lunes, 23 de enero de 2017

Acuafobia.




Segunda entrega de la sección "gotas de locura". Cuentos ficticios a partir de insólitas noticias reales. El primero, fue "el silbato". Aquí lo tienen:



Esta vez, un hombre intenta atracar un banco usando como arma intimidatoria un simple desatascador de baño. Pero hay mucho más que eso... así que abran el paraguas (sin goteras)



La noticia real, aquí:




 El cuento, aquí mismo:



         

                                                                             ACUAFOBIA


Me encanta esta ciudad: su música, su historia. Llegué una primavera, pero ya es hora de partir de aquí de nuevo. En pleno verano y después de un año y medio. No me tomó en serio nadie aquí (nunca lo hacen). Y se burlaron incluso. Como cuando intenté atracar aquella sucursal del banco con un desatascador de baño.

 Nunca busco dañar, ni soy violento. Pero acaba sucediendo. Aquí estoy, sentado en mi cuarto con las paredes llenas de recortes de periódico. Los miro por última vez, antes de despegarlos con cuidado del muro uno por uno. Y clasificarlos luego, con ordenado mimo, en su carpeta. A mi espalda, la caldera de gas: estropeada y clausurada por un técnico.

 Me gusta ver mi itinerario en las noticias. En el archivador de anillas, las ordeno escrupulosamente ahora, por su fecha… Ya que siempre me ignoran donde voy, me alegra recordar que dejé huella. Pero no soy yo quien lo provoco todo, se lo juro. Ni tampoco busco hacerlo. Nunca me hacen caso, simplemente, y se divierten a mi costa... El invierno es duro, y la calefacción cuesta dinero. Revisarla también. Y habría bastado con cien dólares, para que le diese el visto bueno el técnico durante mi primer (y único) invierno en la ciudad, hace ya siete meses. Es para lo único que uso el agua corriente, para la calefacción: detesto el agua. Y quizá porque la odio me persigue, como una novia despechada. Pero no dejaré nunca que toque mi piel…

 El trauma comenzó muy pronto, con el líquido amniótico. Me negué a desarrollarme, encogido para que no me destruyera. Recuerdo (sí: puedo recordarlo) que temía que me disolviese como un ácido. Y casi lo consigue. Porque, cuando me obligaron a nacer por cesárea, pesaba sólo kilo y medio, no exagero. Como improvisada protección contra el hostil ambiente externo (les juro que fue así, aunque tampoco soy el único, infórmense si no), me metieron en una vulgar bolsa de sándwich, como artimaña de los médicos para darme calor y humedad. Yo era entonces como un pequeño renacuajo. 

O más bien, como una pasa seca…

Humedad. Maldita humedad. La detesto.

No huelo tan mal, y además sudo muy poco. Me arreglo con limpieza en seco y desodorante en barra para mantener la higiene. Como mucho, humedezco un poco una toalla alguna vez. Pero la exprimo bien primero, para arrancar hasta la última gota. Jamás uso agua corriente, no podría. Y beber me cuesta horrores. Lo hago empleando una pajita, y a muy pequeños sorbos. A efectos de hidratarme bien, me apaño con el agua contenida en los propios alimentos. Temo ahogarme un día si bebo un vaso de agua entero. O que el agua traiga un huevo de anguila, que se desarrolle dentro de mí luego como una voraz tenia. Y que ésta me termine consumiendo otra vez, como casi me sucede por completo cuando yo era sólo un renacuajo en mi charca amniótica. Y sí, puede pasar. No, no me digan que no. Ya sé lo que están pensando sobre eso…

 Dicen que el ser humano está formado en un setenta por ciento de agua. Al igual que su cerebro. Yo debo ser una excepción, pues de ser cierto ese dato en mi persona, ya me habría diluido en mí mismo hace tiempo… o vuelto loco. Quizá sea que no soy un ser humano, a fin de cuentas. ¿Cómo puede uno estar seguro de eso, en realidad? ¿Se lo han preguntado alguna vez? ¿Cómo saber si uno es humano o no lo es, si ignoramos qué es lo que define a uno de ellos con certeza? Lo único distinguible de los humanos es su masa crítica. Sabemos que van sumando mucho, y se desbordan como un dique roto luego. Pero… ¿humanos? Ignoramos la esencia que les hace ser tal cosa. Y hasta nos cuesta distinguir bien uno de otro (no son tan diferentes). ¿Espiritualidad? Eso no puede palparse… ¿Inteligencia? No sólo ellos la tienen… En cuanto al aspecto, la diferencia es más palpable, en teoría. Pero viendo a algunos simios, vuelve a ser ambigua nuestra naturaleza propia. Piénsenlo, no se puede afirmar alegremente lo que somos. Si es que yo puedo incluirme como humano, claro está. Quizá sólo seamos un reflejo en el agua, a fin de cuentas… 

 (Guardo el archivador en la maleta, junto a mis artículos de aseo en seco, y alguna prenda de vestir)

Me consuela no ser un lepisma, por ejemplo, un bicho de esos que parecen pececillos plateados, y que abundan en los cuartos de baño, ocultos allí buscando sombra y humedad… Ni tampoco un porífero (eso que llaman esponja), aunque me asemejo un poco a uno: soy un animal sin parecerlo (las esponjas sí son animales, pero sin órganos internos), y me alimento por medio del filtrado del agua… También de forma indirecta ese "alimentarme". Ahora lo entenderán, cuando les diga en qué trabajo habitualmente. Lo que nunca hago, es enfrentarme al agua cara a cara, porque yo siempre huyo de ella.  

 Aunque ella me procura a mí, sin descanso. Y a donde voy, la termino invocando sin querer. No pregunten cómo lo hago, no es algo voluntario. Yo tampoco lo entiendo. Simplemente percibo su humedad en la distancia, primero. Y luego ella hace lo propio con mi respiración y mi calor. Y extiende sus regueros poco a poco, como líquidos apéndices que me cercan quedamente, para ahogarme luego por sorpresa… A veces, lo intentan cuando bajo la guardia al dormir. Y entonces, me despierto asfixiado por mi propia saliva (¿nunca les ha pasado?). En otras ocasiones, en mis pesadillas, me abrazan los tentáculos del agua. Despierto yo angustiado, y desaparecen de repente. Pero sé que el agua estuvo ahí, por el sudor que envuelve mi cuerpo como prueba.

 Siento el agua más de lo que me siente ella a mí. Y si abro bien los ojos, no me alcanza.

Sé dónde hay un pozo oculto mucho mejor que un zahorí, y sin otro instrumento que mi cuerpo, que actúa como antena. Siento en mi piel cuándo una gota de agua cae cerca, incluso. Sin que me llegue ella a tocar, ni yo a verla ni a escuchar su cristalino goteo, tampoco… La experimento como el gélido y fino pinchazo de una aguja en mi nuca, créanme.

 También sé dónde hubo agua alguna vez, aunque esté seco. Puedo ver con mis ojos el cerco que humedeció un cojín, o la marca de un escupitajo en la acera. Sólo yo veo esas cosas, cuando ya no las ve nadie. Aunque no quede resto físico, visible ni invisible, hace ya décadas.

Nací sabiendo cuándo se iban a formar nubes de lluvia sin mirar al cielo. Y pronto aprendí a prever en qué preciso instante iba a cesar el desatado chaparrón, con el cielo cubierto de plúmbeos nimbos todavía… De niño me gustaba acercarme a las alcantarillas cerradas con cuidado. No muy seguro de que el agua pudiese saltar de ellas por sorpresa como un géiser, y embestirme a propósito... Lo mismo que un indio del cine del oeste con el trepidar de cascos en el suelo, disfrutaba yo, entonces, pegando en la metálica y fría tapadera la mejilla, y no la oreja. Para percibir sin posibilidad de error alguno, los accidentados recovecos que el agua de toda la ciudad iba trazando en su desagüe. Formaba entonces yo, en mi mente, un perfecto mapa subterráneo de la urbe, que ni el mejor topógrafo habría podido trazar nunca. Y también uno superficial de cada edificio que se elevaba en mi ciudad natal (la primera de mi largo itinerario, que hoy prosigue) sin moverme de la alcantarilla. Visualizando (sin verlo) con minuciosa precisión, el enmarañado esqueleto de las cañerías de la vía pública y de las tuberías hogareñas. Al percibir de lejos la humedad del agua, que circulaba arriba y abajo por ellas en un bullente circuito de ida y vuelta.

Con el tiempo, aprendí a sentir, incluso, el bulto de los incontables deshechos flotando en la corriente subterránea de las cloacas. Me adapté a entender el curso de agua invisible igual que un ciego se amolda a interpretar el oscuro mundo en que se mueve. Pero sin bastón ni tacto alguno por mi parte, y sin necesidad de moverme yo tampoco. Sólo con la sutil guía del agua. La cual, a decir verdad, lo envuelve todo, hasta el planeta.


Es asombroso lo que la gente arroja por un sumidero. No son sólo heces o restos de comida… Afinando bien, hasta lograba yo distinguir si había algo metálico, y precisar su forma con detalle. Siempre, claro, que lo envolviese bien el agua…. En el colmo de la precisión, conseguí sentir bajo el asfalto, sin verlo, el raudo discurrir por la sucia corriente de algún que otro perdido anillo de oro…

 Me podría haber hecho rico con el agua, créanme: señalándola, midiéndola, intuyéndola, buscándola… Podría. Si no tuviera tanto miedo al agua… No quiero estar cerca de ella, ni llamar su atención. Sólo deseo que me ignore. Por eso era y soy un hombre pobre, supongo. Y dentro de lo posible, también uno muy limpio. Al menos, lo soy más que el dinero...



Sólo quería cien cochinos dólares para encender la caldera en invierno, cuando se averió. Mi sueldo como almacenero en la tienda de accesorios de fontanería, no daba para mucho, cobraba poco ahí. Hablo en pasado, porque me despidieron hace pocos días, y acabo de cobrar el finiquito con el cual compré el billete de avión… (Ya abandoné el piso de alquiler con mi maleta, y voy dentro del taxi en dirección al aeropuerto)

Me contrataron enseguida en su momento. Ya hace un año y medio de eso, cuando vine aquí. Siempre lo hacen, en cualquier ciudad a la que llego. Soy muy meticuloso para poner cosas en orden, por un lado. Y cuando les hago una demostración de mi sobrado conocimiento del rubro, quedan impactados. Para defenderme bien del agua, he estudiado a fondo sus conductos y sus grietas, sean estos visibles o invisibles. Siempre se cuela, o eso dicen. Pero yo soy mucho más rápido, y huyo de ella bien. He vivido ya en más de cincuenta ciudades. Perseguido por el agua y, al mismo tiempo, atrayéndola a mi pesar a donde voy. Como si fuera un acuífero humano, aunque en persona yo no la soporto.

 Quiero prevenirme de ella, y que no me pille un día por sorpresa. Por eso, y como le demostré al dueño de la última tienda (siempre lo hago así), puedo desmontar y volver a montar las gruesas piezas tubulares de plástico y las intrincadas juntas del desagüe de un baño o una cocina en tiempo récord y con los ojos vendados. Igual que un avezado francotirador es capaz de hacer con su rifle de mira telescópica, según sale en el cine... Pero mi única arma entonces, era un simple desatascador de goma, con su palo. Lo usaba para mis atracos, que nunca acaban bien… Entré con él a cara descubierta (como siempre) aquella mañana de Enero, hace siete meses ya. Y le entregué al cajero de la ventanilla la nota habitual: “Necesito cien dólares para mi caldera. Démelos, y nadie saldrá ahogado”

 Se lo tomó a risa al ver mi “arma” inofensiva. Y sobre todo al leer la chocante nota, que le pareció un chiste malo. Como sucede siempre, en realidad, eso no es nuevo. No me hacen caso nunca. Y en apariencia, él me ignoró del todo... Otros se asustan un poco, y llaman al de seguridad, por si las moscas... Quien enseguida cae en la cuenta de quién soy, por cierto, y me acompaña fuera de la sucursal de buenos modos. Con una palmadita en el omóplato, y con un paternal regaño como mucho... Esta ciudad es grande. Apenas llevo aquí dieciocho meses, tal como les dije, y estoy a punto de marcharme lejos. Pero todos me conocen bien. Saben que no soy peligroso (al menos, no en persona) y que nunca agredo a nadie ni opongo resistencia. Pero aquel empleado idiota disimuló su absurdo miedo con la risa, y  llamó a la policía…

 En el cuartelillo se mofaron a mi costa los agentes. Y ahí empezó lo peor… Yo en la celda, sin verlos, aunque podía escuchar sus voces bien. Y ellos burlándose de mí y de mi “arma” de goma con su palo de plástico, en el despacho contiguo. Uno de ellos me emuló, usando el instrumento como chusca amenaza contra sus compañeros (aunque yo no lo esgrimí jamás, que conste, sólo entregué la nota) en una jocosa parodia improvisada. Los otros fingían defenderse de su ataque, teatralmente, para dar más sal a la pantomima. Intentaban esquivarle en serio, eso sí, haciendo requiebros y posturitas de kárate. Pero al final él les acertaba a todos… Insisto en que no los vi, pero sabía (mientras lo conservé) cuándo mi desatascador impactaba en alguien. Porque yo notaba su vacío en mi seco cuerpo entonces. Similar a lo que sentí cuando me extrajeron a la fuerza de mi madre, como quien extrae un resto de jabón reseco del sumidero de un lavabo.

La incruenta refriega fue como les cuento. A uno, el bromista le aplastó la inofensiva goma en la rodilla. A otro, en la espalda. A otro, en la frente. A otro más, en pleno pecho. Y al último, en el culo. Aunque ése no intentó evitarle, como el resto. Muy al contrario: se dejó hacer muy casquivano. Ofreciéndole, de pronto, el respingón trasero igual que una diana. A la vez que lo movía sinuosamente en la apoteosis de la bufonada, en medio de la estentórea hilaridad de todos… El único que se libró (o eso creyó él) del castigo, fue quien improvisó la esgrima sobre el resto. Aunque al final, cayó, como todos los demás… Pues castigo sí que hubo, créanme. Y no fue mi voluntad, ya se lo he dicho. Nunca lo es, no miento.  Simplemente ocurre, nada más.

 Yo estuve pronto en libertad condicional. Pregunté por mi inocente arma, pero no me la devolvieron. Debió acabar en el baño de la comisaría, o en la basura, no lo sé…

En poco más de medio año, todos los policías implicados en la burla terminaron sufriendo algún calvario. El de la rodilla fue quien salió mejor parado, aunque tampoco le fue bien... Se la destrozó el propio perro policía al que adiestraba. Fue tenaz con sus mandíbulas de hierro. Le dejó deshecha la rótula, y de paso el fémur, el cabrón... Ocurrió de forma imprevisible, sin recibir orden alguna de ataque. Y cuando el adiestrador aún no se había puesto el traje protector, además. Como resultado, el pobre hombre quedó cojo e inútil para el servicio de por vida…

 Al de la espalda, le fue mucho peor. Sintió de pronto sobre ella todo el peso de la viga de un local abandonado. Cuando entró en él formando parte de una brigada de intervención rápida, enviada allí para desalojar a unos okupas del edificio semiderruido. Quedó tetrapléjico, el infeliz. Una pena.

 En el resto, se cebó del todo la desgracia. El de la frente, sufrió un ictus que acabó con él en pocas horas. El del pecho, murió de un infarto cardiaco fulminante también.
 El del culo (el más procaz) pasó por un proceso algo más lento que los otros... Pero fue quien más tuvo que padecer, a fin de cuentas. Pese a toda su lucha y la de los doctores, no pudo hacer nada contra la metástasis de un terriblemente doloroso cáncer de recto.

 Finalmente, el bromista que usó el (¿inofensivo?) desatascador de cañerías como florete en su frívola  ocurrencia contra los demás, creyó tener mejor suerte que el resto, como ya les dije. En principio, pareció salir indemne. Al fin y al cabo, podría tener lógica eso, dentro del relativo absurdo de la sucesión insólita de hechos: el peculiar instrumento de goma no había hecho nunca ventosa en su propio cuerpo, en realidad, como así fue en el de los otros.

Hasta que un buen día (hace solo una semana, ese fue mi último recorte) se sumergió en un lago con su traje de buzo, para ayudar allí en la búsqueda del cuerpo de un niño desaparecido. Y el cadáver fue él mismo entonces, cuando le absorbió con inusitada fuerza un remolino súbito en el agua. Que le arrastró al fondo de la laguna como si fuera un sumidero, ahogándole sin que pudiera hacer nada, cuando apenas le quedaba oxígeno…

 Nadie relacionó todas esas desgracias (nunca lo hacen) ocurridas en un lapso relativamente amplio de siete meses, hasta hoy: accidentales hasta cierto punto, pero también todas naturales, a la vez. Como ocurre con la propia vida de cualquiera, sea o no sea éste un desgraciado. Así que las atribuyeron a la mala suerte, simplemente.

Y yo, que sí las sé conectar bien, admito que me afectó lo ocurrido a todos esos hombres. Y a mucha más gente en las demás ciudades que he ido visitando y, después, dejando atrás en mi personal hégira. Buscando sólo un poco de ayuda y comprensión humana al hacerlo. Muertes y desgracias siempre inocentes, sin duda. Pero, ¿no era más fácil escucharme? Entiendo que se rían de mí, en serio. No es que me sienta bien con eso, pero tampoco lo considero humillante. Hasta yo me río a veces de mí mismo. Y además, admito que soy un tipo extraño: con mi acuafobia, mi misantropía y mis demás rarezas. Pero… ¿por qué sólo se burlan? ¿Por qué todos dan por hecho que, detrás de alguien insignificante o esquivo como yo, no puede latir una desesperada necesidad de apego? ¿Por qué motivo, una vez que se han hartado de reír –y ya les dije, no me importa unirme a eso, incluso– ninguno tiene la iniciativa de acercarse a mí sólo un instante y, simplemente, preguntar cómo me siento?

 Quizá es que yo soy muy ingenuo, a fin de cuentas. Pedirle humanidad a los humanos, es como exprimir la arena del desierto con el puño para sacarle agua…

Con el dinero me habría bastado, no pido ya calor fraterno. Me basta con el que podría darme una caldera. Si hubiera tenido los malditos cien dólares para ponerla a funcionar de nuevo, me habría quedado aquí más tiempo, créanme. Me gusta esta ciudad. Aún es verano, y está la primavera por medio, lo sé. Pero no quiero sufrir otro invierno así. Este último fue horrible, sin calefacción y tapándome con una vieja manta. No quiero pasar otro parecido, espero que lo entiendan... Vivo siempre al día y de alquiler allá donde voy. Y siempre con un sueldo miserable, que me llega justo para pagar la renta y comprar comida barata en una pizzería o un kebab. El casero no se ocupó esta vez. Nunca lo hacen, cuando la avería sale cara. Son como los políticos en eso. Y yo ya no tengo tiempo ni dinero ni confianza en nadie. Creo que llegué a mi límite esta vez.

 Aunque hace mucho, en realidad, que me cansé de esperar nada de los demás en esta triste vida de vagabundo que arrastro. Por eso voy sin rumbo, y nadie me tiene muy en cuenta. Sólo se acuerdan de mí como de su paraguas: cuando se pone a llover fuerte de veras…

Como perdí mi desatascador, lo sustituiré por un paraguas, justamente…. Uno sin punta, ya les he dicho que no soy violento. Lo encontré abandonado en el portal, esta misma mañana. Lo llevaré conmigo a mi nuevo destino, es buena idea. Tal vez con él sí me hagan caso, si necesito usarlo como arma alguna vez. No contra la lluvia: jamás salgo de casa cuando llueve...

Les conté mi decepción, mi hartazgo, cierto. Pero tampoco abandonaré toda esperanza. Hoy luce una espléndida mañana, y me da un poco de ánimo. Ya veremos…

   Probaré suerte en otras tierras lejanas. Ya no me ata nada a este país. Ni tampoco a esta ciudad hermosa pero de gente árida. Que, al contrario que yo, sí bebe agua. Pero está seca por dentro, y ni te acoge ni te toma en serio. Como ocurre en tantas partes, a decir verdad (si yo les contara…) Cuando vuelva el crudo invierno una vez más (disculpen mi insistencia en eso) no quiero estar aquí.

 El taxi se detuvo ya en el aeropuerto. Salgo de él con mi pequeña maleta. Dentro de ella, el archivador lleno de recortes de periódico, el paraguas sin punta y el resto de mis escasas pertenencias. Sólo yo lo puedo notar bien, pero las cosas van a sufrir un giro brusco... Hoy reina la bonanza en apariencia, y el color del cielo es azul puro. Pero el problema no es el cielo, sino la tierra, a fin de cuentas. Así es y ha sido siempre, aunque los humanos no lo entiendan... El agua está más cerca ahora que nunca. Peligrosamente cerca. Hasta ustedes podrían sentir un poco el vaho de su humedad, si se esforzasen. Pero sé que no van a hacerme caso en eso.

De alguna forma, siento que algo terrible va a ocurrir muy pronto, cuando yo ya no esté en esta ciudad maldita. Y se lo juro: ni lo deseo ni será mi culpa. Si les miento, que me arrastre el agua de una buena vez.


FDO:
Moisés Stanwood.

Nueva Orleans,
26 de Agosto de 2005.  


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