viernes, 13 de enero de 2017

Los desastres de la guerra






"No quieren". Grabado de Goya para Los desastres de la guerra.


Se habla en el blog Hemeroflexia de Andrés Trapiello de la novela Patria, de Fernando Aramburu. Se trata de una crónica sobre el drama social del terrorismo en el País Vasco, con dos familias enfrentadas (y divididas) en torno a ese fenómeno. 



 Trapiello menciona cómo necesitó hablar con testigos directos de lo sucedido para confirmar que las cosas eran tan extremas como relata la novela (que no he leído). Y en los comentarios al artículo, surgen críticas relacionadas con la verosimilitud de la obra reseñada  y su impotencia para reflejar el clima real del llamado “conflicto vasco”.

El propio Trapiello termina su artículo mencionando de refilón el difuso límite entre ficción y realidad. Límite que, en lo particular, es un asunto intrigante para quien suscribe.

Dice Trapiello, como conclusión de su artículo, eso tan consabido de: “No hay nada más novelesco e inverosímil que la realidad”.

 Lo que yo me pregunto (e insisto: el tema me atrae mucho) es si entre realidad y ficción hay una frontera clara, tan siquiera. En cada cucharada de ficción hay algo de realidad, y viceversa. Eso está claro. Lo interesante sería saber de qué materia está hecha la cuchara.

(Aquí reseño el cuadro de Kandinsky “El jinete azul”, en el que la ficción invade la realidad por las bravas, a mi modo de ver) 



 Volviendo al artículo de Trapiello como lanzadera de éste, pienso (como comenté al pie del mismo) que el problema con la ficción basada en una realidad sangrante o escabrosa (terrorismo, guerra, pederastia, tráfico de drogas) es que como ficción se queda corta y “hay que preguntar a los testigos”. 
Y como realidad tampoco alcanza, así que muchos de esos testigos se resienten, porque entienden que la ficción no está a la altura de lo que han vivido en persona. O no lo refleja bien. O las dos cosas.

 Eso me conduce a cuestionarme si el propio realismo literario (ya sea éste escabroso o no) es un tipo de periodismo codificado como ficción, como pretender ser. O si es más bien al revés, en cambio, tal como sospecho yo: una pura ficción indescifrable, a fuerza de querer fijar la realidad (en vano) dentro de un marco volátil, que resulta ser (cambiante) realidad él mismo. Como quien pretende pintar con acuarelas en el agua. O hacer un mandala con arena en una tormenta de arena, que viene a ser lo mismo.

 En los comentarios a pie del citado artículo de Trapiello sobre la novela de Aramburu , una usuaria “Phyllida Alys” acaba de plantear un reto a quienes lo frecuentan (entre los que se incluye quien sostiene abierto este humilde paraguas con agujeritos)

  Se trata de tomar partido sobre el espinoso tema de si resulta justo y/o “moral” usar la violencia extrema contra opresores políticos, torturadores y tiranos de diversa índole. Pide un pronunciamiento claro, “sin circunloquios ni cauciones” y “sin corrección política”.

 Pide mucho, porque los problemas más complejos y sangrantes (nunca mejor dicho) no se pueden reducir a blanco y negro ni despachar sin más matices.

  Transcribo a continuación lo que comenté en el foro de Trapiello, sin pretender abrir aquí un debate. Aunque si alguien quiere comentar al pie, sea bienvenido. 


                                                                      *   *   *

A veces hay que usar la violencia para mantener la paz. Y eso ocurre cuando se ha barrido bajo la alfombra durante demasiado tiempo. En ese caso (para usarla bien) la prudencia política se impone.

 El norte que nunca hay que perder, se use o no se use  (aunque ya casi nadie apele a ese concepto hoy día) es el honor. Y ése se demuestra (o se pisotea) in situ siempre. No en un debate previo sobre el sexo de los ángeles o uno posterior a burro muerto. Ni tampoco en un juicio ilusorio sobre qué violencia es “más justificable” o “más moral” que otra. Todas son sucias e injustas, aunque nuestra condición humana nos condene a usarlas (literalmente: condene. Nunca aprenderemos).

 El llamado “terrorismo” (ya sea de Estado, yihadista o revolucionario) no es nada honorable, sin duda. Lo cual no quita que sea “necesario” en el sentido histórico (o filosófico) del término.

¿El magnicidio?: depende… Parece obvio defenderlo en el caso de un tirano. Pero la propia historia reciente prueba que, a veces, la basura también puede servir de dique contra algo aún más virulento. Prudencia política, de nuevo.  

Como se ha dicho muchas veces, la misma palabra “terrorismo” comienza ya a quedar caduca de tan manoseada (y atomizada), aunque todos entendemos lo que es. Pero empiezan a deshilacharse sus costuras en el neblinoso (y polimorfo) avispero en que vivimos actualmente.

Buscar un nuevo término más preciso (en mi opinión) podría dar lugar a un buen debate y aclarar algo las cosas...   

                                                                              *  *  *
                                                                   
Con respecto a la venganza, con ésta es más fácil incurrir en arbitrariedades. Y casi siempre raya en la bajeza, porque explota con metralla. Pero toda acción violenta (vengativa o no), es “éticamente condenable”, aun así. Lo que pasa es que no podemos ser limpios todo el tiempo.

La violencia ni es racional, ni pide permiso. No se puede contener ni entender del todo. Perder el tiempo en eso, la hace más fuerte, de hecho. Porque quienes de verdad abusan de ella (no quienes la usan de manera aislada y/o defensiva), no se enredan en análisis y suelen dar el primer paso. Y sin respetar reglas.

Como dije, la única referencia ajena y propia nítida en caso de que lo peor estalle (sicologismos aparte, que no llevan a nada) es el honor. No deber para no temer, y asumir las consecuencias (no siempre limpias) de nuestros actos, sean éstas las que sean.

 Y ese honor se demuestra (o lo contrario) in situ, en cada situación aislada. En cada batalla de la guerra (cotidiana o literal). Luego la historiografía mezcla todo, y traza una crónica polémica para vender libros (o cine).

 La flecha se tensa sin disparo, tanto como la sociedad o el individuo pueden soportar. Ambos suelen acumular la frustración indefinidamente, hasta que revienta como un problema público (lo individual también se extiende a todos, cuando estalla). Salvo que encuentre algún drenaje previo, por fortuna.

En el caso del hambre, no hay drenaje alguno, explota siempre. Por eso las tiranías (y no sólo ellas) se ocupan de llenar lo mínimo el estómago a sus súbditos, mientras pueden. Luego, les quitan el pan, y el circo se cae solo.  

  




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