viernes, 3 de febrero de 2017

Una paradoja y un cuento (primera parte)







«… Cuanto más alto llegaba
de este lance subido,
tanto más bajo y rendido

y abatido me hallaba.
Dije: ¡No habrá quien alcance!

y abatime tanto, tanto
que fui tan alto, tan alto,
que le di a la caza alcance
»

S. Juan de la Cruz.



                                                                                - LA PARADOJA -

Me encantan las paradojas lógicas. Desde las clásicas como la de Teseo o las de Zenón, hasta las modernas como la de Russell. Son una forma de hacer realidad eso que se repite tanto, que "es mejor hacer buenas preguntas que encontrar respuestas fáciles". Las paradojas lógicas y/o matemáticas son excelentes “preguntas” que ayudan a vislumbrar los límites mentales (y a veces éticos) que nos circundan. Para intentar movernos mejor, aunque no las resolvamos al final. Sirven como acicate para comprender y extender nuestro pensamiento a pequeños saltos, y abrir nuevos caminos.

Las paradojas laten en la frontera difusa entre la razón y la irracionalidad. Lo mismo que hace el arte (y la literatura) en el gemelo (y paralelo) límite borroso entre la realidad y la ficción. Y lo mismo que le ocurre también a nuestra propia mente, que oscila entre la consciencia y la inconsciencia ( y entre la vigilia y el sueño) sin que quede claro cual de los dos tiene más fuerza. Y es muy obvio que no es tan sencillo asegurarlo, salvo para los racionalistas acérrimos (que esos lo tienen todo clarísimo siempre). No es preciso recurrir al psicoanálisis o a cualquier creencia religiosa para intuir que nuestra visión de la realidad es intrínsecamente incompleta... e incluso impura en cierto grado. Nuestra percepción siempre está (y estará) algo contaminada. No es sólo que perturbemos siempre algo la muestra (la "realidad") al examinarla al microscopio. Es que, aunque nos pongamos mascarilla y guantes, el ocular de nuestra herramienta estará algo sucio siempre. Se trata de algo estructural, que afecta a la esencia misma de nuestra capacidad de raciocinio.

Sin que ello implique que sea inútil obedecer a la razón. Ni mucho menos que la realidad que percibimos sea una mera apariencia, como la "Maya" hindú, las sombras de la cueva platónica o incluso la "Matrix" cinematográfica que se inspira en  ambas. Lo que ocurre, simplemente, es que en cada cucharada de ficción hay algo de realidad. Y en cada cucharada de realidad, algo de ficción. Faltaría saber (y eso es lo difícil) de qué materia concreta está hecha la cuchara...   



 Lo paradójico de una buena paradoja (valga la redundancia) es que, incluso al resolverla (y siempre hay quienes se atribuyen el haberlo hecho) sigue siendo una paradoja igualmente. Es decir: que sobrevive incólume a su resolución razonada. Pues, incluso aunque se les encuentre a las paradojas una solución teórico-matemática de fondo, éstas continúan sonando profundamente paradójicas (y pareciendo irreductibles) a la hora de volver a formulárselas a alguien (o a uno mismo). Como si nos llevasen un paso de ventaja siempre, para que no nos durmamos en los laureles de nuestra (en el fondo, limitada) capacidad de pensamiento.

 El enredo lógico de las viejas paradojas, que nos plantea el tentador reto de desmadejarlo, resulta irónicamente irreductible a la propia lógica cuando creemos habernos deshecho ya de él. Quizá porque nuestra razón no sólo es algo limitado. Sino algo fragmentado en esencia, como un cristal agrietado por cuyas ranuras se asoma la irracionalidad a veces, por sorpresa. Y quizá también, ignorar eso último nos hace caer en esa misma irracionalidad más a menudo. Como también nos pasa con nuestros vicios morales (y naturales) como la violencia. Pretender que no están en nosotros o que nuestra relativa pátina de civilización puede refrenarlos a capricho, nos vuelve más vulnerables a ellos cuando de verdad asoman. Y si eso ocurre, cometemos casi siempre el error de quitarles importancia. Hasta que emergen con verdadera fuerza y ya es muy tarde… Esa circunstancia, por cierto, es en sí misma una paradójica característica de la llamada “civilización”. Que no sólo lo es de nombre (pues sí que frena algo la barbarie), pero que no deja de ser un escenario utópico en cuanto se escarba un poco en ella.

 ¿Hasta qué punto podemos o no optar por la irracionalidad en un dilema y salir airosos? Para responder a esa pregunta, nos podemos formular una de las mejores paradojas, que a mí me cautiva especialmente: la de William Newcomb. Hay en ella algo excepcional, que oscila entre la lógica matemática, la física profunda y la filosofía, sin concretarse en ninguna de las tres. Y lo más insólito de todo, es que los que optan por una solución cualquiera de las dos posibles que plantea el reto, se dividen con matemática precisión en un porcentaje de un 50% casi exacto. Además (como en la política) los que eligen una opción la defienden de forma radical, y piensan que los que apoyan la contraria están locos... Como si en la paradoja de Newcomb se delatase algo subterráneo que divide de verdad en dos la mente humana. Y que hace aún más patentes los límites de su relativa solidez racional, que hoy en día se admite ingenuamente como algo esencialmente firme y homogéneo salvo que lo dañen (o amenacen) la idiocia o la locura. Cuando es muy obvio que fuera del delirio y la incapacidad mental (y eso se olvida con frecuencia) se proyectan también bastantes sombras.   

Tienen una breve formulación de dicha paradoja aquí:


¿Qué opción escogerían? ¿las dos cajas o una solamente?

 No pretenderé resolverla yo del todo. No sea que yo mismo caiga en la paradoja de convertir en paradójica esta entrada, en la que acabo de subrayar lo inevitablemente paradójico de las paradojas en sí mismas, que persiste aunque se logre deshacer su nudo teórico... Pero sí que he de afirmar que me asombra cómo en todos y cada uno de los artículos y foros que he leído sobre la paradoja de Newcomb en concreto, tanto en español como en inglés, todo el mundo sin excepción: articulistas, matemáticos, filósofos y comentaristas al pie (y de a pie), se limita a especular sobre el beneficio mayor/menor de la elección que el reto mental de Newcomb plantea, siguiendo fielmente el planteamiento original de Newcomb basado en el dinero, al hacerlo... Y eso es algo muy significativo en este caso, dado que en ese tipo de acertijos mentales se sustituyen siempre los elementos convencionales del enunciado por otros. Como alternativa hipotética de estudio, para ampliar la perspectiva del enunciado original y precisarlo algo mejor. Pero con Newcomb se cambia, como mucho, el escenario (una máquina en vez de un adivino, por ejemplo). Pero siempre se hace el reto con dinero (no haré chistes obvios sobre la inercia mental capitalista a costa de eso...) 


 Me soprende que a nadie se le haya ocurrido jamás (o yo no lo he visto, desde luego) cambiar el dinero de las cajas como hipótesis, por un concepto ético o de vida y muerte, por ejemplo. Donde la elección entre beneficio mayor/ menor sea de veras trascendente, y se pueda afrontar mejor el nudo lógico que acarrea la incertidumbre electiva del juego, aunque no se logre resolverlo con ello. Y eso es algo que puede hacerse limpiamente. Sin manipular de forma alguna las premisas, o incluso (como algunos hacen) plantear una nueva paradoja (con dinero, claro) redundante y/o alternativa innecesaria, que termina siempre confundiendo más las cosas.

  Como este blog es literario, en la próxima entrada irá mi “solución” propia al asunto. Que no es tal cosa en realidad, sino una lúcida aproximación alternativa que aportaré en forma de un sencillo cuento. Para adelantarlo en un simple aforismo, se podría decir que:  

"Usar de guía la razón, es ser sentato. Confiar del todo en ella, es dejar de hacerlo en uno mismo. Pues uno mismo nunca es sensato por completo, incluso cuando sí es del todo razonable". 
 
Por ese idéntico motivo, incluso cuando actuamos de la manera correcta, siempre hay quien nos critica. Y (paradójicamente) no siempre le falta toda la razón al hacerlo. Incluso cuando nuestra elección (o nuestra acción) sí que ha sido completamente correcta, sin fisuras. Así es de absurdo. Y de lógico a la vez.

Muy pronto, el cuento.  



 Más aforismos míos, aquí:





© Bonifacio Álvarez.










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