domingo, 13 de noviembre de 2016

Mi (verídica) relación con Norman Bates




Uno ha vivido sus historias extrañas, como todo el mundo. Pero no todos las saben apreciar o las recuerdan.

 Tengo un amigo carcelero. Eso que ahora se llama funcionario de prisiones. Pero carcelero es más literario, admitámoslo. Como en las buenas (y las malas) novelas policiacas, omitiré ciertos detalles y nombres.

 Por medio de mi amigo (le llamaremos Daniel) contacté en la cárcel de una forma indirecta –y en la distancia, por fortuna– con un inquietante personaje.  Se trataba de un preso que estaba allí por matar a su madre, el angelito. Le gustaba mucho leer, y le dejaban que se encargase de la biblioteca.

  Daniel tuvo la frívola ocurrencia de hablarle sobre mí (espero que no en detalle)  y mencionarle lo mucho que me gustaba -y me gusta- la literatura. Y mi Norman Bates particular empezó a hacerme llegar libros muy amablemente, por medio de su carcelero. No los de la biblioteca, sino los suyos propios.

 Sólo fueron cinco o seis, antes de que le trasladaran de prisión (al preso, digo). Pero bastaron para mantener una cierta relación epistolar extraña. El mensaje (si es que había alguno) eran los libros. Sólo eso. Ni una carta. Ni una nota manuscrita. Nada impropio, nada indigno. Sólo libros. No hay que matar a los mensajeros. Ni juzgarlos si regalan libros. Aunque algunos tengan manchas sospechosas (los libros también)

 Los del matricida no llevaban dedicatoria tampoco, por fortuna. Habría sido morboso y siniestro a la vez. 

También interesante, pero mejor no... Era de cuchillo fácil, el tipo. Pero, con el bolígrafo, parecía no tener ese mal gusto, y callaba... Algunos críticos (y criticones) abusan de ambas cosas, por cierto. Del cuchillo y de la pluma. Ustedes mismos juzguen qué es peor.

Pero eso sí: el cabrón sabía elegir bien. Como si me conociera más de lo que sería esperable y de lo que yo habría querido (pongan aquí la sintonía de Psicosis).

 Fue una extraña relación bibliófila a distancia previa a Internet, donde los sicópatas (que los hay) ya sólo envían mensajes de desahogo (nada literarios) por twitter. O sea, con el frío pajarito azul. No con el otro gorrión gris -pero más vivo- que consolaba en la soledad de su perpetuo encierro al hombre de Alcatraz de la película (y el libro). Cuyo personaje, por cierto, se convertía finalmente en un reputado ornitólogo que se comunicaba desde la prisión por carta con el resto de eruditos del gremio.  

 Pero ni yo soy un erudito, ni mi benefactor encarcelado era célebre por nada (que yo sepa), aunque sí que era un buen "pájaro".

 Gracias a aquel ambivalente Norman Bates, matricida y bibliófilo al tiempo, descubrí al poeta ruso Evgueni Evtuchenko, en una cochambrosa edición de bolsillo del libro “tres minutos de verdad” que aún conservo.  

Un comprometido -y laureado- poeta social de la era soviética nacido en 1932 y todavía activo. El cual era muy dado, en sus buenos tiempos, a leer sus poemas con voz firme y ante audiencias enormes. Todo ello imposible de ver hoy día en un rapsoda, por cierto: lo de comprometido, lo de la voz firme y lo de las audiencias. 

A la izquierda, el poeta (auténtico). A la derecha, una víctima (ficticia)
 
Sin embargo, Evtuchenko fue uno de los primeros en superar el (obligado) sentido colectivista del antiguo régimen, que sometía a un forzoso corsé comunitario a la poesía, igual que a todo. Así que –sin renunciar por ello a su implicación social- el autor ruso empezó a emplear también un “yo” intimista en su obra. Fue de los pioneros en hacerlo en la Rusia de entonces, cuando ya el telón de acero iba cayendo para que las mafias lo pudiesen vender como chatarra.   

 Y es en esa introspección profundamente humana (que, en algunos poemas, recuerda a la de César Vallejo o Walt Whitman) donde este descendiente de ucranianos deportados a Siberia traza sus mejores versos.

 Les dejo un agridulce ejemplo, muy adecuado al post: algo truculento y acerca de un fantasma ambiguo. Y me voy a preparar café.

Pensaba darme una ducha, en realidad. Pero hoy no me apetece, hace frío…


                                                             *   *   *

El último intento (Evgueni Evtuchenko)
                                     
                                                     A Masha


El último intento de ser feliz
ciñéndome a todas tus curvas, todas tus sinuosidades,
a la blancura trémula y balbuceante
y a las bayas con el opio del saúco.

El último intento de ser feliz
como si mi fantasma, al filo del abismo,
quisiera saltar huyendo de todas las ofensas,
allá donde hace mucho estaba yo arruinado.

Allí sobre mis huesos rotos
se posa una libélula,
y las hormigas visitan tranquilamente
las cuencas de lo que ayer fueron mis ojos.

Ya me hice alma. Ya no estoy en mi cuerpo.
Escapé a mi prisión de huesos.
Pero me hastían los fantasmas
y otra vez me llaman los abismos.

Un fantasma enamorado ahuyenta más que un cadáver.
Pero tú no te asustaste sino que comprendiste,
y juntos nos hemos arrojado como a un abismo,
y el abismo desplegó unas blancas alas
que nos levantó sobre la niebla.

Y estamos tendidos juntos, no en la cama
sino en la niebla que apenas nos sostiene.
Soy un fantasma. Ya no se quiebra mi cuerpo
pero tú estás viva y temo por ti.

Otra vez revolotea el cuervo fúnebre
en espera de carne fresca, como en el campo de batalla.
El último intento de ser feliz.
El último intento de amar.


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