viernes, 18 de noviembre de 2016

La espada y la rosa




Ser sólo romántico, sin un carácter fuerte, equivale a ser pasto de las fieras, que huelen la fragilidad antes que el miedo. Ser sólo fuerte, sin romanticismo, supone ser más débil aún, en cierto modo. Como en la célebre frase de Pessoa: "las cartas de amor son todas ridículas. Pero es aún más ridículo no haber escrito alguna" (o algo así).

 Sumar romanticismo (sensibilidad a flor de piel) con fortaleza, como hace el que esto escribe, equivale a ser apasionado, aunque eso no se transparente siempre. Como un feroz guerrero que, en el fondo, ama las rosas. Pero que se niega a posar con una de ellas en la mano cuando le hacen un retrato. Y opta por la espada para eso, aunque en realidad use la espada más bien poco.

De todas formas y a la larga, uno se convierte en el soldadito de plomo del cuento, más bien. Pero en uno redivivo, eso sí, que ha logrado salir a duras penas de la hoguera. O sea: con los pies quemados. Pero en pie.

Hoy mis aforismos están en promoción, al dos por uno. Ahí va el primero. (El resto, los pueden ver en este enlace):



 «Con los años, siento que tengo peor carne. Pero también me siento mejor en mi carne. Y eso es lo malo: que cuando empiezas a estar bien, es justo cuando empiezas a pudrirte».

Creo que lo que pasa en realidad (y entrecomillo ya el segundo) es lo que decía el sepulturero de Hamlet, que lo marchito empieza cuando todavía respiramos:

 «La auténtica vejez es el cansancio. Pues no es la vida la que se consume en el cuerpo, sino el cuerpo el que se consume en la vida».

 Y conste que no me siento viejo en absoluto. Más bien al contrario. Todavía escribo cartas de amor (y cosas aún peores, sólo hay que leerme). Pero hay trabajos que empiezan a costarme mucho esfuerzo. Por ejemplo, el de ahondar en mi memoria. Aunque eso me ha costado siempre un poco.

 Tengo casi cincuenta años de edad. Y hace tanto ya que tuve veinte, que he tardado casi treinta en recordarlo.  
  

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