Poemas


                                                 Algunos poemas propios, la mayoría inéditos.

        
                                                                   Mark Ryden: "Jasper Riding"
                                     

PERFECCIÓN


Alerta e impasible en cada ciclo,
como sibila insomne,
tus manos acarician páginas en blanco,
serenas pero ávidas.
Y leen lo que no veo.
Y ven lo que yo sólo sé leer.
Tu acento dice, sin hablar, cosas no dichas.
Y, a veces, calla con un nudo en la garganta.
Eres como un grito de rabia en el vacio,
y también como un suspiro de calma en la vorágine.
Eres nada y todo, porque nada necesitas.
Porque todo es horizonte frío
bajo el dosel iridiscente de tus alas.
Eres todo y nada, porque todo te conmueve,
porque lo amasas todo con tus manos
de delicado orfebre,
 y lo haces claro y pequeño.

Eres pasión más fuerte que el dolor.
Llaga abierta, envuelta en un abrazo.
Vivo alcázar que es hogar y fortaleza,
oro y mármol que pisa un ángel fiero
pero tímido, con los pies descalzos.

Amo el traslúcido vuelo de tu ser
que, por ser él fuego, no puede arder en una llama;
la fugaz polilla que aletea
en su vaivén de seda inaprensible,
y brilla en el fulgor que eres tú misma,
etéreo silfo de mirada plena.
Y esa luz invisible opaca todo.

Pero lo mismo vuelas y sonríes
y no dices por qué, pues no hace falta:
tu razón es un arcano parpadeo,
tu silencio nombra con sutil acento
el alma de las cosas.

Te doy más amor del que podría darte,
porque también de ti lo obtengo.
Porque me expando y me consumo en tu sol vivo.
Y alzo el vuelo intacto yo, riendo,
sin delatar mi sombra que te adora.
Para abarcar mejor, desde lo alto,
tu insólita verdad, inexpugnable y frágil.

Más allá del tiempo y el espacio,
del reloj y del compás,
del fuego y de la sangre.
Más allá de todas las batallas,
donde el fénix resurge pero agacha la cabeza,
se alza sublime, cual rosa intacta en un incendio,
tu humilde perfección.


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Existes tú. Existes tú.
Nunca lo olvido... pero sí lo olvido.
Tenue en aparienca a veces,
como oscilante llama inextinguible
que me consume en la pasión de ser yo mismo,
mi materia y mi límite,
pero ardiendo en ti y por ti.

Siempre eres brasa y, a veces, llamarada en mi vida.
Cuando brotas, te tomo de ambas manos,
para bailar los dos en torno a un fuego puro
que alimentamos ambos y aleja lo funesto.

Y si no estás, recuerdo que estás cerca,
que estás aquí... aunque siempre estás aquí.
Pues "aquí" no es un lugar, "aquí" es mi todo;
"aquí" es "en mí", en mi ser que fortaleces.
“Aquí” es cada lugar por el que paso
con tu sombra a mis pies, cuidándome.
Cada sitio en el que permanezco,
contigo estática también, igual que un sol que no me quema.

Pues también eres el árbol a cuya sombra leo
el libro de mi vida, mientras tú pasas las páginas
con tus dedos de nieve
que son caricia en mi cuerpo algunas veces.

Pues "siempre" sólo lo es tu voz en mí,
siempre en mi presente y mi memoria.
Tu voz que me acompaña y me estremece:
que me hace temblar, casi sin miedo;
que me hace reir, casi sin llanto.

Te veo en todo,
Te he visto tantas veces
que, ahora, en el atardecer, cierro los ojos
para escuchar tus pasos en la hierba,
para sentir tu risa caprichosa,
para escuchar tu plática en mi oído.
Mientras tu aliento, igual que un torbellino,
arremolina mis recuerdos secos.




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ORIÓN



       Ella abrió las manos, y el cielo quedó oscuro.
   Y volaste lejos, con tus propias alas.
              
 ¡Cuánto frío allá arriba sin refugio,
           
 y qué viento cortante sin reposo!
          
   ¡Qué vértigo libre de dominar el cielo,
           
    y qué atávica soledad de no alcanzarlo!
                    
        
     Tú, bólido en tu orgullo de pionero grave,
         
        pero pluma también en tu humildad liviana.
     
      Te llamaba el llano con su calor de madre,
                   
       y el mar también, con la impiedad de su marea.
                    
    Pero tú no podías ser nave en tierra firme,
               
ni espiga de trigo en el océano.
                    
   Tu ser de estrella se forjó en la fragua
                    
      donde se prueba el alma de los héroes.
                     
 Cuerpo de llama y vuelo de saeta,
              
       tuyo es el dominio de los seres alados,
                    
 y también tuya la carga del barro y la ceniza.
                       
    
   Un día te venció el tedio de extrañarla,
              
        te atrajo de improviso el hambre de su anhelo.
                      
      Cansado de bogar por la penumbra etérea,   
            
    cantor del yermo y bailarín de la tormenta.
                         
  Y cumpliste una promesa nunca hecha
                        
                                   a su espíritu, que echó a volar contigo.                                  
                 
     
      Regresaste a ser el pálpito de su pecho yerto, 
                 
     la sangre en la granada mustia de su boca.
                    
    La fuerza de sus manos, abiertas como un cáliz
                  
     para acoger, de vuelta, tu soledad de nube.
                        
          Ella cerró las manos, y brilló el sol en tu mirada.

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Mi amor no tiene mente.

Habla con sus actos, como el tiempo.

Escribe con la huella de sus pasos

En los renglones de la incertidumbre,

Con la caligrafía de un corazón valiente.

Pero es tan sabio mi amor…



Mi amor no tiene boca.

Él es agua viva en la corriente.

El néctar que sacia, en los desiertos,

La sed de los que no pueden saciarla,

La voraz necesidad de los hambrientos.

Pero es tan dulce mi amor…


 Mi amor no tiene manos.

Su cuerpo entero es una garra que se amolda.

que araña o acaricia y que procura

el cáliz de su abrazo como un muro

contra el frío del desasosiego,

contra el puñal avieso de la insidia.

Pero es tan fuerte mi amor…


Mi amor no tiene suelo.

Él es la misma tierra que germina,

Que brota con la rabia de la vida

Como ciego surtidor que empapa todo,

Y lo perfuma como enredadera frágil.

Pero es tan firme mi amor…


Mi amor no tiene espacio,

se expande libre como el Universo.

y es música silente en el vacío,

que sólo la pureza alerta siente,

partitura del dolor que abre los ojos.

Pero es tan grande mi amor…


Mi amor no tiene edad.

tiene soles nublados de recuerdos,

lunas vivas que palpitan en la mano

arrancadas al corazón del tiempo.

Pero es tan eterno mi amor…


Mi amor no se desborda cual torrente,

pero tiene el brillo vivo de un relámpago.

No se rompe igual que el oleaje

hecho espuma estéril de reproches.

Pero ruge con el hambre del deseo, 

con un ansia febril, lanzada hacia el futuro.


Mi amor es una niña que descansa

indolente, al borde de un riachuelo eterno.

Cierra tú los ojos, y podrás sentirla.

Su sueño envuelve el tuyo.

Lo abriga, lo protege.

Como una oculta estrella nacida antes que el mundo.


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Amarte es acariciar una hoja en blanco,
cual si fuera tu piel, para escribirte

un torpe poema que te nombre

sin la gracia con que tú nombras las cosas

y las rozas con los dedos, bautizándolas

con el aura tibia de tu aliento.

Mientras les pones nombres ocurrentes,

más bellos, pero raros como el mío

que, en tus serenos labios, se ennoblece.



Amarte es admirarte en lo imperfecto.

Lo que tu alma enreda por capricho

y desteje luego sabiamente,

para de nuevo urdirlo cual escudo

que, aun firme, no disuade a la tristeza.


Amarte es contagiarse de tu juego

de inasible pez en la corriente.

De tu gravedad de efigie en un desierto

que te hiere los pies, pero que es polvo a tu paso.



Amarte es comprender que, en este mundo,

solo un amor así vale la pena:

ese que tú me das sin merecerlo.

Ese que sí merezco, si lo robo

en un descuido tuyo de tus manos

que me otorgaste, y que yo abrigo en mi pecho

como un niño abriga un cachorrillo

a la vez salvaje e inocente.  


Y justo así eres tú, como la savia

de un bullente jardín de enredadera.

Cuya flora trepa el cielo perfumándolo,

cual firmamento vivo donde no hay estrellas.



Amarte es sumergirme en tu mirada,

en el fragor lacustre de tu cuerpo.

Y emerger, pletórico de gozo,

al canto vivo de tu voz de pájaro.



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Te olvidaste de los árboles 




¿A qué le llaman distancia?: 
eso me habrán de explicar. 
Sólo están lejos las cosas
que no sabemos mirar.

Atahualpa Yupanqui.





Acodado en su pupitre de formica,
con su alameda de lapiceros de colores
en perfecta hilera en su cajita de cartón,
el niño dibujó una casa muy pequeña
bajo un árbol inmenso.
¡Qué exagerado! –Corrigió la maestra–:
no hay árboles tan grandes –dijo.

Podría ella haber imaginado
un exculpatorio hogar de gnomos
o una casita de pájaros.
Pero no, ella pensó con su prejuicio:
“No hay árboles tan grandes”.

Casi tiene excusa,
pues ella fue a la escuela en un suburbio de cemento
cuando aún eran de madera los pupitres, sin embargo.
La escuadra, el gran compás, el cartabón, aún de madera.

Pero nunca vio un bosque de sequoias,
ni siquiera una aislada.
Olvidó cuando ella era chiquita
como su alumno ahora.
Diminuta y frágil frente a lo gigante –a los gigantes.
En su encierro urbano hostil sin el cobijo de los árboles.
Asfixiante sin la fresca sombra de los árboles.

(Ojalá cuando su alumno crezca poco o mucho,
como chato arbusto o colosal gomero
no le diga a sus hijos:
“Los árboles ya no existen, niños”.
Aunque ellos –ignorados– sigan en pie en otro lugar.
Ellos, árboles e hijos.
Y todos ellos hijos de los árboles).

Quizás él no los olvide, pero tú los olvidaste.
Te olvidaste de los árboles, sí.
Eso es lo que faltaba en tu ecuación,
el error minúsculo que echó a perder toda la suma.
(Te gustaba atesorar sus hojas en un álbum,
acariciarlas, distinguirlas, ¿lo recuerdas?)

Te olvidaste de los árboles aunque hay millones todavía.
Si perdieses solo un diente, lo echarías siempre en falta.

Pero tienes cierta excusa: ya van estando lejos.
No se pueden mover, pero se esconden de nosotros.
Su presencia fue envolvente antaño:
desde las cunas de madera
a los pupitres de madera
y los molinos de madera.

Y de madera (aún hoy) el ataúd bajo la tierra,
allí donde los amigos no te olvidan
según mienten las lápidas de mármol.
La madera no es tan fría y dice la verdad,
obedece al clima de manera fiel:
se dilata, se comprime, y casi nunca se congela...

Mas los árboles se vengan, no lo dudes.
Y no por derribarlos –eso lo asumen: es su muerte útil.
Se  lamentan de que ya no los busquemos
como rincón de juegos infantiles,
de adolescentes besos escondidos.
Odian que ya no nos durmamos a su sombra.
Que ya no los llamemos por sus nombres
ni arañemos con los nuestros su piel dura.

Su muda ausencia –que hemos dejado de sentir–
nos derriba ahora a nosotros.
Y ellos nos entierran, cruelmente, en una caja.
Como antaño abrasaron brujas malas con ramajes
y clavaron a un judío bueno en un madero,
todo ello sin remordimiento alguno.

Y hoy, ­que somos mezcla turbia
–ni tan viles ni tan puros–
nos asfixia la nube de su incendio
sumada al sucio hollín del tráfico.

Pero ya no ardemos dentro como antes.
Ya no sentimos la pasión del fuego como antes.
Ya casi no contamos cuentos a la lumbre,
ni alimenta las calderas del ensueño
el humo enfurruñado de las locomotoras.

Solo manda lo eléctrico en la urbe.
En la cual aún quedan árboles pequeños,
alineados en aceras sucias.
Sin hojas casi, resecos y algo mustios
que se confunden con farolas,
disponibles como urinario de los perros.
(Los grandes requieren planes, automóviles,
excursión al extrarradio y fotos).

Pero tú te olvidaste de los árboles.
Frente al escaparate del bazar urbano
ya no puedes sentirlos
aunque todavía están ahí, en tristes réplicas.

Ahora ves también, tras un cristal,
ciervos falsos doblemente muertos.
Disecados sin haber estado vivos,
esclavos de una macabra danza cíclica
grabada en un circuito de silicio.

Perdido en la espesura de un bosque sin raíces
hecho de abetos navideños de plástico,
el tendero sí recuerda los árboles.
Pero olvidó su olor para huir a la ciudad.
Necesitó olvidarlo para huir a la ciudad.

Olvidaste los árboles por amarlos malamente,
el peor enemigo es un amante tibio.
El que adora sin entrega, sin sentir la savia oculta,
pero exige el tacto y el abrazo obvios.

Cuando bastan el aroma,
la flor discreta, inaprensible.
La tenaz sombra, la raíz firme, el blando musgo,
y el sabor agridulce de las bayas.
(Quien abraza un árbol sin probar su fruto amargo
se abraza a sí mismo únicamente)

Te olvidaste de los árboles,
que aún dibujan los niños en la escuela
bajo un orden estricto al evocarlos.
Sin desmadrarse mucho, sin licencias.
No sea que despierte en ellos lo salvaje
y latente en cada retoño de este mundo:
animal, vegetal o mineral.
Y decidan luego echar lejos sus raíces,
lejos de la inercia de un orden aprendido.

Te olvidaste de los árboles, sí.
Pero no sólo a ti te falla la memoria.
A veces las ardillas, ángeles del bosque,
olvidan dónde enterraron sus nueces
(¿En qué rincón, junto a qué árbol?).
El exacto lugar de su tesoro,
de su tímida avaricia.
Y gracias al milagro de ese descuido intermitente
hacen que crezcan árboles de nuevo.





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TRAS LA TORMENTA

Que todo nos llegue por sí mismo, sin buscarlo.
Seamos de nuevo niños caprichosos.
Con el mismo ademán con que, en cuclillas,
dejamos aquel barco a su arbitrio en el estanque,
recojamos ahora los restos del naufragio
en una nueva orilla, olvidada ya aquélla.

Y que el ayer regrese, mezclado con la espuma
dócil del mar. Deshecho con los restos
de una cumplida destrucción.
Que todo
vuelva hasta nosotros superada su muerte.

Para que la vida sea sólo ese reencuentro
con un pasado difuso, que regresa
cuando el mal se ha consumado y ya no importa.

  
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Sin daño



   

 Yo no tengo un color favorito,
    tan sólo el café vivo de tus ojos.

    Que, abiertos, opacan las estrellas,

    y alumbran los abismos al cerrarse.

    

    No hay una canción que yo prefiera,

    tu voz es partitura en mis oidos.

    La pauta que, en su calma, me adormece.

           El grito que, al romper, me despereza.           

                                                                                       

    No existe para mí un lugar seguro,

    a no ser el refugio de tus brazos.

    Allí donde me abrigas y me ofreces

    tu ser como una rosa perfumada.

   

    Yo no tengo cifra de la suerte,

    tan solo lo que, en ti, se cuenta en pares:

    tus manos que me otorgas como un rito,

    tus labios que me besan con deleite,

    tus ojos que sonrien al mirarme,

    tus pies que van al paso de mis pies.

   

    No tengo un baúl de los recuerdos,

    lo guardo todo, vivo, en mi memoria:

    el dolor del que has venido a consolarme,

    el gozo que, contigo, se acrecienta.   



    Yo no tengo estrella que me guíe.

    Ni credo, ni consigna, ni amuleto.

    Tú eres mi sino, y en ti están todas las cosas.

    Y, en tu contacto, todas se ennoblecen.



     Nada prefiero, pues lo tengo todo.

     Y, lo que no, tú me lo das sin condiciones.

     Te elijo yo y te elige el Universo,

     en ti comienza el mundo, y en ti acaba.  

    

     Todo lo amarras, incluso lo intocable.

     Todo lo sueltas, incluso lo que es libre.

     Todo lo borras, incluso lo no escrito.

     Todo lo escribes, incluso este poema.

     

     Yo no tengo nada para darte,

     tan sólo el corazón puro de un niño.

     Sin daño, y con amor, me ataste en tierra.

     Contigo, y sin dolor, puedo volar.
         


***



ORIGAMI

 Te escribí un poema en mi memoria
  pero lo olvidé... fue por tu culpa.
Creo que tu ausencia es tan presente
 que, al vivir en mí, te me apareces.
   
 Quizá me lo quitaste de la mano
e hiciste un planeador con el papel de mi recuerdo,
y lo lanzaste lejos (contigo vuela todo)

  Juraría que escuché tus pasos.
  Juraría que oí tu risa delatora.
  Pero no juro: te prometo
  que ya me da igual ese poema.

 Haría el origami de una rosa
 con el propio universo, plegando sus esquinas.
 Y, al encontrarte tras una de ellas
 furtiva y descarada, tímida y traviesa,
te daría la rosa, con un beso.


                                                                    
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© Bonifacio Álvarez 






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