló al ver el océano, y lo pintó bien con sus pinceles. Malvivió como artista ambulante al aire libre por un tiempo, vendiendo paisajes marinos simpes y caricaturas a los turistas que pasaban. Pero con el invierno ya no pudo. Necesitaba un ingreso sólido y un techo.  Y postuló como empleada de un bazar de todo a cien, repleto de horrorosas cerámicas baratas. La contrataron enseguida, porque no podía romper nada. Y Laura aceptó por eso mismo: porque sabía que ella no tendría que pagar los platos rotos, por mucho que estableciese eso el contrato ya escrito. Pero debido a que necesitaba de verdad ese trabajo, tuvo que transigir de mala gana con estafar a la clientela. Defendió su puesto con uñas y dientes, así, pero de forma literal también. Haciéndoles creer a los que entraban en la tienda, mediante bruscas demostraciones evidentes, que la basura que se vendía allí era irrompible.

 Se cobijó en un apartamento antiguo, dentro de un destartalado bloque a punto de derrumbe. Pagaba un alquiler humilde, como el lugar mismo y sus antipáticos vecinos. Para no sentirse sola, se rodeó de gatos de siete vidas (irrompibles). Para no sentirse rota, se rodeó de cosas eternas (sus libros de pintura). 

  Y de esa forma vivió Laura un par de lustros, resignada y discreta como ella había sido siempre. Y tras no haber sucedido nada en mucho tiempo, pasó todo de repente: el caos final. El vecindario alertó a las autoridades de que algo muy grave ocurría en el hogar de Laura últimamente. Se escuchaban golpes, crujidos, alaridos, carcajadas, maullidos terroríficos, desgarrados llantos… pero nunca objetos rotos. Finalmente, una mañana se oyó una explosión muy fuerte dentro. Y la puerta del piso de Laura se abrió sola con la onda expansiva, en medio de una gran nube de humo blanco. Los gatos aprovecharon para huir despavoridos, y luego el humo se desvaneció enseguida sin dejar rastro alguno. 

 Acudieron los bomberos y la policía con urgencia. Y el primer detective en acceder a la vivienda a través de la entrada franca con el pestillo intacto, vio rotos todos sus esquemas en el acto. Esperaba encontrar un escenario dantesco, tras haber interrogado a los espantados testigos: un holocausto de cadáveres felinos, sangre, locura, desorden… Pero lo que halló fue justo todo lo contrario. La vivienda estaba limpia y reluciente en grado extremo. Y con todo en un estricto orden rebuscado, obsesivo. Demasiado perfecto para poder vivir en él, como en una casa museo. 

 Por eso el policía encontró a Laura muerta, pero con una sonrisa beatífica en el rostro. Tendida en su impoluta cama con la melena bien peinada. Y a su lado, pintado en un lienzo, había un plato roto.

   
          



© Bonifacio Álvarez.









jueves, 7 de junio de 2018

Mientras yo viva.



















 La vieja prisión se alzaba en lo más alto de la colina de una isla.  Solo quedaban un último prisionero y un último guardián allí, ambos de edad madura, que se habían terminado haciendo amigos. No les quedaba otro remedio: no había más habitantes que ellos dos en aquella isla apartada. Charlaban a través de la reja del portón de acero de la gran celda en penumbra, excesiva esta en tamaño para un único ocupante, aunque demasiado estrecha para el ansia de libertad de un ser humano. Jugaban al ajedrez apoyando un pequeño tablero en la portezuela abatible, en la que el guardián le dejaba al reo la comida diariamente.  

 Con tanto compadreo durante años, se terminaron pareciendo los dos mucho. Eran casi la misma persona, solo que cada quien vivía a un lado de la puerta de acero inexpugnable. Uno de ellos (cualquiera de los dos) anhelaba ser libre de verdad, aunque sin ira, vagamente. Y el otro (también cualquiera de ambos) se frustraba él sí con rabia por no poder ser libre totalmente, aunque sí lo fuese en espíritu. Se turnaban en ansiar la independencia que ninguno de los dos poseía en el fondo en aquella isla apartada. Y también en sentir cólera por carecer de ella, o bien pacífica resignación, por turnos igualmente. Aunque no siempre se lo expresaban todo de forma abierta el uno al otro.

  Sí que se contaban una y otra vez las mismas cosas (y en detalle) acerca de su pasado y sus familias, y a veces también sobre sus sueños. Aunque el prisionero ya no albergaba ilusiones. Sin esperanza alguna de abandonar su encierro físico, dado que su condena penal era perpetua.

 Para dejarle claro eso, aunque sin afán alguno de ser cruel, el guardián era sincero con el recluso al que cuidaba. Y cuando intuía que la melancolía le aprisionaba a este aún más que los propios muros de la celda, le espetaba siempre lo mismo. Con una grave honestidad que buscaba sacudirle de su abatimiento, pero sin dejar por ello de ser fiel a su vocación de carcelero: «Mientras yo viva —le repetía siempre— jamás saldrás de aquí»

 El prisionero asentía con una sonrisa resignada entonces, agradeciendo en cierto modo la sinceridad implícita en el descarnado desengaño. Y cambiaban el tema de la charla ambos enseguida, o se concentraban en las casillas del tablero. Al mediodía, cuando la antorcha cenital del sol se filtraba por la reja de la puerta de acero, e iluminaba de lleno el amplio muro encalado interior opuesto al de la puerta, como si este fuese un gran lienzo o la pantalla de un cine, el recluso se entretenía en pintar allí un mural que representaba una marina. En realidad, trazaba con delicada paciencia el propio paisaje de la isla en la que se encontraban él, su guardián y la prisión misma en la colina. Alzado todo ello sobre un envolvente y, en general,  pacífico oleaje. No había podido ver aquel entorno en décadas, desde que le encerraron para siempre en él sin posibilidad de disfrutarlo. Pero su espíritu sí que lo podía intuir todo muy bien.

 Era excelente imaginando, pero pintando era aún mejor. En su juventud, había sido artista. Hasta que se olvidó de hacer buen arte para hacer mala política, sin dejar por ello los pinceles. Se había dedicado en aquella época lejana a elaborar carteles subversivos. Sin comprender muy bien por qué quería él mismo rebelarse y transformar el mundo por las bravas, si con su arte y con su amor apasionado por la vida él ya era un ser feliz y completo. No obstante nunca fue extremista, solo partidario. Pero lo que le perdió fue justo eso: para los de la facción contraria (los que le condenaron) él era un radical, aunque solo fuese en realidad un tibio crítico del poder vigente, algo díscolo quizás. Y para los de la facción propia (los que le abandonaron a su suerte) él era un traidor, y ello únicamente por negarse a ser un fanático de veras. Al limitarse él a sojuzgar la realidad social con sus pinceles, de manera estética en esencia. Sin animarse a contribuir a derribarla con violencia frontalmente, tal como le exigían sus correligionarios.    

De modo que el joven artista acabó siendo una víctima de las contradicciones ajenas. Lo que le enredó en las suyas propias más aún, al no tener un referente externo del que poder fiarse. Así que dejó de pintar nada en el mundo, para terminarlo haciendo en una celda para siempre, aislado de él.    

 Su amigo carcelero conseguía para él los mejores químicos, utensilios y pigmentos que podía, y hasta le aconsejaba sobre cómo y en qué proporción hacer las mezclas. Incluso le orientaba vagamente sobre los detalles estéticos del bello mural que, poco a poco, estuvo casi terminado. Un día, le alcanzó al recluso a través de la portezuela abatible el último frasco de azul cadmio, para que pudiese rematar mejor un leve remolino en el manso océano de su paisaje. Y le comentó:

—Tu arte tiene vida, sin duda. ¡Qué bien dibujas el mundo, hermano, tal cual es! Y sin necesidad de verlo con tus ojos. Tu alma capta lo externo con fidelidad total, es asombroso. En el lugar preciso en el que está de veras, y con su apariencia exacta incluso. ¡Ay, si de verdad pudieras ver lo que hay afuera, qué no pintarías tú con tu clarividencia insólita! Lástima que nunca podrás salir de tu covacha mientras yo esté vivo, ya lo sabes…

 El preso sonrió, triste, en la penumbra. Tiznó de azul el mar con su dedo, y se fijó en el girón níveo de una nube alta desgajada por la brisa en la representación pictórica. 

—Que las nubes se disipen con el viento, pase —dijo, algo molesto—. Me es fácil rehacerlas.  Pero estoy harto de pintar gaviotas sobre la isla. Al final se van siempre volando cuando nadie las observa.

—Tus cuadros tienen vida, ciertamente —dijo el guardián en tono reflexivo,  mirando el mural con respetuosa admiración a través de la reja—. ¿También se fue el último conejo? No lo veo.

—No estoy seguro. He pensado que quizá se meten todos dentro de la madriguera —La señaló el propio recluso en el mural.

 La había bosquejado con pinceladas de ocre y azabache entre unas matas, cerca de la entrada del presidio. El cual también estaba allí representado, con su propio guardián diminuto (apenas una mota gris de zinc) plantado ante la puerta:

—No me arriesgaré a pintar ningún conejo más —concluyó, sesudo, el artista—; no sea que salgan todos juntos de su hueco de repente como una marabunta, e invadan la colina.

—Así son los conejos— Ironizó el guardián, y tosió un poco. Llevaba tiempo enfermo.

 La noche siguiente fue muy fría, incluso gélida. Cuando amaneció, el guardián tardó algo más de lo normal en traerle el desayuno. Se lo anunció con la voz ronca y con respiración asmática, y le dejó algo de fruta en un plato en la ventanita de la puerta. Luego, se fue sin más, sin darle charla alguna por aquella vez. Y al mediodía, cuando el pintor dio el último y final retoque al gran mural, la voz del carcelero volvió a oírse. De pronto nada áspera, como si se encontrase mejor ya. Aunque extrañamente hueca. Como si le hablase al artista preso desde el inframundo. Y no a través de una gruesa puerta de metal tras la que era el pintor, y no su centinela, quien padecía un desesperanzador entierro en vida.   

 —Enhorabuena, veo que tu obra está completa —dijo la voz del carcelero, refiriéndose al mural por fin concluso—; pero no intentes engañarme —añadió—: tras ese promontorio en la bahía, asoma el sutil blanco de una vela. Veo que estás listo para zarpar al fin…

—Tu crueldad me hiere a veces, créeme —replicó el pintor con una mueca de sarcasmo, sintiéndose humillado—.Te la voy a perdonar una vez más, por ser mi amigo. Mis cuadros tienen vida propia, cierto. Pero yo no soy un mago ni un fantasma para poder atravesar esa pared, como bien sabes —añadió, muy serio—. Pinté hoy mismo ese entrevisto barco oculto como amarga rúbrica a mi obra únicamente. Para recrearme en mi dolor de una manera algo morbosa, lo confieso. Pensando con agridulce ironía en mi imposible libertad. 

—Cierto, tú no puedes atravesar paredes —replicó la voz de su amigo—. Y yo tampoco soy un mago… Ni siquiera para cambiar la ley yo por mi cuenta sin violarla, ya quisiera. Pero recuerda lo que siempre te he dicho: «No saldrás de esta prisión mientras yo esté vivo» —concluyó. Y en ese instante, sonó un agudo chasquido.

 Le siguió un crujido profundo y un chirriar de goznes. Y la puerta de acero, que daba al aire libre, cedió sola. Un haz de luz intenso invadió la penumbra de la celda, entonces. Y el pintor se aproximó allí tímidamente. Terminó de abrir la puerta él mismo, con una mano temblorosa. Fuera no había nadie. El resplandor del mediodía cegó sus ojos de topo, que tardaron en acostumbrarse a la luz viva. El súbito golpe de aire fresco le cortó el aliento. Allí afuera, a sus pies, en la misma entrada del presidio, descansaba una maleta, conteniendo sus objetos personales. Le asustó un raudo conejo, que le cortó el paso por sorpresa cuando él comenzaba a avanzar ya con sus enseres empacados, aunque se esfumó enseguida. Y entonces el pintor miró atrás un segundo, hacia el interior de la celda bien visible con la fuerte luz y el portón abierto del todo. Dentro del colorido mural, al fondo, la silueta pintada del carcelero acababa de salvar el obstáculo de su propio animalillo dibujado, cargando su respectiva maleta. Y miró atrás ella también por un instante, devolviendo una sonrisa al artista cuando se encontraron las miradas de las dos almas gemelas. Luego, el guardián se giró y siguió camino hacia la vela oculta a medias por el promontorio del paisaje ficticio.

 Y entonces el prisionero hizo lo propio, con su maleta real y encaminándose él al peñón rocoso en la bahía auténtica, dispuesto a abandonar la isla para siempre.

 Ya nunca más tendría una sombra cuidándole día y noche. Alimentándole, dándole conversación. Viviendo una vida real por él y amenizando su tedio de continuo, sin que él tuviese que preocuparse por nada. Suya era la responsabilidad ahora, y el trabajo. Suya también la incertidumbre, en un espacio inmenso y peligroso abierto súbitamente para él. Y suyo era el tiempo al fin, consciente de que no le sobraría en el futuro en demasía como para despreocuparse de perderlo, tal como había hecho hasta ahora. Ya nunca más podría ser él mismo siendo él a secas, tampoco. Ya no podría ignorar más al resto del enjambre humano y su influencia, como una abstracción social inalcanzable. Ahora su soledad sería compartida con muchos, sin duda. Con millares incluso, en una gran ciudad, quizás. Y no con un solo individuo o consigo mismo, como estaba acostumbrado. Carceleros y presos todos los unos de los otros allá donde él viviese, así sería su futuro. Siendo él un átomo más de una catarsis compartida que, pese a aportarle su calor humano, en el fondo también sería una condena.       

 Tragó saliva ante la apabullante expectativa, que le causó igual vértigo que la ladera escarpada. Y descendió, despacio, el empinado altozano en dirección a la bahía. Midiendo cada paso bien, en pugna con la vacilante atrofia de sus piernas huesudas, para no perder el equilibrio con la maleta o resbalarse.  

Suspiró aliviado, ya en la playa, al vislumbrar la vela hinchada por el viento. Por fin había dejado de ser libre.      






© Bonifacio Álvarez